La diáspora

22 de julio, 2022

Por: Eduardo Fernández

Dedico este artículo a los venezolanos de la diáspora. A los muchos que se han ido y a los muchos que se han quedado con el corazón desgarrado por la ausencia de seres queridos.

Es sobrecogedor pensar en la cantidad de compatriotas aventados al exilio. Expulsados de su propio país por el hambre, por la necesidad, por la falta de oportunidades, por el fantasma del desempleo y de la pobreza. Hombres y mujeres en la plenitud de sus capacidades físicas e intelectuales que optan por emigrar víctimas de la desesperación y de la angustia.

Imagino el dolor de las madres viendo partir a sus hijos. El dolor de los abuelos teniendo que despedir a sus nietos. El dolor de los cónyuges teniendo que separarse de sus parejas. El dolor de los que se van y el dolor de los que se quedan. Porque abandonar la patria, la querencia familiar, los afectos de toda la vida, el paisaje y el medio ambiente conocido, no puede ser una decisión fácil. Resignarse a la ausencia de hijos, nietos y de familiares y amigos tiene que ser muy doloroso.

Venezuela fue siempre un país de inmigración. Después de la guerra mundial miles de ciudadanos de otros países escogieron venir a nuestra patria porque esta era una tierra de promisión. Vinieron de España, de Italia, de Portugal, del Oriente Medio y de países de Europa Central, de Europa Oriental y de los países hermanos de América Latina. Creo que los recibimos bien, muy bien. Seguramente hemos debido hacer un esfuerzo para recibirlos mejor todavía.

Esos inmigrantes que escogieron venirse a Venezuela tomaron una buena decisión. Buena para ellos y también para nosotros. Ellos encontraron una noble hospitalidad y una generosa acogida. Nosotros nos beneficiamos de su enorme capacidad de trabajo, de su voluntad de vencer todos los obstáculos y de su ilusión de contribuir al surgimiento de un nuevo país.

Yo abrigo la esperanza de que cuando en Venezuela logremos producir un cambio político a favor de la democracia y cuando logremos superar la espantosa crisis económica y social que nos aflige desde hace varios lustros, muchos de nuestros compatriotas decidan regresar. Ojalá lo hagan. Los necesitamos de nuevo entre nosotros. Los queremos mucho. Son sangre de nuestra sangre y en ninguna parte estarán mejor que en la tierra que los vio nacer y que les vio crecer.

Venezuela volverá a ser una tierra de promisión abierta para acoger a los compatriotas de la diáspora y a todo el que busque un espacio para la libertad y para el progreso.

Seguiremos conversando.

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