La política barroca

31 de enero, 2021

La crisis política en Venezuela tiene inexplicables vueltas. Es un laberinto con elementos que se mueven al revés y componentes que se reproducen, como juego de espejos, incongruentemente. Una enrevesada caricatura de egos y pequeñas ambiciones.

Una consecuencia y prueba de ello son las inversiones en la misión de los partidos y las deformaciones en la conciencia democrática de la sociedad. Cuando se requiere defender el voto como conquista (La elección directa de gobernadores y Alcaldes se logró en Venezuela en 1989 y el voto femenino y de los analfabetas se estableció en 1947) lo que se produce es una lluvia de argumentos para desacreditar y rodear de dudas el voto.

El dilema de votar sin democracia es viejo y se dilucidó, en el siglo pasado, a favor de la participación, aún con dirigentes presos, partidos ilegalizados y el conteo de votos en manos de la trampa. En Venezuela se resolvió ese debate en 1952, pero en este tiempo, los partidos decretaron recurrentemente el abandono del escenario electoral y el 2020 la clase media, desesperada por el plan gubernamental para liquidarla, se adentró en la ciénaga de la abstención. La dignidad se confundió con la renuncia a un derecho.

Es sorprendente que frente a un Estado autocrático, cuya misión es desmantelar la democracia formal, acabar con los procesos electorales competitivos e instaurar un régimen de partido único, se responda con la abstención y se renuncie a traducir el descomunal descontento en voto castigo a los responsables de la destrucción del país.

En vez de promover el valor del voto, le quitan esa herramienta de lucha a los ciudadanos; en vez de movilizar y organizarlos se convoca una cuarentena comicial; lejos de exigir garantías democráticas y pelear por la vigencia de la Constitución se entrega la Asamblea Nacional y se le saca la silla al gobierno interino.

La comunidad internacional, que mantiene su compromiso con la causa democrática, aunque se atragantó con la tesis inconstitucional de la continuidad administrativa, pide a la oposición que se una y negocie una solución electoral aceptable.

Jorge Luis Borges, en uno de sus prólogos a la Historia Universal de la infamia, se refiere al barroco como “la etapa final de todo arte, cuando éste exhibe y dilapida sus medios”. No hay duda que en vez de incrementar las energías de cambio, las hemos dilapidado. El inmenso capital que el 2015 la sociedad depositó con esperanza y determinación, lo hemos malgastado. Una estrategia enrevesada y equivocada llega a su etapa final. No da para más.

La oposición debe dejar el regodeo sobre si misma y reconectarse con la gente. Sacudirse la derrota, admitirla, analizar sus causas y acordar su retorno a la vía electoral. Salir de la reticencia a los medios democráticos, de la justificación del mantra fracasado, de fantasear con invasiones y entrompes insurreccionales, de recaer en polémicas viciadas y conductas insidiosas. Debe abrir un nuevo capítulo para eludir el marasmo.

Hay que conformar una alianza, a partir de las regiones, con participación activa y autónoma de actores no directamente políticos, instituciones y liderazgos partidistas capaces de construir coincidencias políticas. Pensar en la gente y formular una oferta de reconstrucción de la sociedad, la economía y el bienestar desde cada Estado.

Las fuerzas cívicas deben ir, una y otra vez, a la contienda por la democracia y organizar una resistencia firme al propósito de cerrar la sociedad libre.

Hay que asumir los costos del cambio de estrategia y dedicarse a recomponer las fuerzas opositoras para volver a la cancha dominada por el contrario. Mañana puede ser tarde.

 

@garciasim

 

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