¿Qué hacer?

18 de enero, 2020

El profesor Carlos Cardona inició su “Metafísica de la opción intelectual” con una frase latina que reposa en la lápida de un viejo cementerio y que, para entenderla casi en su totalidad, sólo hace falta saber que “nihil” significa nada:

De nihilo nihilum in nihilum nihil posse reverti. De la nada nada, y en nada puede convertirse.

El filósofo emprende su propuesta de recuperación o memoria del ser, a partir de la pregunta acerca de dónde comenzó una vida que terminó en tal sinsentido. El mismo esfuerzo podríamos hacer para recuperar el ser de la política: ¿Qué nos condujo a esta nada inercial y perversa? Los interrogantes se acumulan: los venezolanos luchan por sobrevivir del desastre económico, pero no encuentran respuestas satisfactorias al sentido de nuestra venezolanidad y al futuro que nos espera: ¿estamos perdidos? ¿nos recuperaremos? Atrás, sepultados con él quedaron los proyectos nacionalistas, discursos, políticas y bonanzas de Hugo Chávez. Su revolución terminó en la nada histórica, política, económica y social. ¿O es que a estas alturas alguien puede decir que nos quedó algo? Por su parte, la alternativa opositora intenta revivir el guión moralista de los buenos y los malos, del todo-nada, del tu o yo; de los libertadores, de los salvadores de la patria. Sobre la misma base del populismo y la demagogia, de la obsesión por las mentiras y el control comunicacional, pretenden construir algo distinto a la nada.

Olvido del ser
Los aportes de Cardona se sitúan en la raíz del problema filosófico contemporáneo: el olvido del ser y la progresiva pérdida de sentido de toda existencia individual o social. La realidad se presenta como el producto hecho a la medida del hombre que decide arbitrariamente qué es y que no es, cómo es, por dónde vamos, cómo vamos. La imposición del deseo, de la fantasía, de la ficción sobre una realidad que brilla como los rayos del sol aunque sea terrible.

Es la memoria del ser lo que da sentido a la existencia. Un ser que nos viene dado, porque de la nada, nada puede obtenerse. Ese acto de aceptación de la realidad empapa todo nuestro ser y actuar; por eso el autor no duda en calificarla como la opción fundamental más importante del intelecto humano, de la propia conciencia. Es la opción entre el camino del inmanentismo o del realismo, de la ruptura o aceptación de la existencia extramental, de la relación fundamental entre conocimiento y ente.

Esta discusión nos lleva a distinguir entre verdad y certeza: “La verdad transmutada en certeza es, para Cardona, la falsedad metafísica y vital del hombre —la antifilosofía—, pues ya no se ama el saber, sino que sólo se quiere poder, seguridad”. La antipolítica es exactamente eso mismo: la verdad transmutada en certeza, en ambición de poder; la imposición de unos sobre otros, de mi certeza-deseo-obsesión sobre el tuyo.

El olvido del ser lo situamos en el desprecio de la política como ciencia y arte de orientar a los pueblos por caminos de paz, concordia, armonía y bien común. En el fondo, tal actitud entraña una falta de ética: la supremacía del individuo sobre la realidad, del elemento subjetivo sobre lo real, de la fantasía, la ideología o la ambición sobre el oficio propio de la política cuyos actos característicos son convocar, dirigir, guiar, gobernar para todos.

Memoria del ser
La opción por el ser-en-sí de la política es la alternativa realista que compensaría el desastre y tanto extravío nacional. Políticos realistas que siguen los principios y prácticas universales del oficio, tan natural como humano, de dirigir los destinos de los hombres y mujeres que necesitan convivir para alcanzar sus propios fines. Es recuperar la guía de la razón y la rectitud de la voluntad ordenada a la donación y no al egoísmo individual. En cambio, si se impone la opción a favor del ser-para-mí, del inmanentismo, entonces no nos queda más camino que la violencia y la insatisfacción de quienes, intentando ser cada día más protagonistas de la historia, son más títeres ventrílocuos del poder foráneo, aunque su discurso se jacte de ser anti-imperialista.

En el inicio del acto de memoria del ser político está el deber de servir a una comunidad de personas, de ciudadanos. Mientras ese acto de conciencia no se haga presente en el liderazgo político, no habrá apertura ni diálogo, ni entendimiento ni conexión con nada. Se podrán tener mil cargos políticos en el perfil y estar rodeado de aduladores, moralistas, influencers y artistas, pero en realidad no se es nada. De la nada inmanentista y cerrada de quienes se niegan a acoger el acto de servir a una colectividad –que los puso allí con la única asignación de guiarlos por caminos del bien común y no de la guerra civil– nihil posse reverti, nuestro destino seguirá siendo la nada.

mmmalave@gmail.com

A %d blogueros les gusta esto: