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Vikingos rojos

1 de agosto, 2021

Por: Rodolfo Godoy Peña

En enero de 2018, según información recogida por el New York Times y el Washington Post, el presidente Trump reunido en la Casa Blanca con una comisión bipartidista para trabajar sobre la reforma migratoria en general, llegado el momento de tratar sobre los migrantes haitianos y la posible solución definitiva sobre su estatus dentro de Estados Unidos, cuestionó abruptamente a los congresistas en estos términos: «¿Por qué tenemos a toda esa gente de esos países, agujeros de miexxx, llegando aquí como Haití, El Salvador o las naciones africanas en vez de otros como Noruega?”.

Tal como cabía esperar, desde el país nórdico no tardaron en generarse respuestas de toda índole, desde aquel «a nombre de Noruega: gracias, pero no, gracias», de Torbjoern Saetre, un prominente político del Partido Conservador noruego; o desde la burla más acerva en las redes sociales y programas de televisión en franca chanza sobre el amor del expresidente norteamericano por esa tierra vikinga. Y es que, a diferencia de una buena parte del mundo, la realización del “sueño americano” no mueve a ciudadanos de otras latitudes y uno de esos casos es el noruego.

Según el “Informe de la Felicidad Mundial”, publicación realizada anualmente por la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible desarrollada por la ONU y con base en los datos estadísticos de Gallup World Poll y Lloyd’s Register Foundation para el año 2020 Noruega ocupó el 6º lugar mientras que los Estados Unidos de América quedó en la posición 20. Los cinco países nórdicos están entre los primeros seis puestos. Es curioso que un país mucho menos preponderante en el mundo – en comparación con el gigante del Norte – lo supere en 14 posiciones de ese ranking.

Y es gracias a esa epidemia más peligrosa que el COVID que ha contagiado a la humanidad de una visión maniquea del mundo, donde solo hay posibilidad de dos extremos, el medio en el cual se suscita el debate acerca de si Noruega es socialista o capitalista, o si es un modelo de izquierda o si es un modelo de derecha. Sin embargo, debo advertir desde ya que este debate es conceptualmente incorrecto, pues se platean extremos donde no los hay, desde un punto al otro del camino existe un recorrido. La antítesis del capitalismo no es el socialismo, sino que lo antitético son el “libertarismo” que por la contraposición del Estado / Mercado barrunta anarquía y el “comunismo” que por la expansión de la intervención estatal vislumbra totalitarismo: esos son los dos extremos. De modo que, en ese arco hay estadios que se pueden inclinar hacia alguno de los lados de la parábola, sin llegar al extremo.

Estamos ante una perorata vacía, pero sexy, que viene creciendo en los últimos años -el discurso “libertario”- generado por una minoría alborotadora acuerpada por ciertos referentes mediáticos y que resumen la historia afirmando que “el Mercado siempre es mejor que el Estado” llevando al extremo el “mercado” como factor de equilibrio social, de forma tal que el Estado tiene que desaparecer y que “solo” los países que aplican esta fórmula son económica y socialmente boyantes.

Pero ante ese multisápido arco, frente a esa pintura de distintos matices de aplicación política, todo se ve constreñido al calificativo; y entonces pensadores binarios concluyen que “Noruega no puede ser socialista” por la sencilla razón de que para su decálogo “moralista” de la política no es dable que pueda existir una sociedad altamente desarrollada – posiblemente la más desarrollada del planeta – que tenga un modelo de izquierda, y, tercamente, para no consentir frente a la realidad de modelos de izquierda exitosos, empiezan a “enriquecer” el concepto y a colocarle apellidos, adjetivos: “capitalismo de Estado”, “capitalismo con Estado de bienestar”, “Tercera Vía capitalista”, etc. Esto sucede también con China. Entonces se pregona, con convicción dogmática, que la suma de felicidad política es capitalista, es de derecha y todo lo malo es del socialismo, de la izquierda, y quien no opine así, es un hereje y tiene que ser comunista.

Pero en contraposición a la mano autónoma, correctiva e invisible del mercado y la minimización del Estado como factores inversamente proporcionales a la prosperidad de las naciones, Noruega, aun siendo un país altamente intervencionista, descuella en los índices de desarrollo.

De las siete empresas más importantes que se cotizan en la Bolsa de Oslo, cinco son corporaciones públicas o mixtas con minoría privada. En la producción de hidrocarburos, por ejemplo, la empresa noruega Equinor es propiedad del gobierno en un 60 %, llegando a ser una de las empresas petroleras más rentables del mundo y la de mayor volumen en extracción “offshore” listada en la Bolsa de Nueva York.

Noruega tiene una de las cargas impositiva más altas de mundo (por encima del 55 %) y ese dinero junto al fondo del petróleo – el cual en el año pandémico 2020 generó más un billón de euros en rendimiento – fue creado por el Estado como un mecanismo de ahorro de los excedentes para las pensiones y la seguridad social. En la actualidad está en capacidad de asignarle a cada noruego la cantidad de 200.000 euros. Según el coeficiente de Gini, Noruega goza de una tasa de 0.250, lo que lo coloca entre los países más igualitarios del planeta.

En el sistema de seguridad social de países de corte liberal, los costos de salud generalmente no están cubiertos por el Estado o sus ciudadanos tienen que acceder a los servicios de salud a través de aseguradoras privadas, o simplemente pagarla. A la inversa, en Noruega, el acceso a la atención médica es totalmente gratuito a través del Sistema Nacional de la Seguridad Social y protege a toda persona que tenga residencia legal en el territorio, incluso a los extranjeros. La protección a la maternidad, licenciada y pagada por los patronos es otro avance formidable de las políticas sociales.

En materia educativa, Noruega, con su educación mayoritariamente financiada por el Estado, con sus ocho universidades y 24 colegios superiores gratuitos, tiene un mejor comportamiento académico en todas las áreas que muchos países desarrollados, donde la educación es paga o gratuita solo hasta los niveles primarios o secundaria. China encabeza el ranking.

De modo pues que los noruegos que viven en este envidiable “socialismo del siglo XXI” son esos que, en boca de un funcionario del gobierno de Noruega, a solicitud de comentarios acerca de las esperanzas de Donald Trump de que hubiera más migración noruega, dijo: «Respetuosamente, declinamos la oportunidad».

@rodolfogodoyp

 

 

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