Güisqui 12 años con agua coco

10 de agosto, 2021

Por: Alirio Pérez Lo Presti

Por razones de comodidad, viajo con un morral, buenas botas, ropa de montaña y un sombrero de tela. Como cualquier montañista, me adentro en cada aventura con bastantes amuletos y collares. Eso genera la impresión de que vengo de un lugar como Venezuela, o algo así. Un área especialísima de la cirugía es aquella en la cual se realizan intervenciones al cerebro, cortando, cauterizando o modificando ínfimas estructuras o tejidos que llevan consigo conexiones entre un lado de nuestra parte pensante a la otra. Este tipo de intervenciones las realizan los neurocirujanos, algunos de los cuales muestran logros extraordinarios, como minimizar las crisis de epilepsia en casos graves o intervenir en algunas enfermedades mentales cuya evolución minimiza la posibilidad del sujeto de hacer una vida medianamente adaptativa en el espacio y el tiempo que le toca estar.

Cortando cerebros
El surgimiento de las especialidades es un asunto propio del avance de lo civilizatorio, en donde con el tiempo se van generando subespecialidades de las subespecialidades, configurando expansiones del conocimiento a las cuales le perdemos la pista. La idea de que una persona dedique su vida a cortar minúsculas conexiones de partes del cerebro es un asunto que tiende a generar admiración, temeridad, cuando no cierto halo de desconfianza. Lo cierto es que ahí estaba de pie el neurocirujano inglés, sonriente y conversador, en un evento de carácter científico al cual acudí como invitado. Tenía un libro de su autoría en la mano, cuya casuística era de mil quinientas personas que habían sido intervenidas quirúrgicamente por él y su equipo. Me encontraba de número cincuenta en la fila para solicitarle una dedicatoria en su texto. El neurocirujano se había ganado el reconocimiento o interés por parte de la comunidad científica, además de un par de premios. Luego de un rato, que se pasó ligero, por hallarme conversando en la cola con una colega, llegó mi turno y el inglés con su impoluta pronunciación me preguntó mi profesión y de dónde era. Me acomodé el sombrero y cuando le dije que era de Venezuela mostró gran emoción y comenzó a hacerme una serie de preguntas que conforme yo respondía, más avivaban su curiosidad.

Where are you frome?
En muchas ocasiones, durante mis viajes, las personas muestran curiosidad por el país donde nací y hacen las preguntas más variadas y extrañas. En ocasiones también son interrogantes francamente desconcertantes. El neurocirujano no fue la excepción y comenzó a hacerme una gran cantidad de preguntas. “-Por televisión he visto unas máquinas taladrando el suelo en la parte de atrás de las viviendas de Venezuela. Entiendo que se llaman balancines petroleros. ¿Usted tiene una de estas máquinas? -Por supuesto, contesté ni corto ni perezoso. Hay tanto petróleo que allá tenemos de esos balancines en los patios de las casas.” El hombre se acomodó los anteojos y se mostró muy interesado en el asunto, por lo que siguió preguntando. “-¿Y cómo le ha ido con eso de tener un pozo petrolero en su solar? -A lo que le contesté: En realidad es un problema con los zapatos y la limpieza de la casa- ¿Los zapatos?, interrogó extrañado. -Sí, porque uno se llena de petróleo cada vez que sale al patio y la verdad es que es sumamente desagradable. Tengo que comprarme zapatos a cada rato porque se pega el petróleo en las suelas. Además, la casa siempre está sucia.” El neurocirujano estaba fascinado con mis respuestas, lo cual le abría aún más el apetito de su curiosidad y ya yo no podía dar marcha atrás en eso de generar interés por un lugar que es trascendente por su belleza, su cultura y sus excepcionales personalidades.

Historias de la vuelta al mundo
Siguió preguntando sobre esto y lo otro. Que si es cierto que el calor del petróleo calentaba tanto el suelo que se podía freír un huevo simplemente colocando un sartén en el piso, que si lo tequeños eran de mi tierra, que si es verdad que dormíamos en chinchorros, que si tomábamos el mejor de los Whisky de escocia con agua de coco, que si bailábamos al aire libre hasta el amanecer, que si las playas eran las mejores del mundo, que si celebrábamos la vida sin tener un motivo, que si alguien en mi familia había sido Miss Venezuela, en fin, cada pregunta tras otra era una puerta que invitaba a imaginarse una especie de paraíso de curiosidades que estaban ubicadas al norte del sur del continente americano, con el Caribe a boca de jarro y la gasolina más barata que el agua de grifo. Así nos veía el inglés y no pude sino abonar para que su imaginación siguiese volando, poniéndole color al asunto, con un nivel de exageración que visto en el tiempo no era tanto. En fin, que el sujeto se entusiasmó de tal forma que me dijo que sus próximas vacaciones serían en mi país y nos despedimos con un fuerte apretón de manos no sin antes pedirme que me tomase una foto con él, para poder decirle a sus amigos que había conocido a un venezolano.

@perezlopresti

 

El Universal

 

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