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Política distópica

29 de agosto, 2021

Por: Simón García

 

La palabra distopía retumbó por primera vez un día de 1868 en la Cámara de los Comunes desde la voz de John Stuart Mill. Seguramente, la noche anterior pensó en un antónimo para la obra de su paisano Tomás Moro. El prefijo «dis» tiene dos acepciones, contrario o malo.

Moro mismo, consciente de lo fantasioso de su dibujo de sociedad perfecta, acentuó la condición imaginaria de su relato, cuando al navegante portugués que le echa el cuento sobre Utopía, le pone el apellido de Hitlodeo, algo así como «hablador de paja». El mártir inglés debería ser el patrono de los humoristas —porque bromeó hasta en el cadalso—, aunque en una asociación reveladora, lo es de los gobernantes y los políticos.

Utopía inició un género literario que acumuló más de 400 relatos, en inglés, desde 1516 a 1975. Pero en la literatura distópica, con bibliografía menos frondosa, manda el cuarteto que nace en 1921 con la obra Nosotros del ruso Zamiatin; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; 1984 de Orwell y Farenheit 451 de Ray Bradbury.

La política distópica es toda acción pública que comprima la democracia, destruya el bienestar, niegue la justicia, imponga el miedo, someta a la población a sofisticados medios de control y reprima las minorías y disidencias.

La política distópica es una reacción negativa y destructiva. En ella gobierno y oposición se comportan como dos aspectos diferentes, pero no contrarios, de una degradación de la política a simple lucha por el poder. Es el no lugar de futuro.

La política distópica en la oposición ocasiona un doble reflejo que reproduce el autoritarismo en ella: el engaño de un poder dual que solo existe como testimonio simbólico y la falsa esperanza de apostar por una adaptación acrítica a las reglas de juego del régimen, siempre al borde de incurrir en conformidad y entrega.

Ambas oposiciones dialogan y negocian con el gobierno, pero cuando el país les pide unirse para vencerlo electoralmente, presentan candidaturas separadas. Esa subpolarización opositora desintegra la mayoría que es necesaria para ganarle al régimen.

La política distópica en la oposición está convirtiendo una elección de los ciudadanos en cerrada lucha de vanguardias para demostrar que solo una oposición es legítima. No quiere admitirse que no hay política perfecta o libre de errores. Se prefiere usar la diferencia como pretexto de aniquilación mutua, en vez de sumar sus aportes.

La prórroga de las postulaciones puede ser el momento para lograr consenso, al menos en una decena de Estados. Y en los otros Estados que midan fuerza si ese es un objetivo que beneficia al país.

Dividir, más que un error, es un suicidio. Es posible una conducta electoral unida y políticas separadas en el tratamiento del régimen. Si ello no ocurre estaremos forjando el mapa de los resultados irreversibles.

Si los dos subpolos opositores no cesan su guerra, hay que llamar a que cada elector mire hacia fuerzas pequeñas fuera de los dos politos, como el chavismo disidente, el MAS, Unión y Progreso, la Alianza del Lápiz, Puente o las tarjetas debutantes de Centrados y Fuerza Cívica.

Si se impone la división, los ciudadanos que desean ejercer el voto pueden usarlo para castigar a Maduro y para disuadir a los dos polos de la división opositora con miras al 2024. Volver al voto para respaldar a los mejores, a los que saben que servir a la gente es construir consensos. Votar por ellos, estén donde estén.

 

@garciasim

 

 

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