Todos los hijos del mundo

17 de marzo, 2021

En el año 2016 el gobierno británico promovió un programa de clases de paternidad, con alcance nacional, para ayudar a los progenitores en el trabajo más importante de sus vidas: “los niños no vienen con manual de instrucciones” argumentó el entonces primer ministro David Cameron al anunciar el proyecto.  La justificación para el lanzamiento del programa fueron las conclusiones de los estudios y los análisis estadísticos donde se reflejaban unos índices alarmantes sobre deserción escolar, delincuencia juvenil, embarazo adolescente y adicción a las drogas.  El foco de este tipo de programas consiste en aportarle herramientas a los padres para el manejo de la “adolescencia conflictiva”, pero todo indica que esto, sin ser menospreciable, es tardío ya que tiene más un carácter paliativo del problema que preventivo pues se aborda al adolescente cuando presenta problemas, en vez de trabajar sobre el niño para evitar llegar a esto.

 

La paternidad es una de esas pocas experiencias para las cuales no se estudia y por lo cual nadie está “académicamente” preparado para ser papá. Se puede afirmar, en todo caso, que es una repetición de actos aprendidos por generaciones, que se fueron aplicando en cascada y que tienen implícito un contenido de “bien” porque los padres queremos lo mejor para nuestros hijos, e independientemente de lo que nuestra brújula moral o escala de valores nos indique, hasta el castigo corrector  es siempre con el ánimo de enrumbar la conducta de nuestros hijos a lo que en nuestro entender los hará felices.

 

La sociedad actual presenta unos retos formidables para los padres. Por un lado la humanidad, en una exacerbación del racionalismo, ha minado la base social del mundo poniendo en tela de juicio todo aquello que nuestra libertad nos indica como “bueno” sin más cortapisa que el “deseo”, e incluso hemos llegado a dudar de las certezas científicas pues lo real es lo que yo “siento” y no lo que “es”.  Y, por otra parte, el mundo en ninguna etapa anterior afrontó que los bienes superaran la demanda y que los lujos se convirtieran en necesidades por lo cual se crea un demanda artificiosa donde el centro de la felicidad está en las posesiones materiales. Lo anterior desemboca  – inexorablemente –  en la “cultura del descarte”, no únicamente de los bienes tangibles sino que también se “descartan” las relaciones, o la vida del no nacido, o la del enfermo, por ejemplo, por la “escasa” utilidad que tienen ya que todo puede y debe ser reemplazado en un tiempo determinado para seguir consumiendo.

 

Del mismo modo el pensamiento crítico ha sido ferozmente erradicado por la “cultura de la cancelación” que desprovee al hombre de su capacidad de revisar y de cuestionar lo “políticamente correcto” aunque esos conceptos sean totalmente aporéticos. Y es en este mundo desprovisto de empatía por fuerza de la competitividad, de supeditar el logro al éxito y de poner en entredicho todos los valores que nos sostuvieron durante generaciones, el marco en el cual se debe afrontar la difícil tarea de la paternidad, esa que tiene como fin el modelar para el mañana a mujeres y hombres de bien. Pero aun y cuando las circunstancias han variado, y el avance de la humanidad se acelera de manera vertiginosa, la naturaleza del hombre sigue siendo igual y ya desde la antigua Grecia había consenso sobre una realidad: los hombres son felices en la medida que viven en la “virtud” y salen de sí mismos para entrar en el “otro”.

 

Muchos y encomiables progenitores – hombres y mujeres de buena voluntad y con “cabezas bien amobladas” – han criado a sus hijos desde siempre empinados en su ejemplo y eso sigue siendo así en la mayoría de los casos. Ha habido otros, también, que apoyados en sus dotes intelectuales le han legado a la humanidad obras que serían sin duda alguna un material formidable para los cursos de padres, como por ejemplo las disertaciones sobre ética práctica que le deja Aristóteles a su hijo Nicómaco para alcanzar la eudaimonia y donde le precisa que “…que la verdadera felicidad consiste en hacer las cosas conforme a recta razón, en que consiste la virtud” recordándole que el camino para alcanzar “la buena vida” es estar abierto a la persuasión por el razonamiento y pensar las cosas. Aristóteles le recomienda finalmente a su hijo alcanzar la plenitud a través de hábitos operativos buenos y del ejercicio de la prudencia.  O, también, cuando Ruyard Kipling en su poema “If”  le habla a su hijo John sobre la humildad y el perdón y – con él a todos los hijos – , y le dice: “Si puedes esperar y no cansarte de la espera / o si, siendo engañado, no respondes con engaños / o si, siendo odiado, no incurres en el odio / Y aun así no te las das de bueno ni de sabio”.

 

Como obviar en este elenco las consideraciones que le hace Fernando Savater a su hijo Amador sobre la libertad explicándole que “hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que o controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza”; o la lección sobre el valor del trabajo que les deja Tomás Polanco Alcántara a sus hijos: “El trabajo no es una maldición ni un castigo. Nunca dejen de trabajar. Es el precio de la vida: ganarás el pan con el sudor de tu frente. Todo trabajo es bueno, es digno, es honesto. Recuerden siempre que el trabajo tiene dos modalidades, una la de servir de instrumento para alcanzar los medios materiales que necesita la vida. El otro cumplir con la obligación de contribuir a la fortaleza de la colectividad”.

Y, por supuesto, el compendio más hermoso que puede un hombre escribirles a sus hijos como lecciones de buen vivir y acerca de la manera práctica de darse a los otros, todo hecho poesía por el bardo de Cumaná, Andrés Eloy Blanco, dirigido a sus hijos Luis y Andrés  en sus “coloquios”:  “lo que hay que hacer es dar más / sin decir lo que se ha dado, / lo que hay que dar es un modo / de no tener demasiado / y un modo de que otros tengan / su modo de tener algo…”, pues cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo.

 

@rodolfogodoyp

 

 

 

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