Los tapabocas del miedo

25 de marzo, 2020

Y las calles quedaron vacías. Millones de personas encerraron su miedo en casas sin agua, sin luz y sin alimentos ante el llamado del que por una vez en la vida, hizo lo que tenía que hacer. El llamado a la cuarentena de Maduro, fue un acto de responsabilidad inusitado si lo comparamos con el comportamiento folklórico de algunos gobernantes de países cercanos que juegan a la ruleta rusa con la vida de sus gobernados en actos más propios de un circo que de esta película de terror en tiempo real en la que todos participamos.

Y es cierto que después del tono severo e inusitadamente sobrio que el mandatario usó en la cadena nacional en la que nos mandaba a encerrarnos ha dicho cosas que no tienen nada que envidiarle a esos que en sus países aún le restan importancia a la amenaza invisible o que incluso los supera, pero la decisión impostergable está allí y es la única que puede salvarnos.

Hay mil argumentos en contra del encierro. Mil razones para pensar que es insostenible y que la muerte terminará por golpear a esas puertas cerradas sino en forma de virus, sí en forma de hambre o de cualquier otra enfermedad.

Pero ninguno de esos argumentos es tan fuerte como el de que sin romper ese contacto de unos con otros, en un país que ya estaba destruido y que no tiene ninguna posibilidad de atender en su sistema sanitario la menor de sus emergencias, la muerte es mucho más que una posibilidad. Es una certeza.

Que esta encerrona pueda mantenerse en el tiempo dependerá de que quienes están al mando de esta nación indefensa y de que quienes los adversan, puedan entender el momento al que nos enfrentamos. De que sean capaces de pasar por encima del juego de tronos que han venido jugando para mirar con compasión a ese país que no se parece en nada a esa foto con ciudadanos con mascarillas todas iguales y perfectamente ajustadas que viene de distintas latitudes.

Este es el país de los tapabocas multicolores. El país que fabricó como pudo con los retazos que encontró en su reclusión esas artesanías que usa para salir a comprar algo y regresar rápido a su casa a seguir conviviendo con el miedo.

Ese es el país real, conmovedor en sus deseos de sobrevivir a toda costa, dispuesto a cumplir con el encierro en espera de que la peste no lo roce.

Por ese país noble de tapabocas de colores, pónganse de acuerdo.

 

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