Las otras oscuridades

11 de abril, 2020

La democracia, como sistema político y modelo de gestión de la difícil convivencia, ya vivía antes de la pandemia un espinoso trance. La trampa de las expectativas, como anuncia Stephen Medvic, ha ido sometiendo a gobernantes e instituciones al sablazo de la oferta demagógica, agudizando asimetrías entre lo que se espera del liderazgo y lo que este, al final, es capaz de entregar como realización concreta.

El resultado ha sido un menoscabo progresivo del ideal democrático, la exasperación de sociedades rebasadas por la incertidumbre, la amargura que les genera el mediocre cumplimiento de sus demandas; y el consecuente ascenso de populistas que, armados de la retórica de la “democracia directa” (una donde la decisión soberana termina aplastada por los respingos del hombre fuerte) logran disipar la idea de que el funcionamiento de la polis exige la articulación de todos los sectores de la sociedad.

El cobro de esa frustración es implacable, es trapacera, es levantisca, lo sabemos. No está de más recordar los estragos que siguieron al derrumbe de la República de Weimar, por ejemplo. El ensayo fallido que en la Alemania de 1919 tuvo lugar tras la hecatombe (apenas tres meses después del fin de la Primera Guerra Mundial) puso en tela de juicio el potencial de la democracia liberal. Trajinar malamente con los costos de la derrota, con el colapso económico agudizado por el crack del 29’ y la irrupción de fuerzas extremistas prestas a debilitar el recién inaugurado establishment, lanzó alfombra roja al nazismo y sus horrores. Sin advertirlo, una sociedad tan esperanzada como asustada -miedo y esperanza, fatalmente articulados, diría quizás Spinoza- atornillaba a sus propios verdugos.

Quisiéramos pensar que los tiempos son otros, que la humanidad ha desarrollado inmunidad contra aquellos descensos; pero igual conviene estar alertas ante las nuevas presiones que parecen estar atenazando a la democracia. Ahora, esta no sólo debe resistir la destemplada exigencia de competir con ciertos autoritarismos en cuanto a la atención de la emergencia sanitaria (se olvida, de paso, que también los hay como los de Irán, Corea del Norte o Venezuela, con exigua capacidad para maniobrar en medio del desbordamiento). También le toca bregar con contradicciones procedimentales que, excepción mediante, desafían el consensuado involucramiento con las normas, esa libertad cuya garantía brinda cualitativo sostén a la sociedad abierta.

Penosamente, la emergencia también introduce trastornos en ese terreno. En tono severo, Yuval Noah Harari ha observado que cuando la crisis arrancó no había “ningún adulto en la habitación”; algo preocupante, sabiendo que el miedo refuerza el atávico impulso de refugiarnos bajo el ala de quien detenta el poder. Hemos visto entonces cómo el vértigo de la decisión tomada sobre la marcha ha endurecido el protagonismo de los gobernantes, acentuado sus aciertos y yerros. Y cómo muchos de ellos, políticos que “han socavado deliberadamente la confianza en la ciencia y en la cooperación internacional”, ofuscados por la consciencia del peso de esa autoridad para una psique colectiva amenazada, olvidan que atentar contra la libertad de expresión e información, el Estado de derecho o la acción concertada de la sociedad civil podría redundar en daños al sistema político. Olvidan, sobre todo, que el atropellamiento del otro -algo que la situación límite no justifica en modo alguno- sólo producirá úlceras tenaces, difíciles de curar cuando salgamos de estos pantanos.

La defensa de la democracia, claro, más allá del blindaje de sus sustanciales formas y reglas, de los procedimientos que la distinguen y gracias a los cuales es posible operar de manera concertada, exige compromiso con sus fondos, con las ideas y valores que la sustentan y la hacen susceptible de mejora. Atendiendo a esa necesidad y sumidos como estamos en contexto tan adverso, los venezolanos enfrentamos un reto mayor. Pues ese ethos democrático, esa visión compartida respecto al carácter no instrumental de las personas, ese “deber ser” es lo que, al margen de lo que pasa en el circunstancial afuera, importa preservar contra todo trance.

En el marco de una estrategia de “máxima presión” por parte de EEUU y a santo de la propuesta para una transición en Venezuela -suerte de podado remake de la oferta que la oposición llevó a Oslo- la pregunta es si contamos con esos capitales de base para fortalecer la eventual normalidad civil. Tanto la embestida contra el diputado Guerra por atreverse a perfilar una nueva relación política con el adversario o privilegiar acuerdos para atajar la emergencia; así como el equiparamiento de ese otro con un “virus” –López dixit– al cual hay que combatir (al estilo de esa cosificación que, en nombre de utopías mesiánicas, ya otras veces ha justificado purgas y aniquilaciones de “no-personas”) generan serias dudas al respecto. ¿Acaso no habría allí una negación brutal del ethos democrático?

La alusión del propio Elliot Abrams al caso sudafricano y la gestión del crimen del Apartheid durante la transición, por cierto, ayudaría a humanizar nuestras miradas. Un cambio impulsado por actores que no consideren diferenciarnos en forma y fondo de lo vivido, que demonicen la necesidad de reconocer en el adversario un mínimo de racionalidad o que vean justicia en el mero desquite; que desdeñen la autocrítica, la pertinencia de la oamnestia o que no pongan la vida de las personas en el centro de todos los desvelos, difícilmente nos librará de todas esas viejas, nuevas oscuridades que hoy nos acogotan.

@Mibelis

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