Polarización mortal

12 de julio, 2021

Por: Rodolfo Godoy Peña

POLARIZACIÓN MORTAL

Vuelven a aumentar los casos de COVID – 19 en muchos países. En algunos de ellos, tras potentes campañas de vacunación como en el caso de los Estados Unidos, hubo una importante disminución de las infecciones, pero ha habido un rebote no despreciable de los contagios.

En países más pobres o en vías de desarrollo, donde no ha sido posible realizar campañas masivas de vacunación, se ha visto apenas una leve disminución de las tasas de contagio cuando no un aumento. El ministro de salud de Colombia, por ejemplo, advierte sobre una cuarta ola y dice: Siempre existirá en la medida que haya personas que no han sido contagiadas, pero evidentemente, si avanzamos en la vacunación, vamos a tener menor impacto en los fallecimientos en un eventual cuarto pico. La pandemia golpea, pero las autoridades esperan menos muertos como consecuencia.

En otras latitudes que se usaban como ejemplo en contención del virus, como el caso de Uruguay, al cabo del tiempo pareciera ser ilusoria la mejoría en tanto en cuanto la pandemia estaba mal contenida pero no controlada, y ahora es la realidad que tienen una tasa de contagios más alta que otros países que desde mucho antes habían empezado con las cadenas de contagios. No olvidemos que Uruguay se había negado a utilizar medidas restrictivas de movilización y había dejado que la población hiciera uso de la “libertad responsable” – así la denominó el presidente Lacalle – por medio de la cual voluntariamente los uruguayos se quedarían confinados; sin embargo, para el mes de junio, el Uruguay había superado a Brasil en la tasa de contagios.

En la mayoría de los países la pandemia y la vacunación se han convertido en un tema político e ideológico, empezando por la disyuntiva de la contención donde hubo la decisión de algunos gobiernos en tomar medidas inmediatamente se supo del brote del virus, de cerrar sus fronteras y de confinar a la población. En otros países, por el contrario, sus gobiernos se negaron a tomar medidas en privilegio de la economía, de modo que la tesitura estaba en cerrar el país y que la gente se le hiciese sumamente arduo poder subsistir; o en mantenerlo abierto con la economía funcionando y ver como se propagaba el virus haciendo estragos.

El presidente Bolsonaro, ganado a la tesis económica, calificó de “gripecita” el COVID – 19 y de “histeria” la reacción de sectores de su país cuando le exigían al Ejecutivo medidas de contención contra la pandemia. Hoy Brasil es el líder de muertes en la región con 253 por cada 100.000 habitantes.  En el caso de Estados Unidos, el expresidente Trump afirmó que la pandemia se iría en verano, sumado a su negativa de ejecutar políticas de profilaxis como el uso de máscaras lo que parece haber tenido como resultado que Estados Unidos tenga la más alta cifra de muertos entre los países desarrollados superando los 600 mil fallecidos desde el inicio de la pandemia.

En la acera contraria se situaron aquellos gobiernos que, conscientes de la gravedad de la situación, entendieron que hasta que las vacunas no se desarrollaran y se distribuyeran masivamente debían tomar decisiones ortodoxas y primaron la salud de sus pueblos imponiendo en muchos casos cuarentenas obligatoria con castigos penales si eran violadas por los ciudadanos.

Esta dualidad de visión frente a la enfermedad y el modo de combatirla generó un debate mundial de base ideológica. Por una parte el postulado de la libertad individual – como medio de prevención – pasó a ser la bandera que esgrimió la ultraderecha como sinónimo de que se “respetaba” la decisión de cada ciudadano quien a su leal saber y entender decidiría cómo comportarse ante este fenómeno. Caso contrario, y frente a las restricciones impuestas por gobiernos de un signo distinto, se esgrimió que no era más que la fórmula macabra de la ultraizquierda para ejercer o aumentar el “control” social de la población y, en algunos casos, como un mecanismo para eternizarse en el poder. Es de hacer notar que los únicos países que suspendieron elecciones por la pandemia fueron Chile y Bolivia, los dos siendo gobernados por la derecha.

Las restricciones obligatorias que impuso Angela Merkel en Alemania, por ejemplo, fueron sinónimo de una lideresa consciente y preocupada por su pueblo, pero cuando medidas similares fueron aplicadas por Vladimir Putin se alegó con la misma vehemencia que lo que perseguía el presidente ruso era acabar con la disidencia política.

Esta visión parcial y el análisis prejuiciado de la enfermedad también han hecho mella en el proceso de vacunación, como no podía ser de otra manera. A nivel mundial se conocen varios laboratorios de producción de vacunas, como Pfizer, AstraZeneca o J & J desarrolladas en el mundo occidental, identificadas como válidas o buenas, pero del otro lado se generó una campaña feroz por parte de muchos medios de comunicación occidentales, seguida en las redes sociales y marcada por la visión ideológica, contra las vacunas “orientales”, es decir, los antídotos producidos por laboratorios de China o de Rusia. Pero, ¿cuál información científica  manejaban esos medios y las redes sociales como sustento para descalificar esas vacunas? Ninguna. De hecho, un estudio publicado en The Lancet, -sin ninguna duda una de las revistas científicas más prestigiosa del mundo- demuestra que la vacuna Sputnik, originaria de Rusia, tiene una efectividad de 95,3 %.

En Estados Unidos se revelan datos demoledores de cómo ha llegado la polarización a calar inclusive a riesgo de la vida porque según la CDC el 99 % de las muertes de enfermos de Covid-19 en los últimos meses han sido de personas no vacunadas lo cual indica que la vacuna salva vidas. Ahora siendo así, la pregunta es inevitable: ¿por qué hay un estancamiento en la campaña de vacunación en Estados Unidos?  La respuesta podría estar en los datos contenidos en un estudio de la firma Axios / Ipsos del mes de junio donde se exponen cifras como estas: el porcentaje de demócratas en edades comprendidas entre los 18 y 49 años que han recibido vacunas es del 78 %, mientras que el mismo grupo de partidarios republicanos desciende a 36 %. En el caso de personas mayores de 50 años, los demócratas alcanzan la cifra de 89 %, mientras que en el bando republicano llega solo al 60%; y esta polarización política tan marcada que vive la sociedad norteamericana hace mella en todos los ámbitos, no solo en el terreno partidista sino en el terreno existencial donde adquiere ribetes dramáticos porque se pasa del riesgo político de perder una elección, al riesgo existencial de perder la vida.

 

@rodolfogodoyp

 

 

El Reporte Global, no se hace responsable de las opiniones emitidas en el presente artículo, las mismas son responsabilidad directa, única y exclusiva de su autor.

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