Vueltas por México

12 de junio, 2021

Éramos ocho y alquilamos una Van para dar unas vueltas teniendo al DF como epicentro. Hacía frío en diciembre de 2011. Después de ir a lo que no habíamos ido antes en la megalópolis mexicana –la basílica de la virgen de Guadalupe, por ejemplo–, enfilamos hacia Cuernavaca, la ciudad de la “eterna primavera.” Bajamos de los 2.250 metros de altura de la ciudad de Gabriel Zaid, con su contaminación exasperante, a los 1.510 de Cuernavaca, con sus cielos limpios y su vegetación feraz.

Por la autopista que lleva a Cuernavaca ya adviertes que la firma del Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (TLCAN), firmado en 1992, viene dando sus frutos. Un amigo mexicano afirma que en diez años más el norte y centro de México se habrán incorporado totalmente a la fuerza comercial de Estados Unidos. A juzgar por sus nuevas autopistas y los miles de camiones que circulan, ya es así.

Cuernavaca

Nos hospedamos en el legendario hotel Las Mañanitas, un jardín con pavos reales, árboles septuagenarios, grama cuidada y buganvilias, un paraíso del que no provoca salir, pero lo hicimos. Fuimos al palacio de Hernán Cortés, la catedral de la Asunción y el museo Robert Brady, y constatamos que desde hace años Cuernavaca ha sido el edén de jubilados norteamericanos que se han establecido allí esperando el último tren, en un ambiente propicio. También ha sido para la élite metropolitana un lugar para estar sin el agobio del DF, donde para moverse de un lugar a otro se pierden horas en unos embotellamientos infernales.

Cuernavaca me recordó al novelista norteamericano Malcolm Lowry, de quien Francisco Rivera escribió un ensayo luminoso, adentrándose en la psicología del puer aeternus que condujo a Lowry al alcoholismo y la autodestrucción. También me recordó, una vez más, que la colonización española se impuso sobre la originaria construyendo sus nuevos templos sobre los originales. Finalmente, nos despedimos de la ciudad primaveral y avanzamos hacia Querétaro.

El palacio de Cortés en Cuernavaca. Fotografía de Zoran Lazic | Wikimedia Commons

Querétaro

Recordaba que fue en esta ciudad colonial donde se firmó el Tratado entre Estados Unidos y México en 1848, después de la guerra que los mexicanos perdieron ante los norteamericanos, y se desprendieron de un territorio más o menos igual al que hoy en día tienen. Esta fue la ciudad escogida para las deliberaciones, una vez que el ejército estadounidense acampó en el zócalo de ciudad de México y, lejos de quedarse allí para siempre como tesoro de la victoria, se fue y se lo devolvieron a los mexicanos, no así con los otros territorios que les dieron la costa oeste y la salida al Pacífico.

Santiago de Querétaro es hermosa, el centro histórico con la iglesia de San Francisco y su convento, la plaza de armas, sus veredas cuidadas, la alameda, hacen del acotado ámbito un espacio gratísimo, con esa prodigalidad típica mexicana, donde todo tiende a ser de proporciones virreinales. Por cierto, la voz “Querétaro” es de una belleza notabilísima. Tanto que en 2011 fue elegida como la palabra más hermosa del español por el Instituto Cervantes, por proposición del actor Gael García Bernal. El origen del vocablo es prehispánico, pero no prevalece ninguna de las dos hipótesis en pugna acerca de su génesis. Nosotros no terciamos en ese pleito: solo señalamos su belleza. De Querétaro seguimos hacia Puebla, donde pasamos varias noches.

Puebla

La Biblioteca Palafoxiana en Puebla. Fotografía ProtoplasmaKid | Wikimedia Commons CC-BY-SA 4.0

Fundada en 1531 por fray Toribio Paredes, a quien los aborígenes llamaban “Motolinía”, con el sonoro nombre de Puebla de los Ángeles. Una ciudad enteramente española, con su retícula urbana, que no se impuso sobre otra previa. Ciudad de evidente fervor católico en sus orígenes hispanos (ahora menos, naturalmente), cuenta con un centro histórico con multitudes de transeúntes, iglesias por doquier y la famosa Biblioteca Palafoxiana en el antiguo Palacio Arzobispal, fundada por Juan de Palafox y Mendoza en 1646, obispo de Puebla. Fue la primera biblioteca pública de América: toda una pionera y faro en el mundo bibliográfico. Una suerte de lugar de peregrinación para quienes amamos los libros.

Cuando cae el imperio de Maximiliano en 1862 la ciudad cambia de nombre. Benito Juárez la rebautiza como Puebla de Zaragoza. Se halla a unos 2.135 metros de altura y tiene una joya de la gastronomía mexicana en su haber: el mole poblano. Hecho con chocolate amargo, chiles anchos, mulatos y pasillas, con chipotle, almendras, plátanos, nueces, pasas, ajonjolí, clavo, canela, perejil, pimienta, cebolla, ajo, hasta materializar ese prodigio del sincretismo con el que se alegran para siempre las piezas de pollo. Se me hace agua la boca recordándolo.

La otra seña distintiva de Puebla es su cerámica utilitaria. La cerámica talaverana es una síntesis de influencias españolas, árabes, italianas y chinas, de raigambre morisca. Esta técnica llegó a México con los frailes dominicos de Talavera de la Reina. Recorrer a pie Puebla es irse topando con el pasado árabe de España, que también viajó a América con los conquistadores y los religiosos en sus campañas. Algo de Sevilla canta por sus calles precisas, trazadas con exactitud de geómetra.

No son pocos los museos de Puebla ni menor el influjo de las universidades públicas y privadas en la ciudad. De hecho, muchos la consideran una ciudad universitaria, imantada por el evidente carácter de esta urbe que es la quinta en superficie de México. Le preceden ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y Tijuana. De la imprescindible Puebla seguimos hacia San Miguel de Allende.

San Miguel de Allende

Fundada por el fraile franciscano Juan de San Miguel en 1542, a 1.900 de altura, fue bautizada como San Miguel el Grande, pero en 1826 cambió de nombre en homenaje al héroe de la revolución mexicana Ignacio Allende, oriundo de la ciudad, y pasó a denominarse San Miguel de Allende.

Desde mediados del siglo XX se acentuó la vocación turística de la ciudad, que había estado al borde de hacerse fantasmal debido a su desocupación. Así fueron restaurándose sus casas y acondicionándose para recibir a los viajeros. En 2008 la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad. Las aguas termales y la arquitectura colonial española son dos de sus ofertas, al igual que la grata experiencia de caminar por un pueblo grande de calles irregulares que se ha conservado intacto durante siglos. Vale el viaje. De allí seguimos a Guanajuato, muy cerca.

Guanajuato

La ciudad platera por excelencia fue establecida en “la ladera de un monte”, como el verso de Serrat, buscando el tesoro minero que tanta riqueza le dio al Virreinato de Nueva España. Sus calles –que suben y bajan por entre casonas imponentes y grandes iglesias– serpentean por entre pequeñas plazas y el hermoso jardín de la Unión. Ya todo el centro histórico es peatonal, lo cual permite recorrer la ciudad que atesora un pasado de esplendor. Es México. Te aclaran algunos, y no les falta razón.

Guanajuato es la ciudad cervantina de México al punto de que mantiene el Museo Iconográfico del Quijote, que debe ser de los pocos museos del mundo dedicados a un personaje de la imaginación, pero quién dice que no es más real que los históricos. También convoca el Festival Cervantino, siendo el de más solera internacional del país. Por si fuera poco, tiene un Museo de las Momias que atiende la fascinación mexicana por la muerte así como por la vida creadora, porque allá está la Casa Diego Rivera, lugar donde vino al mundo el pintor.

Muy cerca de Guanajuato está el pueblo de Dolores Hidalgo, donde el cura párroco Miguel Hidalgo lanzo el grito de Dolores el 16 de septiembre de 1810, dando inicio a la revolución popular de la independencia, quizás la única que ha sido verdaderamente popular (en sus inicios) en Hispanoamérica. Nos fuimos de Guanajuato una tarde soleada y seguimos hacia ciudad de México. No puedo negarlo: cuanto más conozco este país de enorme personalidad, más me seduce y me intriga. Un viejo e inolvidable amor.

 

@RafaelArraiz

 

Prodavinci

 

 

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