Guillermo Sucre: “Seguimos siendo objetos y no sujetos de la historia”

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  • 24 julio, 2021
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22 de julio, 2021

Por Rafael Arráiz Lucca.

Prodavinci.

El día de hoy, 22 de julio de 2021, murió el poeta, ensayista y crítico literario Guillermo Sucre. Reproducimos esta entrevista que le hizo Rafael Arráiz-Lucca, publicada en 1986 en la revista Imagen

En la primera edición de La máscara, la transparencia, en el prefacio, se advierte sobre la ausencia de Neruda en el libro y se anuncia que, para una futura edición, aparecería el capítulo dedicado al poeta. Diez años después tenemos la segunda edición en nuestras manos sin el capítulo anunciado.

Puedo decir que conozco a Neruda bastante. Lo he leído desde joven, pero lo que pasa es que ese capítulo no lo tengo concluido del todo; quiero afinar más, no quiero que aparezca como un capítulo anti-nerudiano. Con el tiempo, uno va viendo a Neruda despojándolo de sí mismo, de eso que está, por ejemplo, en el libro Confieso que he vivido que, a veces, choca mucho ¿verdad? Pero en la futura reedición sí aparecerá, así como también otros estudios donde me ocuparé de la poesía de Vicente Gerbasi y Eliseo Diego. También de Ramón Palomares; él logra una verba criolla mucho mejor que otros, sobre todo a partir de Paisano y algunos poemas de Adiós Escuque. Y de Jorge Tellier, un poeta chileno de mi generación. Ahora, tú sabes que La máscara, la transparencia no es una historia de la poesía; es más bien un momento de reflexión sobre nuestra poesía que busca cierto pensamiento poético en qué fundarse.

Me llamó la atención que incluyera a Eugenio Montejo, junto con Pérez Só, siguiendo la línea abierta por Cadenas y Sánchez Peláez en el capítulo La metáfora del silencio y no relacionado con Padilla y Pacheco, ya que su lenguaje es muy depurado, clásico, aspira a una claridad cercana a la de estos últimos.

Sí, pero en Eugenio yo no encuentro ese enfrentamiento con el tema de la historia como en Padilla y Pacheco. La poesía de Eugenio es más personal, mítica, fuera de la historia como drama ideológico. En él hay una pasión órfica y no un cuestionamiento de la poesía, tampoco hay una combinatoria de lenguajes.

Entre los pasajes reescritos del libro está el de Ramos Sucre y el de Ernesto Cardenal, a él lo califica, no sin cierta ironía, como un poeta optimista empedernido.

¿Yo digo eso?

Sí, lo dice él y usted lo cita entre comillas.

Bueno sí, creo que en Cardenal hay un optimismo frente a la historia, un optimismo de orden religioso, él siempre está en contacto con el infinito, con Dios. Ahora lo curioso es que allí está la diferencia con Pacheco, mientras en éste se encuentra un poeta chino del siglo VII, en Cardenal se encuentra a Mao-Tse-Tung. Es una combinatoria rara ¿no? Los evangelios y Mao, Lenin, Castro.

Diez años después su valoración sobre ciertos poetas ha cambiado, por ejemplo, sobre Pérez Só.

Sí, el último Pérez Só no tiene la inocencia de los primeros libros; en ellos había más pureza, más espontaneidad, sin tantos juegos verbales. Pero, de todos modos, mantengo la línea inicial.

Igual que con García Morales.

Sí, aunque no alcancé a trabajar sobre su último libro El río siempre.

¿Existe una identidad poética latinoamericana?

Nunca he buscado una identidad latinoamericana porque eso supone que ya existe y hay que encontrarla o reencontrarla. Mi idea viene de Borges, Lezama Lima y Paz y consiste en crear la identidad, o más bien, una tradición, de modo que uno pueda hablar de poesía hispanoamericana con comparaciones internas.

¿Puede estudiarse un poeta latinoamericano sin hacer referencias a autores de otras lenguas, de otras geografías?

No, en absoluto. Para comenzar: Darío que es quien abre todo, está lleno de referencias de otras literaturas. En todo caso desde los románticos la literatura es mundial. En una mesa redonda en la Universidad Simón Bolívar estaban Cadenas y Palomares, todos estuvimos de acuerdo en que la tradición es algo que se gana y no que simplemente se hereda.

¿En relación con aquel texto La nueva crítica, a lo largo de estos años han variado sus puntos de vista?

Modificaciones en lo esencial no, en cuanto a enriquecimiento sí. La verdad es que eso lo escribí el año 1969. Ahora, no creo que nosotros tengamos todavía un pensamiento crítico. Cuando regresé a Venezuela el año 75 encontré una invasión de crítica pseudoestructuralista, pseudolacaniana, pseudo-cientificista y que estábamos reflejando, de una manera todavía más patética, nuestras carencias. Seguimos siendo objetos y no sujetos de la historia.

No se trata de la creación de un método, me imagino.

No, por supuesto que no. Una de las críticas a La máscara, la transparencia es la ausencia de un método. Yo parto del texto mismo, de una sensibilidad frente a la obra. La crítica es creadora en la medida en que se funda en una intuición y busca razones para esclarecer esa intuición. Pero te confieso que cuando hablo de la crítica me siento incómodo. La crítica se ha convertido en una suerte de virtuosismo (cuando hay inteligencia) o en un ejercicio académico retardado.

En el caso venezolano ¿cómo encuentra a la crítica?

Es un caso general. Encuentro una falta de sinceridad en nuestra crítica. Curiosamente, hay el crítico que tiene una verdad que lo demuestra todo, que exalta o destruye un libro porque él tiene la verdad. Eso no corresponde a una verdadera ética en relación con la literatura. El crítico elogia u objeta, sin tener intimidad con la obra. Esta falta de sinceridad está presente en todas nuestras relaciones sociales, políticas, etc. Somos muy acomodaticios y eso crea una relación hipócrita, poco saludable.

Eso parece corresponder con el espíritu hispánico porque los angloparlantes se dicen más las cosas, son menos susceptibles.

Tienen más libertad y convicción en todo lo que dicen, y esa actitud es lo que ha hecho más libre, más interesante a esa literatura. Rafael Cadenas en su ensayo “La barbarie civilizada” se pregunta si nosotros tenemos una literatura que sea, realmente, una crítica a la vida, a la vida como tal, y ya Mariano Picón en Regreso de tres mundos, en el capítulo cuando regresa a Caracas en el año 36, decía “hasta cuándo nuestra literatura va a ser, simplemente, el redentorismo, el mesianismo histórico o el pesimismo total, por qué no elevarnos hacia otras esferas”; era un llamado a cierta fuerza de imaginación, a nuestra capacidad para crear mitología sobre nuestra experiencia, a la búsqueda de una esfera moral, poética y metafísica más elevada.

¿Usted cree que del 36 para acá eso se ha logrado, en alguna medida, en nuestra literatura?

Creo que sí, con el grupo Viernes comienza ese cambio, también en la narrativa.

¿Más en la narrativa que en la poesía?

Quizás en nuestra narrativa ha privado un afán tecnicista, un afán por asimilar técnicas y en cambio ha habido en la poesía más libertad. Sin embargo, no te podría decir que nuestra poesía encarne un movimiento más valioso que nuestra narrativa.

Más abundante sí.

Sí, claro; pero uno se da cuenta de que en Salvador Garmendia y en José Balza hay un funcionamiento del relato, del lenguaje, que retorna una buena tradición venezolana.

Entrando en el tema de su poesía: el último libro es del 77 (Serpiente breve) y son textos del 71 al 76.

Esos son restos del libro En el verano cada palabra respira en el verano.

¿No está escribiendo poesía?

Actualmente no. Tengo un libro detenido desde el año pasado. Ese libro se iba a publicar en Seix Barral, pero ellos tuvieron dificultades, y el libro me lo regresaron. Entonces, lo he ido ampliando, desde el año 84 para acá.

¿Pero, saldrá en otra editorial?

Pienso que no. Prefiero esperar unos años y continuar escribiéndolo, aunque podría salir tal como está.

¿Ese libro sigue la línea de sus poemas anteriores?

El libro se titula La vastedad y tiene una heterogeneidad en su forma como En el verano, pero quizás hay en él otra entonación; es como un sentimiento de que entramos en una dimensión de la vida donde todo se nos vuelve más amplio, más vasto, en que casi no nos reconocemos a nosotros mismos. En el fondo, es una reflexión sobre la experiencia de la muerte, de la ausencia o del desarraigo.

¿Mantiene la constante del poema reflexionando sobre sí mismo?

Al comienzo de La vastedad hay unos tres textos donde está eso que tú dices, pero más bien el poema como posibilidad de continuar una experiencia en sí misma, con cierta decepción frente a la realidad, como si ya el mundo me fuera inaccesible.

Una decepción anunciada en El verano.

Sí, es verdad, pero creo que en El verano hay todavía cierta mirada jubilosa y, en cambio, en La vastedad hay una distancia, un sentimiento de “pérdida” que no aparece todavía en El verano.

Sin embargo, en el último poema de Serpiente breve usted está paseando con su hija Inés y allí, en todo el clima del poema, hay una ternura celebratoria distinta a La vastedad, aparentemente.

No creo que eso que tú dices desaparezca del todo en La vastedad. Yo confieso que no hay escepticismo en mi libro, no me considero un escéptico.

¿No se considera un escéptico?

Bueno, hay cierto escepticismo en la medida en que no hay afirmación optimista total de la vida, pero dentro del escepticismo hay una reverencia a la vida. Ahora, sí, la vida está tejida de sucesivas muertes y a la muerte no hay que verla como un escándalo. Además, quiero decir que no veo a mi poesía como una obra poética, no creo que tenga la dimensión de una obra poética como la de Ramón Palomares o Rafael Cadenas. En verdad, escribo con mucha intermitencia, no la veo con la configuración que tiene la poesía de Pérez Perdomo o Sánchez Peláez. Más bien mi poesía es como muy marginada.

¿Marginada o marginal?

Quizás se trata de una visión reticente que tengo frente a lo que hago.

En una entrevista con Balza y María Fernanda Palacios, el año 76, hablaba sobre el patetismo en la poesía, el patetismo que prestigiaba a la poesía.

Quizás sea una forma nueva de esa mitología del sentimentalismo o de nuestro romanticismo frustrado. Pero hay diversas formas de patetismo. La del poeta que se siente poético y todo su destino está regido por la poesía y la poesía es una fatalidad y, bueno, se crea toda esa mitología del yo y de la auto-indulgencia. Luego hay un patetismo sentimental donde el poeta es una víctima de la historia y, en fin, allí hay todo un campo que no es exclusivamente venezolano.

Creo que era Camus el que decía que cuando una persona utiliza la ironía o la inteligencia siempre se cree que es maligna e inhumana; nosotros parece que le tenemos miedo a que nos tomen por intelectuales o profesores universitarios; nos gusta más que reconozcan nuestra sensibilidad de “magos” y “visionarios”. Proust decía que él no escogería sino la sensibilidad, pero que solamente la inteligencia puede decidir esta escogencia.

También lo dijo Pound.

Sí, porque fíjate que el patetismo puede conducirnos a una ceguera crítica frente a la obra y hacernos creer en la trascendencia de todo lo que escribimos. Creerse, como decía Borges, los imprescindibles, necesarios, únicos merecedores del mañana.

¿Cuál es su opinión sobre el país, en un plano general?

Sobre el país uno tiene mucho que decir. Me contengo, a veces, porque tengo muchas cosas que decir. Partiendo del hecho general, reflexionaba en estos días frente a la situación de Chile y de la Argentina y, en verdad, nosotros somos un pueblo con muchas virtudes: no hemos llegado nunca a una división del país (ideológica, fanática, dogmática). Sin embargo, pareciera que nos faltara un impulso creador, como si nos faltara un poco de carácter para enfrentarnos a nuestras cosas, sin autosuficiencia, pero sin debilidad.

Tenemos una gran capacidad para complicar más los problemas y no tenemos capacidad de inventiva, de soluciones. Yo creo, según esa comisión que presidió Uslar Pietri, que sí no se pone el acento en la educación pre-escolar y primaria, bueno: estamos perdidos.

¿Cómo, si no, crear un pueblo? Porque no podemos crear élites tan sólo, que ni siquiera son élites. En el aspecto cultural, fíjate lo difícil que es hacer aquí antologías, hacer historias de la literatura. Mariano Picón Salas solo, en tres meses, escribo Formación y proceso de la Literatura venezolana que sigue siendo un libro indispensable; ha habido otros libros como Panorama de la literatura venezolana de Juan Liscano, pero no es tan clarificador. Del libro de Picón hacen 40 años. Ahora tenemos universidades con departamentos especializados y no surge nada. En Monte Ávila cuando nosotros formamos la directiva en el año 84, nombrados por Iribarren Borges, tratamos de crear un proyecto para una historia de la literatura venezolana y eso creo que todavía no ha cristalizado. Aquí en Venezuela hay tres o cuatro centros literarios de investigación y ¿cómo no va a haber capacidad para haber escrito esa historia en el lapso de que te hablo?

¿Entre sus proyectos no está hacer esa historia?

No, para mí es muy difícil. Hoy en día habría que formar un equipo y habría que entrar en otros problemas; por ejemplo, preguntarse cómo el escritor venezolano ha manejado el lenguaje, por qué sentimos que Teresa de la Parra tiene un lenguaje vivo, nuestro. Habría que ir organizando ciertos temas, ver nuestras imágenes, el pensamiento en nuestra literatura y quizás una crítica de la psicología profunda (símbolos que se reiteran).

En los años sesenta mientras casi todos sus compañeros de generación optan por la izquierda, y el proceso que ya conocemos, usted se acoge a una salida democrática ¿Cómo ve ahora aquellos años?

Yo, ideológicamente, me sitúo dentro de un socialismo democrático, un centro-izquierdismo (si podemos así decirlo). En principio, personalmente rechazaba esa violencia. Sin embargo, fuimos muy amigos (El Techo de la Ballena y Sardio), y más bien trataba de protegerlos, continuamente tenía que estar hablando por Adriano para que lo pusieran en libertad. Me parecía una ridiculez que pusieran a Adriano preso porque había escrito el prólogo de un libro que molestó mucho a Betancourt. De modo que fue difícil en la medida en que veía que se podían llegar a extremos más grandes, pero tuvimos algo que nos salvó y logramos superar la violencia.

Ideológicamente, estuve también en desacuerdo con esa política de la violencia. Pensaba que había que aceptar el sistema democrático, aún con todas sus imperfecciones, o caeríamos en una nueva dictadura militar. A mí me parece absurdo que hoy en día se hable del bipartidismo en Venezuela como si fuera un mal. Eso existe en otros países. Ahora, si por bipartidismo o partidocracia se va a entender dictadura de partidos ¡caramba!, eso los mexicanos lo conocen muy bien. Octavio Paz, el año 69, me decía que era inconcebible que en Venezuela hubiera ganado la oposición (Caldera) y se entusiasmaba porque le parecía que así funcionaba la democracia política. Que dos partidos se alternen en el poder es lo que ocurre en Inglaterra y los Estados Unidos; lo importante es que sean más democráticos internamente y no hagan una oposición electorera o acomodaticia. Además, nada parece impedir que en el país surjan otras fuerzas políticas decisivas. En 1964, y sobre todo en 1968, hubo tres o cuatro grandes opciones de poder. ¿Por qué ahora no podría ocurrir lo mismo? No es poca cosa lo que hemos logrado. Y eso, al menos, debemos saber defenderlo y preservarlo. Claro que hay que cuidarse de la corrupción, pero también de los muchos que falsamente se erigen en «conciencia moral» del país. En una época que él mismo calificaba de corrompida, pervertida y fanática, Montaigne se burlaba del moralismo «a bon marché». Bastaba -decía irónicamente- con no ser sacrílego o parricida para exhibirse como un hombre de honor, como una conciencia moral.

 

@rafaelarraiz.

 

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