Libertad

16 de agosto, 2020

George Orwell, autor de la versión literaria mejor y más aterradora del concepto de totalitarismo, vuelve a mi memoria al leer el daño profundo causado por los sistemas totalitarios con el fin de, mediante humillaciones, miedo y castigos, consolidar la dominación de los seres humanos con su propia aceptación. Es lo que Raúl Fornet-Betancourt, citado por Rafael Uzcátegui, denomina Daño Antropológico.

Pero en 1948 Orwell escribió su célebre novela 1984, donde, tomando como referencia el estalinismo y nazifascismo, expone el totalitarismo en cruda forma palpitante que dominaría el planeta hacia 2050 y donde el interés del Estado impondría una neolengua, basada en la servil adhesión a la dictadura absoluta. Un “ministerio de la verdad” revisaría los conceptos de moral, ética y justicia en toda la literatura mundial, incluidos Shakespeare, Cervantes, Göethe, etc., para reescribirlas, previa depuración autorizada por los jerarcas del Estado.

George Orwell-1984

Orwell enaltece la capacidad crítica asociada a la idea de la libertad, porque a este daño antropológico hay que oponerle la dignidad humana. Por eso define la libertad como el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír.

He vivido dos confrontaciones ideológicas cuya paradoja me resulta inolvidable. Con la llamada extrema izquierda, en 1970, y con la llamada extrema derecha, en 2020, he sido arrastrado a polémicas que no buscaba ni agradezco, pero entiendo, porque su alto contenido pasional levanta un lenguaje agresivo, gárrulo, infamante, que nunca aplicaré ni responderé, salvo si vuelve al debate civilizado de argumentos y razones. Lo impresionante es que, tanto en los años sesenta como en 2020, el tema, el tono y la garrulería se repiten hasta en sus detalles.

Hablo ahora de llamadas extremas izquierda y derecha a sabiendas de que hoy esas expresiones nada significan. En los años sesenta estallaban grandes manifestaciones de la izquierda que hoy, a casi ninguno de aquellos esforzados manifestantes, le movería ni una ceja una convocatoria a un acto en nombre de esos polvorientos conceptos. Los reproduzco ahora porque, desde los dos extremos, se me responde en forma tan parecida como reveladora de que un extremista es un extremista, cualquiera que sea la causa que invoque.

Estando en Chile, con motivo de la toma de posesión de Salvador Allende, me encontré con Manuel Cabieses, antiguo periodista estrella del diario El Nacional, que regresaba a asumir compromisos políticos en su país; ingresó al MIR chileno.

  • Manuel, ¿por qué el MIR se abstuvo en las elecciones?
  • No fue así Américo. Finalmente decidimos votar por Allende. El realismo nos condujo a participar en aquella elección crucial, dejando a un lado buena parte de nuestro programa izquierdista.

Tomé nota de aquellas palabras, pensando en el gran debate que me preparaban mis adversarios en Venezuela, en defensa de la abstención y decididos a callarme o a derrotarme a cielo abierto.

Montaron el debate en el Aula Magna de la UCV. Todas las “barras” organizadas por ellos y la convocatoria, incluyendo el rechazo a lo que yo diría. Había tres expositores, Domingo Alberto Rangel, Jorge Rodríguez (padre) y Américo Martín. Anuncié que no convocaría a nadie, me presenté solo. Domingo Alberto, uno de los más brillantes oradores de su tiempo, culto e inteligente y Jorge Rodríguez, bien dotado para la política, hábil y organizado. Era un ventajismo brutal, pero allí estaba su debilidad.

Habla Domingo Alberto, aplausos atronadores. Hablo yo, muchos intentos de silenciarme. Pero, por el alma justiciera que duerme en todos los venezolanos, se dividieron las “barras”, con muchos exigiendo que me dejaran hablar. Aproveché para hacerlo tan largo como Domingo Alberto, quien había sobrepasado con creces el tiempo reglamentario.

Se produjeron inusitados aplausos que emparejaron las acciones. Jorge casi no pudo hablar, porque Domingo Alberto le arrebató el micrófono, preocupado por la reacción favorable del público hacia mí. Y de ahí en más, nos pasábamos el micrófono, él y yo, hasta que, abriéndose paso, Jorge lo tomó para decir en tono irónico y fingida condescendencia:

  • Solo quiero preguntarle a Américo ¿por qué el MIR no decidió abstenerse, como sí lo hizo su partido hermano en Chile?

Pensando en Cabieses, respondí en forma –confieso– algo teatral:

  • El MIR chileno había decidido abstenerse pero, dándose cuenta del error que estaban a punto de cometer, cambiaron a última hora y votaron por Allende. No sé qué lamentar más, si pese a tu reconocido liderazgo político, ignores esa contundente rectificación o el hecho de aferrarte a una política que lleva el signo de la derrota pintada en la frente.

Se acabó el debate.

Domingo Alberto se retiró en silencio, Jorge se mantuvo con su gente y yo me fui en medio de emocionantes e inesperados reconocimientos.

El nuevo debate ya no es en el Aula Magna, sino en las redes sociales, pero muchos de los argumentos son curiosamente iguales. Repetiré una de las cosas que dije en aquella ocasión, las elecciones, aunque puedan ser fraudulentas, sirven para tres cosas importantes: uno, producir éxitos inesperados, dos, construir una organización de activistas conscientes y preparados a partir de las 30.896 mesas electorales, a razón de 2 ó 3 por mesa, y tres, edificar la unidad en todas las parroquias, municipios y estados de Venezuela.

Partir de que el fraude es imbatible, sin confiar en esa estructura humana y en la poderosa solidaridad internacional, frente a un gobierno debilitado y cargado de problemas que no puede resolver es discutible.

Lo que no se discute es que la abstención prematura acarrea el problema que se quiere evitar. Algo así como darse un tiro en la sien para evitar que un gandul borracho te mate en un accidente.

Con el agravante que ni siquiera puedes alegar fraude, porque eso ocurre cuando emites un voto y te lo roban, pero nunca cuando decides no votar por temor a la trampa. O el miedo al miedo, como dijera Giácomo Leopardi.

@AmericoMartin

Tal Cual

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