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Tiempos de paz, tiempos de guerra

19 de junio, 2022

Por: Fernando Mires 

No voy a defender aquí a Angela Merkel, cuya biografía la defiende por sí sola. Voy a defender sí, su concepto de la política. Un concepto que a su vez define a la política como actividad existencial.

Entiendo por actividad existencial enfrentar a los hechos tal como se presentan sobre la superficie de la realidad. Por eso he sostenido en otras ocasiones que la política es actividad superficial, pero no en el sentido de que sea banal, sino porque su práctica tiene lugar sobre una superficie o base existente y no supuesta o imaginaria. Por lo tanto, al defender la existencialidad de «lo político», defiendo su condición ineludible y necesaria: la de su «presentabilidad».

La política tiene lugar en tiempo presente y por lo mismo es representación de hechos que emergen a la superficie desde un fondo oculto que no solo reside en el pasado temporal. Afinemos esta idea: No me refiero al presente de los filósofos ni al de los teólogos, a ese presente que según San Agustín no existiría jamás pues, si digo algo, al decirlo ya es pasado. Pero el futuro tampoco existe porque simplemente está en un futuro, de modo que el único tiempo existente sería el tiempo de Dios, el tiempo absoluto, el tiempo no relativo, el tiempo total.

Guiada por las confesiones de Agustín, Hannah Arendt logró afirmar que el presente surge de una conflagración entre las fuerzas de un pasado que ha dejado de existir y las de un futuro que todavía no existe. De esa conflagración aparece un hueco que es el tiempo situado en seres que están viviendo su tiempo. El presente político, por lo tanto, no es más que una convención formal que abarca al pasado inmediato y al futuro inmediato.

Para entendernos mejor, es el espacio determinado por la aparición de un acontecimiento o de una cadena de acontecimientos. De acuerdo a Hannah Arendt no es la historia la que determina a los acontecimientos sino los acontecimientos a la historia.

Para decirlo con un ejemplo muy cercano: desde el 24 de febrero, día de la invasión rusa a Ucrania, vivimos en medio de un presente determinado por la guerra de Rusia a Ucrania. Es en ese presente donde los diversos gobiernos occidentales interactúan y toman decisiones ya sea en conjunto, o simplemente a nivel nacional, para enfrentar al adversario común: la Rusia de Putin.

Angela Merkel y el pasado-presente

En el presente condicionado por ese acontecimiento llamado guerra, la ex canciller alemana Angela Merkel no es un actor político pues su poder de decisión es prácticamente nulo. No obstante Merkel, como representante de un poder simbólico, ha sido declarada por diversos políticos y medios de comunicación, responsable, algunos dicen culpable, de no haber sabido detener a tiempo a Putin en su proyecto imperial. Entre las diversas faltas que le enrostran hay tres que por reiteradas podemos considerar principales. Son las siguientes.

1.-No haber asumido una posición firme frente a las agresiones de Putin a Georgia durante el 2008.

2.- No haber endurecido las relaciones frente a Putin el 2014, cuando invadió militarmente a Crimea. Según algunos políticos antimerkelistas, incluyendo a algunos miembros del cuerpo diplomático ucraniano, si Merkel hubiese bregado por incorporar de inmediato a Ucrania en la OTAN, la invasión de Rusia a Ucrania no habría tenido lugar. (¿Cómo lo saben?, no lo sé)

3.-Haber convertido a Alemania en una nación energéticamente dependiente (gas y petróleo) de un agresivo imperio antioccidental.

Vamos punto por punto. Durante la guerra a Georgia en 2008 era difícil, no solo para Alemania, sino para toda Europa tomar posiciones ya que allí estaban involucrados diversos problemas que provenían del pasado soviético y aún más allá. No debemos olvidar que el centro de la política en Alemania y en Europa estaba lejos de estar puesto en los problemas de Rusia con su periferia. 2008 fue, además, el año de una gran crisis financiera, comparable solo con la crisis económica de 1929.

Enfrentar a una crisis mundial, la quiebra masiva de empresas, y estimular planes de ahorro con las naciones más pobres de la UE, no eran las mejores condiciones para implementar un programa de confrontación con la Rusia de Putin.

En cuanto la invasión de Rusia a Crimea (2014) hay que subrayar que esta fue saludada por una enorme cantidad de habitantes de Crimea que consideraban a su «nación» como parte de Rusia. ¿Pero no era también esa invasión una amenaza potencial a Ucrania? dirán los geoestrategas. Correcto, pero la pregunta pertinente es, ¿a qué Ucrania? La Ucrania del 2014 –esto es decisivo para entender la política internacional de Merkel- no era la Ucrania del 2022. Por despejar dudas, hagamos un poco de historia.

¿Cúal Ucrania?

Ucrania es hija directa del desmembramiento de la URSS durante los gobiernos de Gorbachov y Yelsin. Nació como nación independiente el año 1991, cuando Leonid Kravchuk, líder de la república soviética de Ucrania, declaró la independencia de Moscú. En 1994 asumió el gobierno Leonid Kuchma, de tendencias occidentalistas. En 1999 Kuschma se hace reelegir en elecciones fraudulentas. El 2004 asume el prorruso Viktor Yanukovich, también en elecciones marcadas por el fraude y manipuladas desde Moscú. Como respuesta ciudadana surge la Revolución Naranja que obligó a repetir las elecciones, siendo elegido esta vez el prooccidental Viktor Yuschenko (2005). Pero pronto sería desatada una lucha interna entre los partidarios de Yuschenko y los de la líder populista Yulia Timochenko.

En medio de ese desbande la OTAN hace la promesa de que un día Ucrania podría entrar a la OTAN. Naturalmente «ese día» debería aparecer cuando Ucrania solucionara su problema de gobernabilidad, algo que todavía estaba muy lejos de ocurrir. Así fue como la indisciplina y corrupción del bando antirruso creó las condiciones para que regresara al poder el prorruso Yanukovich quien en las elecciones del 2010 derrotó ampliamente a Timochenko, acusada de corrupción.

El gobierno Yanukovich, acatando una orden de Putin, rompió relaciones con la UE. Acto seguido, el dictador ruso invade sorpresivamente a Crimea. En abril del 2014 los separatistas prorrusos se apoderan, con ayuda militar de Moscú, de la región del Donbás. En el resto de Ucrania crece la oposición en contra de Rusia. Bajo esas condiciones, en mayo del 2014 asume el empresario proocidental Petro Porochenko cuyo gobierno acompañó su posición antirusa con la más desmedida corrupción. En abril del 2019 el actor y abogado Volodimir Zelenski –prooccidental aunque no radicalmente antirruso– obtuvo la victoria electoral con una impresionante votación (70%) gracias a haber levantado un programa en contra de la corrupción y ofrecer su mediación en la guerra contra los separatistas del Donbás.

Hemos hecho este recuento con el objetivo de hacer una pregunta: ¿por esa Ucrania convulsa, políticamente inestable, iba a iniciar la UE y el gobierno Merkel, una campaña para incorporarla a la UE y a la OTAN? Haberlo hecho habría sido una locura. La UE como la OTAN han intentado siempre incorporar a naciones, si no democráticas, por lo menos políticamente bien constituidas. Ese estaba lejos de ser el caso de Ucrania.

La estabilización política nacional de Ucrania comenzó recién a configurarse bajo el gobierno de Zelenski. Antes de Zelenski, Ucrania era una nación, digamos así, en formación. De ahí que gane o pierda la guerra en contra de Rusia, Zelenski pasará a la historia como el fundador de la Ucrania política.

Muy mala gobernante habría sido Merkel si hubiera bregado por incorporar a la UE a una nación políticamente desmembrada, a una que, en cualquier momento, incluso por vía electoral, podía llevar nuevamente al bando de los prorusos al poder.

La dependencia energética

La tercera acusación a Merkel, relativa a la hipoteca contraída por la dependencia energética de Alemania con respecto a la Rusia de Putin, pareciera, a primera vista, estar mejor fundada. Evidentemente, una nación democrática no debería poner en juego su soberanía política al hacerse económica o energéticamente dependiente de una potencia autocrática. Es cierto que los acuerdos con Rusia, sobre todo los referentes a las importaciones de gas, precedieron al gobierno de Merkel, pero fue bajo su administración cuando lograron extraordinario vigor. A la luz de los acontecimientos actuales dicha dependencia es hoy vista como un enorme error estratégico.

Naturalmente, si Merkel hubiera sabido lo que iba a ocurrir el 24 de febrero del 2022 nunca habrá permitido que bajo su gobierno tuviera lugar una dependencia tan estrecha con la Rusia de Putin. El problema es que no había como saberlo. Por supuesto, nunca Merkel tuvo plena confianza en Putin a quién jamás consideró un demócrata. Pero de ahí a creer que Putin era lo que efectivamente demostró ser, un tirano arcaico poseído por fantasías meta-históricas, hay un largo trecho. Incluso el historiador polaco Adam Michnik, conocedor personal de Putin, confesó en una entrevista que nunca creyó que Putin fuera capaz de invadir a Ucrania, o por lo menos no del modo como lo hizo.

Probablemente Merkel, como la mayoría de los gobernantes europeos (sí, la mayoría) pensó que la dependencia energética con respecto a Rusia era un riesgo. Pero según su percepción había que correr ese riesgo. La razón es simple: como proveedor, Rusia aseguraba la dependencia de naciones occidentales pero a la vez ligaba su economía a esas naciones. Todo vendedor al fin necesita un comprador y Europa, sobre todo Alemania, era y es un muy buen comprador. En breve, nadie pensó, simplemente porque era impensable, que Putin, siguiendo el mandato de sus alucinaciones, iba a arruinar la economía de Rusia en una guerra tan absurda como criminal. «Rusia nos amarra pero nosotros amarramos a Rusia», parecía ser el pensamiento predominante en la Alemania de preguerra. No muy infundado, hay que decirlo.

Fue el barón de Montesquieu quien hace muchos años formuló la teoría del «dulce comercio». Según esa teoría el comercio entre naciones suaviza las costumbres, vuelve corteses a los políticos brutales y permite allanar los caminos que conducen a la paz. Karl Marx se burlaría de las teorías de Montesquieu. Pero el mismo Marx no pudo negar un hecho objetivo, y es el siguiente: la diplomacia nació del comercio. Digamos la tesis completa: así como la política nació de la guerra (en ese sentido toda guerra sería una regresión prepolítica) la diplomacia nació del comercio.

La idea de una interdependencia más que de una dependencia entre Rusia y Occidente parecía ser atractiva a muchos políticos occidentales. En cierto modo fue asumida como la continuación de la diplomacia comercial mantenida entre el bloque comunista y la Europa democrática durante la Guerra Fría. Basta recordar que la teoría de la convergencia de los dos bloques fue defendida en Alemania por gobernantes de la talla de Willy Brandt, Helmut Schmidt, e incluso Helmut Kohl. Angela Merkel no hizo más que seguir la ruta señalada por sus predecesores, pero esta vez con la Rusia de Putin en lugar de la URSS.

Como conocedora de la historia europea sabía, además, que en Rusia siempre han convivido dos almas: un alma occidental y un alma asiática y despótica.

Toda la gran literatura rusa, desde Dostoyevski y Tolstoy, Gogol y Turgeniev, tiene como tema central la coexistencia conflictiva de esas dos almas. Desde el punto de vista psicopolítico parecía ser adecuado entonces estimular el alma occidental de Rusia, lo que solo sería posible con un acercamiento diplomático y comercial y no con amenazas militares. ¿Cuándo Putin dejó de seguir a su alma occidental y comenzó a escuchar las voces de su alma asiática o despótica? Eso no lo podemos saber. Merkel tampoco. Nadie.

Angela Merkel no es una política futurista. En general los gobernantes democráticos no lo han sido. Es difícil que lo sean. La mayoría son elegidos por uno o dos periodos, y en las democracias parlamentarias, si sobrepasan ese tiempo –es el caso de Merkel– están sujetos a coaliciones programáticas. La mayoría de los dictadores, en cambio, sí son futuristas. En su enfermiza imaginación piensan que fueron llamados al poder para cumplir una misión histórica.

Hitler, Stalin, Mao, Castro, fueron futuristas. Putin también lo es. El dictador ruso cree que su misión es reconstruir el imperio como poder rector de una Eurasia unida (Putin ha llegado a compararse a sí mismo con Pedro el Grande). Merkel en cambio es, como la mayoría de sus colegas occidentales, presentista. Conoce el tiempo limitado de la política e intuye que el futuro no lo puede conocer ni prefijar nadie. Tal vez por eso pensó que Putin era en el fondo un ser racional. No haber advertido lo que no advirtió nadie, fue su gran error.

Merkel fue la canciller de un país en tiempos de paz y actuó consecuentemente con las condiciones que en ese tiempo imperaban. Ahora estamos en tiempos de guerra, y a pesar de no ser política activa Merkel no ha dudado un segundo en ponerse al lado de los gobiernos que apoyan militarmente a Ucrania. En su última entrevista captó la esencia del problema. Dijo: «Ucrania es un rehén político que Putin usa para dañar a todo Occidente». Eso no lo han dicho ni Macron ni Scholz.

Cada tiempo tiene su tiempo, está escrito en el Eclesiastés. Hay efectivamente un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra (Eclesiastés 3:8 PDT). Hay también políticos que actúan en tiempos de guerra como si estuviéramos en paz y dedican su tiempo a llamar por teléfono a Putin con el ingenuo propósito de calmar sus ambiciones imperiales.

Merkel no lo habría hecho. Así como asumió la crisis financiera mundial del 2008, así como asumió la crisis de refugiados del 2015, así como asumió la crisis pandémica del 2020, con la misma intensidad habría asumido la crisis provocada por esa guerra todavía no mundial que comenzó el 2022.

Nadie sabe cómo terminará esta atroz guerra que estamos presenciando, ni mucho menos cuáles serán sus consecuencias. Y es comprensible que así sea. El futuro es y será siempre un vacío.

 

@FernandoMiresOI

 

 

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