Una venezolana en NY

25 de septiembre, 2022

Por: Rodolfo Godoy Peña

Estos días las redes se han copado de videos de venezolanos migrantes que siendo trasladados desde Texas, Arizona y Florida han ido a parar a ciudades como Chicago, Boston o Nueva York. Estos compatriotas están siendo utilizados como propaganda de la diatriba política electoral entre demócratas y republicanos por la proximidad de las elecciones de medio término.

Este país se formó, como toda la América, de flujos migratorios. Los dos anteriores presidentes son un ejemplo de ello: el papá de Barack Obama era keniano y en el caso de Donald Trump fue apenas la segunda generación por vía paterna de emigrantes alemanes y su madre era escocesa, sin dejar de mencionar que la ex primera dama Melania Trump es eslovena naturalizada norteamericana; y así se podría dar seguimiento a muchas personalidades que han ayudado a forjar este país y que fueron producto de una inmigración tardía.

Desde los años 80 del siglo pasado la cuestión migratoria ha sido un tema central en los Estados Unidos pues la percepción de la benéfica migración se tornó en un tema político central y mutó, para una importante mayoría de norteamericanos, en un peligro para su modelo de vida.

Durante toda esa década hubo eventos en América Latina que fomentaron las oleadas humanas hacia este país provenientes de “esos países de mierda” -Trump dixit– y que en muchos casos fueron aupados precisamente por la política exterior de la Casa Blanca como es el caso, por ejemplo, de las guerras civiles en Nicaragua o El Salvador que fueron campos de batalla de la guerra fría, o por el bloqueo a Cuba, o por las sanciones a Venezuela, lo que hace que en una especie de “justicia poética” los flujos que enfrenta Estados Unidos en esta crisis migratoria que se vive en la frontera sur provengan precisamente desde esos países primordialmente.

Se le suma a las consecuencias de la política exterior norteamericana la usual inestabilidad política y económica de la región y el arribo al poder de unos funestos gobiernos en el continente, sin omitir que este país además sigue siendo tremendamente atractivo para todo inmigrante que llega desde países menos desarrollados, pues como en ningún otro destino se cumple con el “sueño americano”.

Independientemente de que los gobernadores republicanos usen como campaña política el traslado de los migrantes hacia el norte del país en los cuales gobiernan los demócratas, también es cierto que en una federación como la norteamericana no tiene por qué el estado de Arizona, o de Texas, o de Florida, cargar con todo el peso presupuestario, económico y social que significa ser el primer destino de la inmigración por la frontera. La política migratoria le corresponde al gobierno federal y si este aplica estrategias propias de sus competencias no por ello debe afectar el equilibrio. Los migrantes pueden ser distribuidos por todo el territorio, pues como se dice en el argot taurino, “hasta el rabo, todo es toro”.

Pero lo más sangrante de la actitud anti-inmigrantes no es que la empuñen los nacionales norteamericanos sino que lo constituye esa campaña entre nuestros propios compatriotas en contra de nuestros paisanos porque pareciera que para muchos venezolanos que ya están en este país estas últimas migraciones terrestres atentarían contra “sus” principios más puros de “norteamericanidad”.

Nuestra gente que viene por tierra sorteando las penurias del Darién tiene el mismo derecho de intentar hacer su vida aquí como la han hecho los venezolanos que llegaron por avión a puertos de entrada como Orlando o Nueva York con una visa de no inmigrante y que intencionalmente permanecieron en el territorio de los Estados Unidos con el propósito de migrar, unos amparados en las figuras del derecho humanitario y otros -más de 300 mil- que fueron beneficiados por el TPS. Esos compatriotas que recibieron el beneficio de protección temporal tienen el mismo derecho de cumplir con el “sueño americano” que aquellos a los que les toca enfrentar un asilo defensivo.

Que un “migrante aéreo” diga que estos compatriotas migrantes terrestres están aquí porque la revolución “exporta” malandros es una injusticia mayúscula porque, en todo caso, la revolución chavista simplemente “exporta” venezolanos, sin más a los que llegaron por avión y también por tierra.

Los números son claros: la mayoría de los migrantes “aéreos” no tienen carrera universitaria, vivían en Venezuela en zonas de clase media o sectores populares y estaban sometidos – al igual que nuestros compatriotas de migración “terrestre” – a las mismas penurias y a idéntica falta de oportunidades gracias a la inestabilidad política que ha padecido Venezuela. Ambos grupos tienen derecho a forjarse un destino mejor, cada uno desde su origen.

Si aparece en TikTok una muchacha venezolana bailando en Times Square y haciendo alarde de estar en la Gran Manzana de inmediato sus compatriotas -que son los míos también- denuestan de la condición y del modo de hablar de la joven pero resulta que cualquiera que tuviese que tomar un bus desde Guarenas o los Valles del Tuy para ir a Caracas a realizar un trámite, o para tener que ir a trabajar levantándose a las 4 am para entrar a empujones en un transporte público, seguro que bailaría y cantaría de alegría por estar en Nueva York. Bien por ella que lo logró al igual que por el venezolano migrante “aéreo” que la crítica desde su también precaria condición migratoria.

A estos venezolanos que creen que porque vengan otros venezolanos de origen muy pobre a migrar a este país, y que eso sea sinónimo de delincuencia y mal vivir solo por el modo de hablar, hay que recordarles varias cosas.

Lo primero es que por la frontera el número de venezolanos que ha podido entrar y regularizar su situación es un número insignificante en comparación con la población de Estados Unidos: para julio de 2022 habían logrado ingresar menos de 20.000 y aunque “todos” fuesen delincuentes eso no es una cantidad significativa en estas tierras.

Lo segundo es que Estados Unidos lidera las estadísticas mundiales de muertes en tiroteos masivos, y según NCHS los datos arrojan nítidamente que la tasa de homicidios aumentó de aproximadamente 6 por cada 100.000 personas en 2019 a 7,8 en 2020 a pesar de las leyes que se siguen promulgando y de la preocupación de las autoridades. Definitivamente este país no se “perderá” en la delincuencia porque lleguen los venezolanos pobres.

Y lo tercero es que a quienes afirman que los migrantes venezolanos “terrestres” vienen no a trabajar sino a aprovecharse de los beneficios gubernamentales, hay que recordarles que fue lo mismo que hicieron los migrantes “aéreos” cuando recibieron los cheques del gobierno federal por la pandemia, o lo que hacen cuando sus hijos estudian, con desayuno y almuerzo incluidos, en los colegios públicos a costa del dinero del Estado.

Que la migración de la frontera es de gente más pobre y que pertenecen a los grupos periféricos de la sociedad no es un secreto para nadie, y la razón es obvia: no tenían visa ni el dinero para los boletos aéreos. También se sabe que en su gran mayoría emigraron inicialmente hacia el sur del continente donde no necesitaban cumplir con esas condiciones a diferencia de los venezolanos que llegaron con visas de turismo y en avión, pero eso no los hace peores ni delincuentes.

Los venezolanos, que tenemos acumulada una sólida tradición de recibir grandes grupos migratorios, no somos un pueblo xenófobo y me atrevería a decir que ni siquiera somos clasistas, pero si somos una sociedad aporofóbica que está cargada de prejuicios y de rechazo hacia los pobres y para la cual toda persona que hable de cierto modo, o tenga determinados gestos, es un delincuente.

Esta discriminación atenta contra la dignidad humana y es por eso que nosotros que llegamos antes a este país -sin importar la condición en la cual estemos- debemos tener más solidaridad y comprensión con nuestros hermanos venezolanos más desvalidos ya que son los que más apoyo demandan.

@rodolfogodoyp

 

 

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