“¿Para qué vale la pena vivir?”

9 de marzo, 2021

Hace unos días el gobierno español procedió a la destrucción de 1400 armas de fuego que fueron utilizadas para sus fechorías por los grupos terroristas Euskadi Ta Askatasuna (ETA) y Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO). El evento encabezado por el presidente Pedro Sánchez  fue un acto simbólico para conmemorar la finalización del periodo del terror político que sumergió a España en un baño de sangre por seis décadas entre 1958 y 2018.

En ese largo trajinar hubo por parte del Estado español, especialmente con ETA, muchos periodos donde se llevaron a cabo negociaciones, acuerdos, pactos, treguas, creación de partidos políticos, cese unilateral de hostilidades, etc., que al final condujeron, después de mucho dolor y muerte, al anuncio que hizo esa banda armada en abril del 2018 sobre su definitiva disolución. Habían triunfado los medios pacíficos de la democracia.

Venezuela recibió y cobijó a muchos “etarras” -como se les denominaba a los integrantes de la organización- en condición de refugiados políticos, en tanto en cuanto se comprometieran a no conspirar contra la estabilidad del Estado español y a no retomar el camino de las armas para la consecución de objetivos políticos. Muchos de ellos hicieron sus vidas en Venezuela incursionando en la hostelería y en la restauración, y asimilándose a la ya grande comunidad española que hizo de la Tierra de Gracia su país adoptivo.  El gobierno venezolano, en declaraciones del entonces embajador en España Raul Salazar, explicaba que para el año 2001 estaban refugiados en Venezuela alrededor de 45 etarras.

Los más de 40 vascos vinculados con ETA que se instalaron en Venezuela fueron llegando a lo largo de diferentes gobiernos, comenzando por el de Herrera Campins en 1980. Muchos de ellos, los más peligrosos y que procedían de Argelia, llegaron al país tras un acuerdo entre Felipe González y el presidente Carlos Andrés Pérez en el marco de acuerdos trilaterales entre España – Francia y terceros países. Como recordaba  Hugo Prieto – en ese entonces periodista de El Nacional –  en declaraciones al medio español El Mundo, esto no era extraño pues: “Aquí tuvimos guerrilleros salvadoreños, uruguayos… Hemos dado asilo a refugiados de muchos países, tanto como nación neutral como en calidad de mediadora en un conflicto bélico” y en su opinión, el periodo en que mejor se trató a los etarras, fue bajo el segundo gobierno del presidente Rafael Caldera.

Cuando la migración se enraíza en un país tiene efectos beneficiosos pues aporta cultura, idioma y sangre que revitaliza a la sociedad sobre la que actúa, y los provenientes de Euskera no han sido la excepción en Venezuela. Nobleza obliga recordar y agradecer a Pablo Mandazén Soto, mejor conocido como el hermano Ginés, quién llegó a nuestro país en 1939 escapando de la guerra civil y sus secuelas como tanto otros compatriotas suyos. El hermano Ginés fue el primer egresado del doctorado de Ciencias Naturales de la Universidad Central de Venezuela, llegando a ser uno de los científicos más importantes de nuestro país y quién exhibe entre sus muchos logros la creación de la Fundación La Salle.

O estos otros euskaldún que llegaron a nuestro país en esa hornada de abertzales y que han hecho vida en Venezuela como Juan Manuel Bereciartua dando un aporte muy valioso al turismo y la gastronomía desde el restaurante casa Pakea ubicado en San José de Galipán donde se combina la cultura gastronómica de su región natal con las vistas privilegiadas del Ávila; o el caso de Mirentxu Eguiguren quien desde hace más de 40 años lleva adelante el proyecto de crear escuelas en Petare.

La guipuzcoana Mirentxu es una nacionalista vasca que vive en el sector Bolívar de esa populosa barriada y que ha fundado 4 centros que cuentan con guardería, comedor y sala de computadoras en los cuales se ha impartido educación y alimentación a más de 20000 niños y jóvenes en una de las zonas más deprimida de la capital de Venezuela. Esta valerosa mujer es uno de tantos ejemplos de cómo los inmigrantes se integran y mejoran a la sociedad que los recibe; y de la forma como se comprometen con su nueva patria dejando atrás su tierra y su pasado, aunque sin dejar de ondear su Ikurriña, buscando redimirse en “el otro”. Esta ejemplar labor no sería realidad sin la colaboración de otro vasco – el chef Karlos Arguiñano –  quién de la mano de su prima Mirentxu ha financiado personalmente cerca del 80 % de la construcción y el funcionamiento de este maravilloso proyecto social en Caracas.

Y tanto a los venezolanos que se quedan como a los emigrantes nos interpela Mirentxu: “…estoy contenta porque me siento útil. Soy de las personas que piensan que he venido al mundo para hacer algo bueno, para ayudar a los demás, porque, si no, ¿para qué vale la pena vivir?

 

@rodolfogodoyp

 

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