Un chasco “Cumbre”

12 de junio, 2022

Por: Rodolfo Godoy Peña

Acaba de terminar la IX Cumbre de las Américas celebrada en los Estados Unidos y el acto conclusivo del evento fue la firma de la “Declaración de Los Ángeles” donde se puede leer, entre otras cosas: Reconocemos que abordar la migración internacional irregular exige un enfoque de tipo regional, y que las dificultades sanitarias, sociales y económicas que existen actualmente debido a la pandemia exacerban las causas fundamentales que propician la migración irregular, incluidas las vulnerabilidades de numerosos migrantes y comunidades

Por su parte el gobierno norteamericano aseguró durante estos mismos días que Estados Unidos proporcionará apoyo adicional para un mecanismo de respuesta a la crisis sobre migración. Trabajando con el Congreso, proporcionará 25 millones de dólares adicionales a la Facilidad de Financiamiento Concesional Global (GCFF, por sus siglas en inglés) alojada en el Banco Mundial para dar prioridad a países de América Latina…”; y, para completar, el presidente Biden ofreció más de 300 millones de dólares en asistencia a la región para ser usados en caso de inseguridad alimentaria”.

Si ya la Cumbre venía marcada por el fracaso frente al disenso en las posiciones políticas de la región y en el despropósito que supuso la convocatoria “selectiva” de los países de América, este documento no puede ser más elocuente sobre el desaguisado de esta cita hemisférica.

Si algo es evidente es que el presidente Biden afrontó esta reunión continental apremiado por una realidad política interna e internacional que no puede ser más desalentadora para sus perspectivas frente a las elecciones de término medio en noviembre y muy probablemente para sus aspiraciones de reelección, o de que el partido demócrata pueda conservar la oficina oval en el 2024.

Recordemos que la administración del presidente Obama intentó – sin resultados reseñables – volver a atraer a América Latina hacia el dispositivo geopolítico norteamericano luego de la “marea rosada” que significó para la región el triunfo de Chávez, Lula, Kirchner, Ortega, Zelaya, Morales, etc., y que permitió el giro de un continente usualmente supeditado a los mandatos de Washington a la posición de cuestionar abiertamente y de retar esa autoridad hegemónica de la potencia norteamericana.

Esta pérdida de poder e influencia fue aprovechada en este siglo por otras potencias como Rusia y China para ocupar el vacío que venía dándose frente a la incapacidad del gobierno norteamericano de entender la nueva realidad latinoamericana, donde luego de una “década perdida” intentando preservar su hegemonía a través de políticas neoliberales y de un conjunto de medidas recomendadas y aplicadas al continente en la década de 1990 por el Consenso de Washington, nada de eso significó mejoría alguna para los pueblos de América sino que por el contrario fue un período de exclusión y de crecimiento de las desigualdades muchas de las cuales aún tienen consecuencias.

Al gobierno de Obama le sucedió el de Trump y si con la administración demócrata los Estados Unidos no pudo abordar inteligentemente los desafíos que tenía América con ellos, este último manejó las relaciones con el continente como si de un “elefante en una cristalería” se tratase.

Trump, reeditando la lógica de la “guerra fría”, libró una batalla ideológica y verbal contra todo lo que estuviera al sur de la frontera y dentro del país. Desde el inicio de su mandato la política migratoria norteamericana se rediseñó para disuadir la migración utilizando estrategias que causaran más angustia y más riesgos para los migrantes, política que según WOLA: “…incluyó la construcción de muros, la reducción drástica de refugiados permitidos a restablecerse en los Estados Unidos, la separación de niños y familias, el forzar ilegalmente a decenas de miles de solicitantes de asilo a esperar en México, y casi acabar con el derecho de solicitar asilo en la frontera entre los Estados Unidos y México.

En materia regional esta orientación de imposibilitar a toda costa la migración— motivada por el interés de sosegar la base política de Trump — redefinió la política norteamericana hacia América Latina únicamente en torno a esta cuestión. Los latinoamericanos sufrieron una marcada pérdida de confianza en el gobierno estadounidense como líder fiable en materia de derechos humanos y en su estado de Derecho por la visión general de esa administración republicana donde la América al sur de sus fronteras no servía para casi nada más que para generar una runfla, maloliente y delincuencial que venía a desdibujar los valores más sagrados y fundacionales de los Estados Unidos.

Y es que Donald Trump solo sabía comunicarse con América Latina a través de amenazas y de desplantes como el que hizo a la VIII Cumbre de las Américas cuando decidió a última hora no asistir alegando tener que “…supervisar el desarrollo de eventos en el mundo», como si para su gobierno América Latina no fuera parte del mundo.  Tal como lo reveló una encuesta de Gallup durante el gobierno de Trump América Latina fue la región del mundo donde más se deterioró la imagen del liderazgo de los Estados Unidos.

El presidente Biden parece querer ahora recuperar el tiempo perdido en la relación de los Estados Unidos con su “patio trasero”  pero está lidiando – según los sondeos de opinión – con dos temas que han lastrado su presidencia y que parecen ser irremediables para él:  por un lado, la inflación y el riesgo inminente de estanflación que se barrunta en el corto plazo; por el otro, una crisis migratoria que si bien ya se agravó con la COVID ahora amenaza con convertirse en un auténtico desastre por la situación económica global.

El tema de los flujos humanos que se dirigen hacia EUA es un tema neurálgico para el gobierno y para sus esperanzas electorales, y aunque la Cumbre pudo haber sido una oportunidad inigualable para Biden en aras de consensuar acuerdos y política comunes con los países generadores de esos flujos, su gobierno prefirió –muy desacertadamente- revivir la doctrina Betancourt contra algunos de ellos sin entender cabalmente que el poder hegemónico de Estados Unidos ya agoniza y que no tiene visos de mejorar, mucho menos frente a la posibilidad del triunfo de Petro y de Lula que rehabilitarían otra “marea rosada” en América Latina.

Venezuela, Cuba y Nicaragua son países generadores de migrantes pero el presidente Biden decidió no invitarlos. No se puede ignorar, por ejemplo, que en el caso nicaragüense el flujo migratorio se incrementó en un 700 % en los últimos 2 años, aunado al hecho de que el gobierno de Managua suprimió el requisito de visa para los cubanos lo que les hace más fácil alcanzar nuestra frontera sur.

En el caso del “Triángulo Norte” centroamericano, gracias a la práctica de interferir indebidamente en la soberanía de los gobiernos de Honduras y Guatemala, Biden logró que sus presidentes no asistieran a la Cumbre; y en el caso del El Salvador es obvio que la administración Biden tiene un permanente discurso de agresión contra sus instituciones, contra el gobierno del presidente Bukele y contra sus políticas monetarias. Y por si fuera poco, tampoco asistió el presidente de México país con el mayor número de migrantes,  por desavenencias con Biden por su veto a otras a naciones.

El gobierno de Biden, contrariando todo principio lógico, logró reunir en la Cumbre a los países que no son el problema para abordar la situación de la migración y dejó de invitar -o logró que no asistieran- los gobiernos de los países que tienen que ser sus interlocutores forzosos para abordar la grave cuestión migratoria que afronta su malogrado gobierno.

En otra muestra de desdén, el gobierno norteamericano aprobó 300 millones de dólares para el asunto migratorio cuando apenas escasas dos semanas atrás había aprobado 40 billones para la guerra en Europa; sin duda una demostración adicional de que la desidia e incomprensión sobre América Latina por parte del gobierno norteamericano sigue creciendo, cosa que se hizo muy patente en este “chasco” de cumbre.

@rodolfogodoyp

 

 

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