Tolstoi: Guerra y gas

25 de abril, 2021

Titán literario, Tolstoi es también un pensador desigual. Como todos los predicadores, descubre que el mundo “está mal” (desde Kafarnaún), somos egoístas, pecadores (desde Caín) y deberíamos ser buenos. Los moralitas en la política son temibles y sus sueños encubren y evidencian a la vez egos desatados y calamitosa falta de ideas prácticas. Fracasos y crímenes inflados de moralina hacen que no haya nada más peligroso sea un político con buenas intenciones.

 

Hoy la bestia asoma la trompa, solo que por meros bussines. Parte de Europa vive del gas ruso y algunos le compran 100% del que arde en hogares, panaderías e industrias. Del que consume Alemania, 60% viene de allá hace décadas por Yamal, gasoducto a través de Polonia, Ucrania, los bálticos y Eslovaquia, a los que Rusia paga en peaje miles de millones de dólares. En 2012 hicieron el Nord stream uno, tubo directo por el Báltico, y Alemania cambió las plantas atómicas por metano que, de paso, contamina la mitad que el carbón.
Las energías “verdes” dependen de que haya viento y sol. En Texas los molinillos eólicos se congelaron y dejan desnuda su fragilidad estratégica. Más de cien empresas europeas hacen el Nord stream dos, construido en 90%, y punto de discordia global. EEUU se hizo exportador de gas licuado, un sofisticado tratamiento que convierte el gas en líquido y se comercializa por medio de un complejo de cisternas terrestres y marítimas.
¡Brezhnev y Nixon a los altares YA!
Usinas en el país recipiente lo devuelven a estado gaseoso, lo intuban y distribuyen. Esto duplica los precios, lo hace no competitivo, un fárrago sobre la economía europea, dice el sentido común, si eso existe. EEUU ciego al mercado, blande un big-stick, y en reparto de bofetones sanciona empresas de sus propios aliados asociadas en el Nord stream dos. El gobierno de Biden subestima la complejidad de la emergente geopolítica global y sacude todos los avisperos en simultánea para asombro ecuménico.
Durante la guerra fría el planeta estuvo a punto de estallar en pedazos por dos modelos de civilización enfrentados, pero el sentido de la política impidió la tercera guerra mundial, aunque el milagro no santifica a Nixon ni Brézhnev. Ahora hay una crisis global por pinche gas, y en poco tiempo, varios traspiés. Putin afrentado de “asesino”, se desquita con tropas hacia Ucrania, no con denuestos.
El secretario Blinken abofetea a China en la reunión de Alaska y Xi Jimpig irrumpe sin paciencia asiática ni niño muerto en apoyo a Putin. Senadores de EEUU amenazaron por carta al jefe del puerto alemán de Sassnitz, con sancionar toda la ciudad si “continúa apoyando la construcción” del gasoducto. El mismo Blinken intenta imponer al Consejo Europeo detener la obra a la que apenas le faltan cien kms de 1.200. Acatar la orden sería un ridículo sideral, fin de la venerable imagen de Merkel, quien contragolpeó rechazando las sanciones.
El éxito o fracaso del gasoducto están asociados a ella, y paralizarlo lo haría un cadáver en el closet que la perseguirá desde ultratumba. La UE ratificó el derecho a decidir su política energética. A finales de los 60 el canciller socialdemócrata alemán Willy Brandt se proyectó entre los líderes mundiales por una situación parecida también con el gas, la hoja de tilo que mató a Sigfrido (indelicado mentar talón de Aquiles a germanos) entre Alemania y Estados Unidos.
Como Walt Disney
En una política llamada “cambio por acercamiento”, aliado con Francia e Inglaterra y cuestionado por EEUU, Brandt instó a empresas alemanas para que vendieran a la URSS un millón de toneladas de tubos, y en los setentas llegan de vuelta con gas de Siberia. El pragmatismo económico está desnudo, todos quieren vender sus productos más caros, comprar más barato, y Europa no añora sacrificarse para favorecer los productores de fracking de Dakota. Pero se recurrió a la moral. Por fortuna Groucho aclaró que “estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”.
Pasamos a principios democráticos: “Rusia amenaza la integridad de Ucrania”. En el Donbass, dos medievales provincias ucranianas de población rusa, desde 2014 en armas en una curiosa guerra de liberación, declararon la independencia para que Putin, su príncipe azul, las anexara. “Bien lejos”, y él lo que hizo fue criogenizarlas. Pero el temor de Kiev es perder el peaje que paga el gas ruso al franquear su territorio. Algo rescatará.
Ucrania amenaza a los congelados de Donbass, y Rusia aprovecha y pasa factura. En su grandiosa Guerra y paz Tolstoi explora y rechaza profundamente que los hombres trabajamos frenéticos para hacernos daño y hacerlo a otros, a nombre de sublimes valores. Pero en campaña para el Premio Nobel de la Paz, el anciano Tolstoi asume el celibato, se hace vegetariano e intenta donar su fortuna a los pobres, aunque dejaba su mujer, la condesa Sofía, en la indigencia. (Busquen La última estación con Christopher Plummer y Helen Mirren, 2012).
@CarlosRaulHer
El Universal

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