La revolución traicionada

26 de julio, 2020

Así caracterizó León Trotsky la soviética, aunque por razones diferentes. Varias revoluciones son políticas (en lengua marxista “burguesas”) y consagran libertad e instituciones pluralistas, civilizadas, representativas. Derrotan, caso de Venezuela 1958-1998, a quienes las querían “profundas”, colectivistas, y “populares”, las que llama Camus revoluciones metafísicas porque quieren cambiar la naturaleza humana, y reclaman para ello poder total.

En Rusia la revolución política derroca al Zar, y la presidencia de Kerensky da origen a una democracia representativa, pero la genialidad maligna de Lenin y la nulidad de sus adversarios la quiebran en ocho meses para dar paso a la revolución metafísica, el Estado socialista. “Pobrecito Lenin, está muy solo e iré a visitarlo” dijo Kerensky, cuando el “incomprendido” publicó las Tesis de Abril, que trazaban la estrategia del infierno triunfante. En Alemania la democracia de Weimar surgía entre escombros de la Primera Guerra Mundial, pero otro demonio genial aplastó a los idiotodemócratas.
Pero en esas estructuras construidas sobre cadáveres de políticos tontos, de repente aparece un MacDuff y sale el sol. Las revoluciones son pugnas entre bloques de poder con intereses antagónicos y sin destino prestablecido, porque lo escriben todos los días, gracias a la garra, la astucia y la capacidad política de cada uno. El asalto a la Bastilla el 14 de julio de 1789, que se asume como el inicio de la francesa, cumplió 221 años. Ese día el rey destituye al ministro Necker, muy querido por el “pueblo”, una de las pocas cabezas políticas, racionales, enemigo de las fantasías y que evitaba choques porque tenía claro que favorecían al radicalismo.
La etapa de construcción
Los jacobinos intoxicados de comunismo, Robespierre, Marat, Dantón, Hébert, Saint Just, y Desmoulins (quien es distinto), esparcen en París la noticia de la salida de Necker. Unas seiscientas personas, entre ellas soldados cesantes, van a la Bastilla a robarse 2000 barriles de pólvora. Ningún militar podía aceptar eso y el gobernador de la fortaleza, un aristócrata vulnerado por la Ilustración, decide “convencerlos” del peligro. La diferencia metodológica con Napoleón es que éste disolvía las manifestaciones a cañonazos. Y las cabezas del gobernador y sus once soldados terminan paseadas en picas por las calles.
Entre los partidos se discute como calificar semejante atrocidad radical, pero aplicó el viejo oportunismo suicida, que tanto hemos visto. Los moderados, razonaban que era un horrible crimen, pero cuestionarlo, una raya. Y apoyaron la destrucción (remember 27F y 28F en Venezuela) Pero salvo esta revuelta como la llamó Luis XVI, la etapa virtuosa, la revolución democrática había comenzado el 15 de mayo y legó la Declaración de los Derechos del Hombre (1789), la Constitución de 1791.
Nace una monarquía Constitucional y desarman el ancien régimen de castas feudales, al consagrar que todo hombre es un ciudadano igual ante la ley. Luego viene la traición, la revolución metafísica, el Terror a partir de 1793, el asesinato del rey y su mujer, –le seguirán 35.000 personas más- y a su hijo de ocho años lo encierran en un calabozo inmundo de cucarachas y ratas, donde muere dos años después, cundido de tumores y pústulas. Es la etapa en la que Robespierre, el creador del stalinismo, Saint Just y sus sicópatas del Comité de Salud Pública, controlan la correlación de fuerzas al aplastar en la Convención y luego asesinar a los girondinos.
Tumores revolucionarios
Eso gracias a maniobras del simpático Dantón, el creador del trotskismo, quien lo pagará caro. Se cumplirá que un revolucionario es alguien que se dedica a cortar cabezas y que cuando no quiere hacerlo más, se la cortan a él. Cierra el ciclo Napoleón cuando declara en 1799: “la revolución terminó”. Pero menos conocidos son los espantosos sucesos de la Vandée, el primer genocidio moderno, antes que existiera la palabra. Esa comunidad atlántica se levantó contra el régimen de horror, igual que 65 de los 80 departamentos creados por la revolución.
Por tratarse de una población muy católica, el Comité ordenó exterminio y tierra arrasada, como después harían nazis y soviéticos. Para ahorrar municiones, lanzaban al Loira, masivamente a campesinos amarrados o los hundían en barcazas. Las madres mataban a sus hijos para que no los asaran con ellas en hornos de panadería. Más de 300.000 personas asesinó el Terror Rojo, la Vandée quedó casi extinguida, genocidio misteriosamente silenciado y todavía hoy mucha gente en Francia con una idea difusa de qué pasó. Un siglo estuvo escondida El Conde de Chantelaine, novela nada menos que de Julio Verne sobe los hechos. Apenas en 1992 pudo publicarse.
Robespierre era un criminal frío, un sicópata místico, que asesina a Desmoulans y su esposa, su compañero de primaria y su comadre, aunque sabía que eran inocentes En cambio hay episodios que humanizan a Dantón y le dan un halo de simpatía histórica que retrata la película de Andrzej Vadja. Bebedor, valiente, seductor, “entrompador”, brillante, impredecible. De regreso de una misión en Bruselas, al llegar a casa se encuentre conque su mujer había muerto tres días antes. Esa noche va al cementerio, la hace desenterrar para acariciarla, llorarla, besarla y le toma una mascarilla de yeso que aún se conserva.
@CarlosRaulHer
El Universal
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