Historia de futuro

27 de mayo, 2021

El año que transcurre vuelve a ser un año electoral en Venezuela. El régimen autoritario ha anunciado el consecuente calendario que incluye elecciones de autoridades regionales y municipales, en acto conjunto el 21 de noviembre del 2021. Es la ratificación de una táctica que el chavismo ha mantenido sin variación durante 20 años: transitar el camino electoral en todas las instancias establecidas en la Constitución aprobada en 1999, para reforzar la ilusión del carácter democrático de lo que fraudulentamente llaman la Revolución Bolivariana.

     Por supuesto, la naturaleza autoritaria, y lo que he llamado en oportunidades anteriores, la vocación totalitaria del chavismo, les empuja indefectiblemente a la trampa, la trapisonda, la manipulación, el abuso y la mediatización de todo acto electoral, en un proceso de constante deterioro de las condiciones y las reglas del juego que es parte del diseño estratégico general de liquidación de toda institucionalidad. Por cierto, sin que tales estropicios hayan impedido el indetenible desgaste del PSUV y del caudal electoral chavista, hoy girando alrededor del 10 % histórico de la izquierda venezolana, después de 20 años de ejercicio abusivo del poder, manejando sin control alguno, dilapidando y robando la más descomunal e inimaginable cantidad de recursos que gobierno alguno haya tenido en la historia de Venezuela. Un patético ejercicio del poder que ha devenido en una lamentable caricatura de Pirro.

     En esta oportunidad, la convocatoria al proceso ha sido oficializada por el flamante CNE designado por la Asamblea Nacional electa en el inconstitucional proceso electoral del 6 de diciembre de 2020. Nace con plomo en el ala: sobre esa AN y sobre todas sus decisiones, pende la espada de Damocles de la nulidad de sus actos como consecuencia de las reiteradas violaciones a la Constitución y las leyes sobre las cuales descansa su origen, y ese hecho no puede ser soslayado en ningún momento y debe ser denunciado sin atenuantes.

     Ante esas realidades, la oposición venezolana tiene de nuevo ante sí un dilema no resuelto: abstenerse de participar en lo que muchos consideran una farsa electoral, o imbuirse de lleno en el proceso con todas las consecuencias que ello implica. Ambas opciones han sido ejercidas en diferentes momentos por el grueso de la oposición, sin que una u otra haya detenido su desgaste constante, en paralelo a la erosión chavista.

     Y eso ha ocurrido quizás, porque el quid del diseño de una estrategia exitosa de la oposición no se haya constreñido a la participación electoral en una coyuntura específica, como la que se nos presenta una vez más. El problema de fondo es otro: es si se opta por convertir en mayoría política aplastante el inmenso rechazo que hoy por hoy tiene el chavismo, o por el contrario, se continúan transitando atajos (que más que atajos son espejismos) como la conspiración putchista, la invasión extranjera u otros de naturaleza similar; voluntaristas y, parafraseando a Roosevelt, firmemente anclados en el aire.

    Si nos decidimos por construir esa mayoría política, frente a la cual todo el aparato represivo del régimen será absolutamente inútil, entonces cualquier coyuntura electoral se convierte en una oportunidad de oro para profundizar en la organización de la oposición, promover nuevos liderazgos, difundir el mensaje democrático y confrontar al enemigo en todos los rincones del país, cara a cara con los ciudadanos.

    Ante ese dilema nos habla la historia, la nuestra. La relativamente reciente, la de los héroes que nos precedieron en esta larga e interminable lucha por establecer un régimen democrático moderno: nos escribe Alberto Carnevali, desde los días terribles de la penúltima dictadura que se ensañó contra el país, indicándonos un camino, una estrategia clara y sin dobleces, que conduciría a la postre, seis años después, a la vergonzosa huida del dictador.

“…debemos iniciar con audacia una implacable ofensiva de rebelión civil en todos los campos de la vida nacional. Todos los partidos, todos los hombres y mujeres, todos los venezolanos dignos debemos desatar  una coordinada y certera acción multitudinaria hasta lograr poner a la tiranía… en la mortal disyuntiva de reconocer la soberanía nacional o aniquilar sangrientamente a todo el pueblo venezolano. Actuaremos realistamente. Con clara conciencia de que nuestro poder no es otro que el gran poder de un pueblo enardecido porque se le ha vejado y se le ha humillado brutalmente. Actuaremos sin la menor vacilación. Sabedores de que el pueblo no tiene armas de guerra porque siempre confió ingenuamente en que las armas de los cuarteles eran para defenderlos y ahora están siendo utilizadas en su contra. Pero convencidos de que la gran tragedia política que entristece a la Nación no permite plantearse el dilema simplista de combatir con armas o no combatir. Porque el patriótico reclamo nacional está concebido en otra forma inexorable: si no combatimos ahora hasta triunfar, el pueblo será esclavizado ignominiosamente por tiempo indefinido. El pueblo tiene que defender ahora mismo su libertad a cualquier precio y con los medios que tenga en sus manos. El pueblo tiene que combatir con sus propios recursos, los interminables recursos de la acción de las masas, que en nuestro país existen en condiciones invalorables para la conquista del triunfo. Somos la mayoría de la Nación. Somos todo un pueblo. La dictadura está desasistida de todo respaldo social y de todo apoyo moral. Una indoblegable decisión de lucha alienta prodigiosamente nuestros corazones. Una fe desbordante enciende nuestra sangre. Contamos en resumen, con preciosos factores humanos y morales suficientes para dotar nuestra capacidad de combate de un poderío mil veces más fuerte que las más aceleradas corazas del despotismo”.

Alberto Carnevali, en Caracas desde la clandestinidad, 24/12/1952

 

@acaleca

 

Polítika UCAB

 

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