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Tres ideas claves para rescatar la política

6 de agosto, 2022

Por: Rafael Simón Jiménez

La política y los políticos viven una hora menguada en Venezuela. Todas las mediciones de opinión pública revelan un inmenso malestar, desafección y repudio de los ciudadanos frente a la dirigencia política, deshonor disputado casi indistintamente por Oficialistas y opositores.

Las razones, a pesar de aparecer en principio  contradictorias, guardan absoluta coherencia en el ánimo e imaginario popular. Parecería normal que los interlocutores del PSUV, asociados a la destrucción y la terrible crisis social y humanitaria generada en Venezuela tras más de dos décadas de desgobiernos, fueran destinatarios del cuestionamiento y  descredito en la opinión de la gente, lo que resulta insólito, es que los más prominentes dirigentes de la crónicamente equivocada y atomizada oposición venezolana , se disputen con los prohombres del  régimen, los altísimos niveles de impopularidad y rechazo de los ciudadanos.

Sin embargo no es gratuita, ni inmerecida, la percepción que se tiene de la dirigencia opositora, ha sido por el contrario muy bien ganada, en una interminable  seguidilla de errores y dislates, que han frustrado una y otra vez las expectativas de los ciudadanos, y detrás de los cuales se delatan ambiciones, rivalidades, deseos de protagonismos, mediocridades y pescueceos, que han hecho naufragar una oportunidad tras otra los deseos de cambio de los ciudadanos, privilegiando en exclusiva sus intereses y colocándose de espaldas al sufrimiento cada vez más extremos de la población.

Tampoco en el campo de la diferenciación, o superioridad moral, existen evidencias de conductas o practicas antinómicas. Si bien es cierto que el chavismo-madurismo ha impuesto desde el poder una autentica cleptocracia que ha saqueado y arruinado a Venezuela, los escándalos que cada vez más reiteradamente persiguen a los líderes opositores administradores, de los nada desdeñables fondos y activos, del imaginario, pero muy productivo “gobierno interino “, hacen que para el común, se profundice la terrible percepción de que “todos los políticos son iguales “.

En 2.024, se cumplirán 25 años – un cuarto de siglo – del peor y más destructivo gobierno que ha tenido Venezuela, y luego de múltiples  estrategias e ilusiones fallidas de todo tipo, existe la convicción colectiva en la inmensa mayoría que se opone a la continuidad de este desastre, de que la lucha democrática y la vía electoral, son el único camino para fraguar una transición hacia la reconstrucción de Venezuela en todos los órdenes, y que para que esto se haga viable hay que solidificar una amplísima unidad ciudadana, con una conducción y una estrategia capaz de levantar frente a la Venezuela  escéptica, desesperanzada e incrédula en partidos y dirigentes, un mensaje y un liderazgo capaz de revertir todos esos sentimientos negativos , y transformarlos en la certeza de que otra Venezuela distinta y mejor es posible.

Actuar frente al 2.024, en la perspectiva de despertar el entusiasmo ciudadano y transformarlo en una gran alternativa de cambio, requiere colocar “los bueyes delante de la carreta “ es decir priorizar las tareas que permitan reanimar a la ciudadanía, activarla, movilizarla, en una ruta no solo electoral, sino de lucha y presencia social, que haga, que la política vuelva a sintonizarse con la gente, y que políticos y partidos se ganen el afecto, reconocimiento y apoyo, no solo con slogans y propaganda,  sino haciendo presencia en los espacios sociales y asociándose a los reclamos y demandas de más de veinticinco millones de venezolanos, que  en medio de la pobreza, viven el vía crucis de una trágica cotidianidad.

No es con la elección en primarias, de un candidato opositor, que seguramente fraccionaria aún más a la atomizada oposición Venezolana, como debe pavimentarse el camino hacia la victoria del 2.024, eso sería repetir los mismos errores y disparates que han generado en los ciudadanos el repudio a la política, es precisamente jerarquizar y priorizar la batalla por ganar la credibilidad y la confianza de la gente, para que la política vuelva a ser una actividad noble, de servicio al prójimo, de entrega a lo público, de intermediación e interlocución entre las comunidades y el estado, donde el político aparezca como depositario y albacea de los angustias  y esperanzas de la mayoría.

Cumplir esa tarea de re sintonizar la política con la gente, requiere un esfuerzo sincero, sostenido, sistemático, que comience por dotar a políticos y organizaciones partidista de una identidad y un ideario, no ya remitidos a la inutilidad de las viejas  ideologías imposibles por su reduccionismo y dogmatismo, de aportar instrumentos de interpretación en una realidad cada vez más diversa y compleja.

La no adscripción a una ideología, no puede hacerse en sacrificio de principios, valores y posiciones, que le den identidad y sentido de pertenencia a un proyecto político. La carencia de un ideario , traducidos en  mensajes, programas y visiones frente a la diversidad temática que arropa a los ciudadanos, solo puede conducir al pragmatismo, el personalismo y el caudillismo, en un sinsentido que pareciera ser hoy el signo de la mayoría de los partidos políticos, de allí que al carecer de un cuerpo de ideas que le suministren identidad, sentido de pertenencia y que actúe como elemento gregario, los militantes muten de un partido a otro porque en el fondo no existen diferenciaciones entre ellos.

Recuperar coherencia y consistencia en temas como la economía, la  libertad, la democracia, la ética, la equidad, la justicia, e incluso frente a aspectos novedosos como la naturaleza y el ambiente, la diversidad sexual, la igualdad de género, entre otros,  permitirían que la adscripción a una militancia tuviera una motivación y un simbolismo, comprometidos con sus planteamientos y propósitos.

El segundo aspecto, de urgencia en la elevación y revalorización de la política, es el rescate de la ética y la moral, como tema fuerza, que transversalisa las conductas y los planteamientos. La política  debe  volver a cargarse de entrega, de vocación de servicio, de compromiso de lucha sobre todo a favor de los más necesitados, este es un camino ya andado y desandado en Venezuela, donde los partidos políticos al comienzo de nuestro experimento democrático, a partir de 1.958, gozaron de gran prestigio y reconocimiento popular que les daba una gran legitimidad y representación, al convertirse en  voceros de las angustias, problemas y necesidades de la gente, y tener dirigentes de ejemplaridad moral y permanente  presencia en todos los espacios sociales: barrios, comunidades, sindicatos, gremios, donde acompañando luchas y reclamos se hicieron grandes en el sentimiento y respaldo colectivo.

Las agendas políticas y de los ciudadanos deben volver a tener vinculación y sintonía. El descalabro de la denominada “republica Civil “que abono el camino del fenómeno Chavista, tuvo como terreno fértil el divorcio entre los dirigentes políticos, los partidos y los ciudadanos.

La brecha entre intereses burocráticos, hedonistas y personales, y las demandas, expectativas y problemas de la gente, se fue abriendo a pasos agigantados generando una clase privilegiada con intereses propios, alejados del pueblo, que prontamente y ante la multiplicación de sus padecimientos y problemas comenzó a militar en la anti política y a buscar salidas  providenciales y milagrosas.

Construir un ideario renovado a tono con las exigencias de los nuevos fenómenos y los nuevos tiempos, rescatar el sentido de servicio al prójimo, implícito en el propósito  mismo de la política, volviendo a los escenarios donde el pueblo sufre y padece, y siendo interlocutor de sus padecimientos, problemas y necesidades, y revalorizar la moral y la ética como componentes indisolubles de la conducta de los hombres públicos, se constituyen en tres tareas prioritarias, sin cuyo cumplimiento, es imposible rescatar la credibilidad, el entusiasmo y el compromiso de los millones de Venezolanos que comparten la idea de una transición y un cambio democrático que nos saque  del actual atolladero, pero que simplemente han sido decepcionados, frustrados y engañados tantas veces por los actuales dirigentes, que se niegan a   seguir creyendo en ellos.

 

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