Leer

3 de febrero, 2020

Parece insulso afirmar que leer es condición del saber. No obstante, leer no es sólo descifrar letras y encadenar significados con significantes. 
Casi me atrevería a decir que hay dos tipos de iletrados: los gramaticales, que son los analfabetos propiamente tales, y los espirituales, que son quienes conocen todas las letras, pero no logran captar el significado que ellas encierran dentro de un determinado contexto. Porque leer significa también leerle el pensamiento a otro a través de sus palabras, orales o escritas. Cuando por ejemplo se dice, tal persona me ha leído el pensamiento, o viceversa, significa que se ha establecido una comunicación intensiva del otro conmigo. Leer el pensamiento de otro a través de la lectura de un texto significa, ni más ni menos, entrar en comunicación con el pensamiento del otro a través del propio. Leer, en breves palabras, es pensar con otro a través del “sí mismo” y, a la vez, pensar consigo a través del otro.
 
Pensar, siguiendo a Kant, es una función de la razón mediante la cual yo entro en comunicación directa con mi propio ser. Pensar es ausentarse del mundo de la acción para recluirse en el “sí mismo”, visitando al propio espíritu, e iniciar un diálogo de yo con mí. De ahí que pensar no es una propiedad de la  inteligencia, pues para ser inteligente basta entender.
 
Hay seres notablemente inteligentes que no poseen capacidad de pensar, es decir, de dialogar consigo mismos, o rendirse cuentas a través del pensamiento, que es lo que me lleva a decidir si esto es justo o injusto, bueno o malo, feo o bello. El pensamiento, a diferencia del entendimiento, no se pregunta tanto por el cómo de las cosas, sino más bien por el porqué. Otra razón para creer que efectivamente, y de acuerdo con Kant, el pensar es peligroso.

Porque interrogarnos acerca del porqué llevaría a descubrir la exacta dimensión del sin sentido que acompaña a prácticas que hemos realizado día a día, sin dudar un minuto acerca de ellas.
 
Alejandro Dumas, por ejemplo, cuenta en su más legendaria novela, que Porthos, el más robusto de los tres mosqueteros (que eran cuatro), y que entre sus características poseía la de no haber pensado jamás, en medio de una de las tantas luchas que los cuatro libraban, sosteniendo un enorme pilar a punto de caer, en una fracción de segundo se preguntó acerca del sentido de lo que estaba haciendo. El pilar se derrumbó inmediatamente sobre su cabeza y Porthos, que no había pensado nunca, al haber pensado por primera vez en su vida, murió. Pensar es peligroso; lo atestiguan personas que al igual que Porthos un día se sientan y piensan acerca del sentido de la vida que hasta entonces han llevado. A veces basta esa pregunta para que ocurran accidentes de tráfico, se disuelvan matrimonios, cambien las profesiones, se anulen testamentos, e incluso, que la mano artera que empuña el revólver ponga fin a una vida que, a juicio del suicida, ya no merece ser vivida.
 
Pensar leyendo, sin embargo, es menos peligroso que pensar sin leer. Don Quijote, mientras leía libros de caballería en su nutrida biblioteca, no era peligroso para nadie. Bastaba que dejara los libros para que su vida y la de otros, particularmente la del pobre Sancho, entraran en peligro. Mala ocurrencia tuvieron el cura y el barbero de aquel lugar de la Mancha del cual Cervantes no quería acordarse, al quemar los libros de Don Quijote. Sin libros, el desdichado señor quedaba librado a su puro arbitrio, desesperación que sólo podía paliar enmendando entuertos, o dicho al revés, como todo lo que hacía Don Quijote: “entuertando enmendos”.  Si los libros de mi biblioteca fueran alguna vez quemados, yo caería en similar desolación. Porque sin libros mis pensamientos no podrían entrar en comunicación con esos escritores que escribieron para miles y miles de lectores, pero que cuando los estoy leyendo sé, en ese momento, que escribieron para mí, porque yo y no otro, yo, yo soy quien los está leyendo.
 
Pensar, efectivamente, es un acto que se realiza en soledad, pero donde uno no está solo. Leer no es únicamente no estar solo. Además es estar acompañado, pero por un ausente que hace acto de presencia a través de la palabra escrita.
 
Pensar es un diálogo de dos en uno. En la célebre fórmula de Hannah Arendt, pensar es el momento en que el dos en uno alcanza plena realización pues, como ya se dijo, cuando pienso no estoy solo: estoy conmigo.

Leer, significa pensar con otro, es decir, formar un triálogo que rompe el círculo vicioso que se forma, en algunos momentos, en un diálogo. Un autor es siempre un tercero en acción. Se puede leer y entender. Se puede leer y además pensar. Los mejores libros no son aquellos que mejor entiendo, sino los que hacen pensar. Son aquellos que es imposible leer sin pausa. Son los que obligan de nuevo a leer una frase, a poner el libro sobre las rodillas, mirar con los ojos hacia adentro, establecer una asociación con algo o con alguien, y después de subrayar el párrafo -maldita costumbre que nunca me he podido quitar- volver a encontrarse con el autor, a través de sí mismo, y con uno mismo a través del autor. Leer significa estar en acuerdo o en desacuerdo con alguien que ha escrito algo, y en el desacuerdo manifestar el desacuerdo vital que mantengo conmigo, del mismo modo que mediante el acuerdo logro ese ansiado momento de la reconciliación con el otro, a través de mí, y viceversa.
 
Leer es un acto de libertad. Puedo, hastiado, volver a poner el libro en un estante o saltarme un capítulo; puedo incluso poner en orden las ideas del autor y leer el libro de atrás para adelante. Uno siempre lee lo que quiere leer; interesante experiencia. Porque si se lee un mismo texto dos veces en un determinado tiempo, siempre se ha de leerlo de modo diferente, no porque el autor diga algo distinto, sino porque la comunicación conmigo es diferente cada vez. Hay libros que en un momento no me dijeron mucho, pero al paso de los años, y vueltos a leer, han sido verdaderas revelaciones. A la inversa también: hay los que me marcaron a fuego cuando los leí, y vueltos a leer después de mucho tiempo me han parecido hasta insulsos. Cada tiempo elige a sus libros en uno. Una editora me decía una vez: “más bien son los libros los que buscan a sus lectores. Una no tiene que hacer más que facilitarles un poco el camino”. Incluso hay veces en que los libros imperfectos resultan siendo más buenos que los mejores. Criterio muy subjetivo, por lo demás. Inevitablemente egoísta, el lector tiende a encontrar “bueno” un libro cuando éste le confirma lo que él ya ha pensado, o cuando dice lo mismo que él hubiera dicho si lo hubiera escrito, o cuando uno exclama: “esto, esto es justamente lo que yo quería decir”.
 
Cuando hablamos de libros y autores, hablamos de nosotros mismos. El libro y su autor son un medio para ese proceso sin fin que es el autorreconocimiento. Recuerdo en este punto una de esas “pannes” que ocurren en los seminarios, cuando una vez di a leer un texto, y nadie quería discutir acerca de su contenido. “La razón es simple”, adujo alguien, “el texto es muy bueno. Estamos todos de acuerdo con lo que ahí se dice; no hay nada que discutir”. Efectivamente, en algunas ocasiones un texto defectuoso puede ser más apto para una discusión que uno demasiado excelente. También ocurre así en las relaciones personales. Una persona que parece que lo sabe todo, no deja posibilidad de réplica. Así sucede, igualmente, en las relaciones psicoanalíticas. El analista no siempre debe ser demasiado “eficiente”, ya que así no deja espacio para la controversia entre dos, que es, por lo demás, la base donde se estructura el sujeto. “Hay que dejarse engañar”, escribió una vez Jaques Lacan. “Hay que dejarse agredir”, es la variante de Gaetano Benedetti. En materia de textos, un autor debería decir: “hay que dejarse discutir”. El lector, en la medida en que dialoga con el autor a través de sí mismo, entra frecuentemente en conflicto consigo a través del autor.
 
Leer es pensar más allá de sí mismo, incorporando al pensamiento la otra importante facultad de la razón, que es la de entender. Porque no se puede leer sin entender. A través de la lectura de un texto, el pensar y el entender, que en la práctica cotidiana se encuentran disociados, logran cierta reconciliación. Pero, entender de verdad lo que se lee significa encontrar respuestas a las preguntas que guardamos bajo llaves. Pues cuando un libro no se entiende, no siempre es porque sea difícil, sino porque las respuestas que contiene no corresponden a nuestras preguntas. Entender significa, en primer término, tener una pregunta para una respuesta. Sin preguntas no hay respuestas.
A diferencia de los diálogos cotidianos, cuando rara vez tratamos de entender la posición de la otra persona, al leer no tenemos otra alternativa, ya que recién cuando entiendo un texto, puedo pensar acerca de su contenido.La gran ventaja del autor es que estando presente está ausente, ausente en sentido radical, pues ya ha muerto hace siglos. Y, sin embargo, al leerlo resucita; aparece frente a mi vista, junto con otros autores, los vivos y los muertos. Mientras uno lee y piensa, está rodeado de fantasmas. Experiencia espiritual de enorme trascendencia. A través de un libro, las voces de los filósofos muertos traen mensajes de otros mundos, y recorriendo páginas, me pongo nada menos que en comunicación con la eternidad.
 
Cada libro, incluso el peor de todos, es un testimonio y un testamento a la vez. En cada libro que leemos está el deseo del autor de perpetuarse en el tiempo. En cada lectura está nuestro deseo de penetrar a través del tiempo. Es por eso que hay libros que esperan mucho antes de ser leídos y entendidos. Leer es quizás la quinta más bella experiencia de la razón.
 
La primera es oír. La segunda es hablar. La tercera es pensar. La cuarta es amar. La sexta es escribir.
 
Ver más sobre el tema en 
Fuente: Polis: Política y Cultura: https://polisfmires.blogspot.com/2011/07/fernando-mires-leer.html
A %d blogueros les gusta esto: