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Tomás y Don Tulio

27 de mayo, 2022

Por: Eduardo Fernandez

Se trata de Tomás Polanco Alcántara y de Don Tulio Febres Cordero. A Tomás me atrevo a llamarlo con tanta confianza porque tuve una relación muy cercana con él. Fue el amantísimo esposo de mi hermana María Antonia y el padre de nueve de mis sobrinos más queridos.

Fue un notable abogado, un distinguido servidor público como Embajador en Chile, en España, en Ginebra y en la segunda mitad de su vida se dedicó a cultivar con singular acierto temas de historia y biografías de venezolanos meritorios. Fue miembro de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales.

Don Tulio Febres Cordero nació en Mérida. En esa ciudad pasó toda su vida cultivando la riqueza de su imaginación, la fecundidad de su intelecto, su independencia de estilo, su arte literario que añade quilates al buen gusto, lo agradable al oído que era escuchar la lectura de sus trabajos y lo fácil y comprensible de esa lectura para todas las inteligencias, que podían captar y comprender, de un golpe, la intención y pensamiento del asunto tratado? Esos conceptos aparecen en la famosa revista el Cojo Ilustrado en el número que corresponde al 1º de abril de 1898 y que fueron desempolvados por Tomás Polanco para las palabras que dedicó a Don Tulio en la Academia Nacional de la Historia.

¿Por qué combino estas dos personalidades tan diferentes, nacidas en épocas tan distantes, uno en Caracas y otro en Mérida? Porque en estos días he estado releyendo una obra estupenda de Polanco que se llama «Venezuela y sus personajes» y porque allí he recordado páginas inolvidables de Don Tulio que interpretan la mejor tradición venezolana y merideña. Recordar por ejemplo los «Cuentos y leyendas», las «Décadas de historia de Mérida», la leyenda de «El Perro Nevado» y, sobre todo el libro «Don Quijote en América».

Recordando a Don Tulio, Polanco dice cosas que tienen una increíble actualidad. Por ejemplo: «Nuestra tradición de ferocidad, que unas veces se ha mostrado en batallas a disparos y en combates de infamias nos llevan a veces a considerar como sujetos de menor cuantía a quienes por fuerza de espíritu, por bondad de alma y por belleza de sentimientos, son incapaces de utilizar la violencia en alguna de sus formas».

«Acostumbrada nuestra gente a esas batallas bárbaras, cuando desprecian a quienes no participan en las mismas no perciben la valentía espiritual de enfrentarse a las duras realidades de la vida social, no para destruir vidas y famas con balas o con insultos, sino para aportar soluciones que permitan convivir mejor y alcanzar los supremos ideales que la humanidad siempre ha tenido por delante».

Recordar a venezolanos como Tomás Polanco y Tulio Febres Cordero lo reconcilia a uno con nuestra historia.

Seguiremos conversando.

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