Una transformación colectiva de la mirada.

13 de octubre, 2021

Por: Marina Ayala

La vida es un constante cambio, nada es estático, ni el mundo que habitamos ni nuestra posición subjetiva. Constantemente nuestras apreciaciones las tenemos bajo revisión y evaluación. Estas dinámicas las realizamos automáticamente y como no implican mayores desajustes pueden pasar hasta desapercibidas. Son lentas cuando son cotidianas. Pero no siempre es así, suceden también cambios totales, abarcadores, abruptos que mueven el piso, que obligan a cambiar el sujeto que somos. Desconciertan y lo sumergen a uno en una depresión y desorientación porque perdemos un marco de referencia, obligan a emprender un proceso de reacomodo y búsqueda de identidad. Sucede porque cambiamos a través de la revelación de una verdad o porque nuestro mundo cambió de manera radical.

Esa desagradable pero necesaria experiencia la he vivido dos veces. La primera fue en el análisis que busqué porque sufría y tenía que reorganizar mi vida. Conmovedora e interesante experiencia, aventura inigualable con mis propias identificaciones, trampas y miserias. Me tambaleó fuertemente pero no volví a ser la misma y me sentí mejor armada para tomar mis propias decisiones, es más pude tomar decisiones que no podía en total libertad, pero no libre de dolor. Cambios radicales que se acomodan más tarde en sus propios símbolos, los personales, los únicos e íntimos. No se hace religión, ni se conforman sectas. De allí que se haga imposible asumir movimientos colectivos fanatizados, ni se asuman imposturas calculadas para un rédito posterior. Quizás se pague con cierta soledad que termina siendo adictiva.

Ese cambio abrupto sucede cuando puedes acceder a una verdad personal que fue buscada, se quiso saber y se supo. El segundo cambio radical lo estoy viviendo ahora y es de otro tipo, pero no menos conmovedor. Es un cambio que no se buscó, sino que llegó y trastocó toda coordenada de orientación. También quedamos sin piso, sin símbolos colectivos, sin coordenadas orientadores. Se produce un cambio de mirada y apreciación del mundo, abarcadora y colectiva. La sensación es de un desorden total, cada quien corriendo sin lugar preciso donde ubicarse, pero ansiosos de encontrar algún grupo humano que sosiegue. Se agarran de un signo esperanzador, de un discurso engañoso pero cargado de recetas redentoras, de un señuelo seductor. El hombre busca su nueva religión. Una fantasía que disminuya el miedo que sentimos cuando nuestro mundo se desvanece. Mucho hemos perdido y nada encontramos de forma colectiva.

Estando en una búsqueda que necesariamente ha de ajustar, tarde o temprano, una nueva narración surge la hiriente ocurrencia del lenguaje inclusivo. Dentro de poco no sabremos ni como hablar. Las mujeres buscando sus lugares dignos quieren hacer cofradías identificatorias que las diferencie de ese despreciable mundo discriminatorio. Me sumo al reclamo y protesta de Pérez Reverte defiendo el idioma porque solo con él puedo narrar y narrarme. Ya no estoy capacitada para hacer grupos identificatorios. Puedo acomodarme e identificarme a ciertos valores de mi comunidad sabiendo que no me parezco a nadie. Mis palabras están ya internalizadas y me pertenecen no las cedo a correctores sectarios. Soy yo la que está hablando ya los otros no hablan por mí. Mucho me costó encontrar mi propia voz, no voy ahora a perderla.

El sujeto cambia y se revolucionan los fenómenos sociales. Pero el sujeto cambia cuando lo decide y como lo decide no cuando lo imponen doctrinas que trastocan el entorno. Contamos con una realidad social disociada e impuesta por grupos radicales. Me hacen sufrir, acabaron con mi piso, no voy a escoger ahora otros grupos fanatizados para contribuir a destruir lo distinto. Quiero un mundo de libertad y respeto, así es como cada quien puede encontrar el lugar que busca, desde su deseo íntimo.

@MarinaAyala10

 

http://marinandoid.blogspot.com/

 

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