Pensar la política

7 de febrero, 2021

No se puede seguir pidiendo a los ciudadanos que mantengan una determinada conducta sin que los dirigentes rindan cuentas por los resultados.

Es ineficaz que frente a evidencias del agotamiento de una estrategia sin logros, la élite opositora predominante estruje expectativas ficticias y llame a perseverar en errores con el cuento de una victoria al doblar la esquina. Los espejismos ya no justifican dilapidar las energías de cambio, tras un Dorado que se sabe inexistente a corto plazo.

Es un enigma a resolver por qué experimentados dirigentes pusieron tanto empeño en asociar la carrera hacia el precipicio con la conservación de sus funciones. Ahora, con el cadáver del 2015 a cuestas, deben tomar la oportunidad de volver a una política de organización, movilización y lucha electoral para no mantenerse en pié sólo por la ayuda de la comunidad internacional y el creciente malestar social con la agresiva destrucción gubernamental de las condiciones de vida.

La oposición vivió una infiltración de la cultura autoritaria que condujo a comportamientos internos tiránicos y a la satanización de cualquier pensamiento distinto a las líneas oficiales de la cúpula parlamentaria.

En general, todos los políticos se independizaron del control social y se aislaron de la gente común. Pero la élite principal se atrincheró en el mantra y se negó a repensar su política frente a las evidencias empíricas de unas derrotas que nos dividen y marginalizan. Ahora e derrocamiento violento de Maduro es insostenible.

La corrección de esa política no admite maquillajes. El cese a la usurpación como requisito para ser demócratas, no puede reintroducirse exigiendo elecciones presidenciales y parlamentarias para dejar de participar en las elecciones de gobernadores y Alcaldes.

El giro coherente no puede ser un guiño táctico. Retroceder a la guerra sobre sobre votar o no, es un truco para eludir el deber de encarar una estrategia transicional eficaz y asumir la contienda por la democracia como una lucha por debilitar al régimen, acumular y unir progresivamente fuerzas de cambio y desarrollar coincidencias con sectores chavistas que no desean sucumbir a las presiones de pasar a más autoritarismo y más destrucción de país.

Esa es la opción que están desbrozando los nuevos actores no partidistas que están surgiendo ante errores y debilidades de los partidos. Es otra variable de lucha que debe formar parte, respetando sus límites y autonomía, de una coalición nacional a favor de la conquista de derechos constitucionales, inicialmente centrados en mayores garantías de procesos electorales libres.

Ampararse en la elección inmediata o el referendo revocatorio del presidente, aislado de un cambio de estrategia y de un nuevo modo de pensar la política va en dirección contraria a la reconstrucción del país que hemos perdido. Más aún si encubre un desprecio a las potencialidades de renovación contenidas en las sociedades regionales y en la dinámica que se puede abrir con candidaturas que no sean producto de un simple reparto entre partidos o montando alcabalas que nieguen la posibilidad de rectificación a todos los que puedan contribuir a reparar las malas conductas reparables.

En las elecciones regionales partidos y organizaciones sociales, independientes y militantes pueden adelantar políticas comunes: los partidos desde su lucha por el poder y las organizaciones sociales desde la política por la civilidad democrática y el apoyo a quienes necesitan ayuda para sobrevivir hoy y vivir mejor mañana.

Solo una acción conjunta de viejos y nuevos actores, volcada a los sectores populares, puede revertir la desconfianza de la clase media en los políticos, el descrédito de las elecciones y el voto, la polarización destructiva y el divorcio entre política y un plan concreto de recuperación de un país que está perdiendo su futuro en una batalla a ciegas con la autocracia.

@garciasim

 

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