Actualidad

Sin reconocimiento

14 de noviembre, 2021

Por: Simón García

En nuestra oposición, hasta sus buenas noticias proyectan su vocación por el monolitismo y su displicencia para encarar con seriedad la lucha contra un sistema eficiente de control y dominio autoritario de la sociedad.

El retiro de Carlos Ocariz fue un gesto noble y positivo. Un paso, difícil y sincero, que admite que David Uzcátegui, está en mejor posibilidad de ganarle a Héctor Rodríguez. Pero es una decisión incompleta, en tanto sólo reconoce como Unidad al entendimiento en el ámbito del G4. Según esta visión, la oposición no es el conjunto diverso de partidos, con políticas diferentes, sino sólo aquellas organizaciones que siguen, en cada encrucijada, el rumbo que dictan los cuatro partidos que se tienen como principales.

El concepto excluyente con el que se clasifica a la oposición, la falta de empuje para reabsorber a quienes no soportaron la reiteración de mantras con falsas expectativas, la prohibición y castigo a las disidencias, la escasa valoración del descontento en las bases chavistas, la formulación de un pensamiento único opositor, hace que la oposición que se autoproclama legítima no sea ni aglutinadora, ni democrática ni alternativa.

Las perspectivas para el próximo año no son alentadoras. El mito unitario, siempre indispensable para justificar las divisiones, promete abordar, después del 21 de noviembre, la unidad que descartaron antes a pesar de ser el camino para asegurar victorias frente a los candidatos de Maduro. Es más plausible suponer que después de una nueva derrota el tema de las élites del fracaso sea cómo distribuir la culpa en otros y ahondar en lo peor que ya se han dicho para usar a una oposición para descalificar a las otras.

En la mayoría de los venezolanos, que desean derrotar a los candidatos que representan la destrucción del país, va a privar la decisión de votar por uno de los dos candidatos opositores al régimen.

Cada uno votará por el suyo porque es el de su parcela, sin importarle si su voto termine por reforzar al régimen. Es contra esta suicida mecánica electoral que Ocariz irrumpió con dolor y coraje.

Pero hay Estados en los que hay perspectiva de triunfo, por lo que el voto por un candidato opositor sólo va a servir para apoyar a una parte de la oposición en su lucha contra la otra. Es un voto que refuerza a la oposición tradicional y reduce su papel a pelear por el segundo lugar, evitando por cualquier medio que el otro opositor ocupe esa casilla.

En esas circunstancias aparece una nueva disyuntiva: premiar a quienes sustituyen la abstención por la división o apoyar candidatos que marcan distancia con los partidos tradicionales, aun si son postulados por ellos. Esos candidatos que, apenas están emergiendo, hoy son descartados por un razonamiento vicioso que bloquea alguna renovación de las élites.

Las terceras opciones, acotadas también por la misma debilidad que afecta a colectivos opositores más grandes, requieren un respaldo, en vez de ponerlas fuera de juego con el pretexto conservador de que aún no les ha llegado su momento. Pero no se trata sólo de votos sino también de cambiar políticas, partidos y dirigentes para aspirar a ganar bien.

Abrir esa opción exige una nueva conducta electoral y la disposición a que en toda la oposición sea mayoría la voluntad de hacer política. Todo comienza con el reconocimiento de los otros, que parece estar mas lejos que mas nunca.

@garciasim

 

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