La experiencia y legado que el “Grupo de Contadora” nos dejó (Parte II)

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  • 22 junio, 2021
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22 de junio, 2021

Por: José Ríos Lugo

Para 1987 el contexto y los actores habían cambiado en el escenario centroamericano, dentro de algunos de los países de Contadora y de algunos gobiernos centroamericanos, particularmente los de Guatemala y Costa Rica. Los objetivos propuestos seguramente excedían las fuerzas con que entonces se contaba para cumplirlos. El relevo se conformó con una nueva iniciativa, el Proceso de Esquipulas, cuyos prolegómenos empezaron a funcionar en mayo de 1986, con la reunión, en Esquipulas, Guatemala, de los cinco presidentes centroamericanos (Esquipulas I), y luego, con el procedimiento para establecer la paz firme y duradera en Centroamérica (Plan Arias), en febrero de 1987, iniciativa del gobierno costarricense.

Este proceso continuó hasta la firma del procedimiento para establecer la paz firme y duradera en Centroamérica (Esquipulas II), en agosto de 1987. Se pasó así de la aceptación de formas diversas de gobierno a la universal demanda democrática, a acuerdos negociados entre los cinco gobiernos, con fechas y plazos definidos para su cumplimiento, y a facilitar el camino para incluir a los diversos actores de los conflictos armados dentro de las clases políticas de sus respectivos países. Sobre el camino desbrozado por Contadora, el Proceso de Esquipulas, dentro de una visión más pragmática alentada por la aceleración de acontecimientos que llevarían, en el plano internacional, a la caída del Muro de Berlín y, en los planos local y regional, a las negociaciones particulares de los gobiernos centroamericanos con la insurgencia armada, continuó la desactivación de los aspectos más difíciles de la crisis, que se centró en la consecución de metas más realizables para el resto de la problemática considerada.

La dimensión geopolítica

Sin duda alguna, el mayor obstáculo que debió enfrentar Contadora fue el permanente intento de resolver el conflicto centroamericano desde fuera de la región, por otros medios de los preferentemente diplomáticos. Centroamérica fue considerada como “la cuarta frontera que Estados Unidos debe defender”, según expresión del presidente estadunidense Ronald Reagan cuando solicitó a su Congreso 110 millones de dólares de ayuda militar para El Salvador, poco tiempo antes de iniciar una serie de maniobras militares entre los ejércitos de su país y de Honduras. Política de la zanahoria y el garrote, como la que insinuó la embajadora estadunidense en las Naciones Unidas, Jeane Kirkpatrick, que asociaba “reformas democráticas, ayuda económica y asistencia en materia de seguridad” para Centroamérica, afirmando también que los problemas militares en esa región debían resolverse militarmente, en franca alusión a posibles intervenciones militares directas en alguno o algunos de los países centroamericanos en conflicto. Ya para entonces, The New York Times denunciaba la red de operaciones de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), con la infiltración de agentes en Nicaragua y vuelos de espionaje a la guerrilla en El Salvador.

A lo largo de su existencia, Contadora tuvo que tener en cuenta esta situación para tomar distancia de la inclusión de la crisis centroamericana dentro de las consideraciones de política exterior de Estados Unidos y de las disputas internas entre republicanos y demócratas; se apoyó en el conjunto de actores internacionales de todo tipo, lo que sirvió de muro de contención al discurso belicista de la administración estadunidense. También debió considerar la posición de otros actores “externos a la región”, la Unión Soviética y Cuba, particularmente, que intervenían de diferentes maneras en apoyo al gobierno sandinista de Nicaragua y a los grupos guerrilleros en otros países centroamericanos.

Eran tiempos de efervescencia diplomática en este país, ya desde finales de los años setenta: participación en la formación del Sistema Económico Latinoamericano (sela), propuesta de la Carta de los Deberes y Derechos Económicos de los Estados en la ONU.

Puede afirmarse con fundamento que el proceso negociador de Contadora constituye uno de los momentos cumbres del ejercicio diplomático de los países que lo llevaron a cabo, idearon su creación y fueron puliendo sus documentos y haciendo labor de convencimiento y de negociación con sus múltiples contrapartes. Que el Acta de Contadora no llegara a firmarse es, sin duda, un fracaso si se mira como un proceso lineal, con un fin predeterminado en las diferentes etapas de construcción de ese instrumento. Si se mira de otra manera, de forma más dinámica e integral, Contadora fue sobre todo un espacio de mediación, de construcción de acuerdos y de ampliación del marco regulador previsto en sus inicios.

La evaluación de sus resultados debe enmarcarse en lo que derivó de los acontecimientos que se produjeron a medida que la década de los ochenta terminaba. En este sentido, la llegada de la paz a Centroamérica, o por lo menos el cese de la guerra, fue el resultado de los acontecimientos que a nivel mundial, el fin de la Guerra Fría, y a nivel regional, la aceptación uniforme de procesos electorales periódicos como única forma legítima de acceso al poder, llevaron a medidas de consenso, ya no encauzadas de manera predominante dentro del marco de Contadora, sino conducidas mayormente por los gobiernos de los cinco países centroamericanos. Puede afirmarse que Contadora (1983) y Esquipulas (1987) conforman un periodo extraordinario de actividad política y diplomática para los nueve países que principalmente trabajaron en lograr la paz en la región y mejoraron la convivencia política y la institucionalidad democrática en el istmo centroamericano.

En cierto sentido, puede considerarse como un mismo proceso, ya que seguramente Esquipulas no habría sido posible sin el trabajo previo de Contadora. Queda para los historiadores y para las academias diplomáticas analizar y dar cuenta de la complejidad de esta historia, de la que apenas se esbozaron algunos componentes esenciales.

 

@joserioslugo

 

 

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