Actualidad

Un régimen sin expectativas

25 de julio, 2021

Por: Simón García

El éxito que ha tenido el actual régimen es su fracaso se ha consolidado, desmantelando la democracia como autoritarismo hegemónico: concentración del poder en un caudillo y en una reducida macolla; eliminación de la separación de poderes; dominio sobre la Fuerza Armada; hostilidad hacia las organizaciones sindicales, vecinales, estudiantiles o profesionales; reducción al mínimo de la libertad de expresión y uso al máximo de nuevas tecnologías para hacer que los dominados se comporten como el dominador espera.

Es exitoso porque ha mantenido el poder por dos décadas. Pero es un colosal uróboro que se perpetúa a costa de engullirse las condiciones de vida de la mayoría, devorarse la educación, la salud, los recursos naturales y todas las ventanas de futuro que pudieran recomponer la sociedad devastada.

El círculo de pérdidas tiene límites. A punto de resignarse a la lona, pequeños impulsos presagian una nueva estrategia y una nueva conjunción de fuerzas que, junto a la gente, sostenga un bloque alternativo al sistema dominante. No solo con los actuales opositores sino con cada persona, organización o institución capaz de transmitir credibilidad en lo que hace, valores, interés en las soluciones y amplitud de miras. La Iglesia, Fedecámaras y algunos dirigentes políticos son signos de una nueva concepción de unidad para la libertad y la reconstrucción del país sobre bases distintas al rentismo empresarial y al clientelismo partidista.

Estamos en una situación en la cual hay un gobierno sin oferta creíble y una oposición que no ha podido convertir el descontento del 80% del país en una demanda efectiva de cambio. Este milagro al revés, producto de la peleadera dirigente, ha permitido que la oposición no asuma el fracaso de su anterior estrategia y mantenga la amenaza catastrófica de retornar a las fantasías de masas mágicamente insurrectas, golpes de Estado o invasiones de ejércitos extranjeros. En síntesis, un gobierno sin expectativas y una oposición a la expectativa.

Lo ideal es que el reposicionamiento de las fuerzas de cambio provenga de los partidos y forme parte de su fortalecimiento, pero los principales dirigentes tardan en asumir el desafío y los que lo han hecho no han encontrado aún cómo mantener el equilibrio en una cuerda sin red de protección, tendida como un peligroso filo de navaja, desde la autocracia hacia la democracia.

Los esfuerzos de recomponer el G4, tal y como funcionó el 2015, son vana ilusión. Para superar la fragmentación de la oposición parece inevitable una separación temporal, con reglas para una competencia solidaria, entre dos opciones opuestas sobre el camino venezolano para recuperar la democracia.

Aunque no sea de inmediato, la unión de la oposición es indispensable para cohesionar al país. Para hacerlo, incluyendo incluso a fracciones que se mantienen en un área de aproximación al poder o con diferencias dentro del propio campo dominante, los partidarios del enfoque democrático y electoral tienen que alcanzar logros en términos de vínculos con la sociedad real, aumento de la conciencia cívica y mayores avances en unir al país descontento e insumiso.

Es probable que, dada la debilidad de los partidos y el rechazo a los dirigentes opositores, esa unidad pase aún por un desierto electoral con pocos oasis de victorias. Pero si queremos demostrar que el pastel existe, hay que comérselo: ir a votar si alguna oposición insiste en la abstención y votar por los mejores si insiste en ir dividida.

 

@garciasim

 

 

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