Guadalajara en un llano

26 de junio, 2021

Por: Rafael Arráiz Lucca

La denominación Guadalajara en México alude a la ciudad española, ya que Cristóbal de Oñate fundó aquella ciudad homónima (1542) en honor de Nuño de Guzmán, guadalajareño español y conquistador del occidente mexicano. Se trata, evidentemente, de una voz árabe («wadi al-hiyara») que significa literalmente “río de piedras” y nos recuerda, una vez más, que los setecientos años de colonización musulmana de la península ibérica no pasaron en vano. De hecho, el 73% del vocabulario español proviene del latín, el 27% de otras lenguas, y de este porcentaje el árabe suma alrededor del 8%. Se contabilizan cerca de cuatro mil vocablos árabes en el español. Pasen revista en sus mentes y comiencen por donde posan sus cabezas para dormir.

Guadalajara, 1951. Fotografía de Mercedes Blanco | Flickr

Por lo demás, fue frecuente la fundación de ciudades americanas que reproducían el nombre exacto de urbes europeas o se inspiraban en ellas: Mérida y Trujillo hay varias; Venezuela es un diminutivo de Venecia; York tiene su Nueva York e incluso se reproducen vocablos griegos (Antioquia) o fenicios (Cartago) o italianos (Portobello) o se combinan vocablos españoles con indígenas: Santiago de León de Caracas, por dar un solo ejemplo.

La Guadalajara mexicana es la capital de Jalisco y, hoy en día, la zona urbana de la ciudad y sus aledaños suman casi seis millones de habitantes. Es un espacio comercial e industrial importante y el tercero de México, después de Ciudad de México y Monterrey. Desde 1987 la Universidad de Guadalajara convoca la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que se ha convertido con el paso de los años en la feria de libros en español más grande del mundo.

Por tal motivo estuve por allá varias veces desde la primera vez que asistí en 1990, cuando estaba en su etapa de crecimiento. Entonces, hace treinta y un años, lo primero que me sorprendió fue la magnitud del espacio ferial, recién construido y con “dimensiones mexicanas”, como si el imperio azteca y el virreinato de Nueva España no hubiesen desaparecido jamás. Recuerdo haberme quedado en uno de estos hoteles que exaltan orgullosos su pasado arquitectónico español y, además, reproducen la misma percepción imperial del ambiente: grandes jardines, habitaciones, salones; una arquitectura generosa que tapiza el espacio como si el territorio fuese infinito, expansible, inagotable.

Además de la mecánica de la feria del libro que es idéntica en todas partes del mundo, y no merece mayor explicación, la ciudad sí entraña espacios memorables. Una vez cumplidos los rituales editoriales: presentaciones de libros, recitales, brindis, conferencias, entregas de premios (Rafael Cadenas en 2009, el único venezolano galardonado), la ciudad esperaba por nosotros ya liberados del ego de los autores, del mal humor de los distribuidores de libros y de las preguntas de los periodistas principiantes a los que envían a cubrir estos eventos: “¿Usted por qué escribe?” ¡Cuántas veces me habrán preguntado esto! Desde hace años respondo lo mismo: por placer, puro placer. Si no me gustara escribir, no lo haría. Nadie me obliga.

Fotografía de Ulises Ruiz | AFP

Salimos de la ciudad a hacer un recorrido tequilero y probamos varias, vimos cómo se hace y siempre estuve con el tema en la cabeza del cocuy de penca de Lara y Falcón, y sus similitudes. También fuimos a Tlaquepaque a ver la alfarería típica de la zona. Visitamos la catedral de Guadalajara, el museo regional y los espantosos murales de José Clemente Orozco en el palacio de gobierno. Aliviados por la altura de la ciudad –1.560 metros– caminamos sin que de pronto nos faltara el aire, como ocurre en Bogotá (2.600), Quito (2.800), el DF (2.300) y ni hablar de La Paz (4.300) en su punto más alto, cuando ya necesitas oxígeno para sobrellevar la andadura.

Una noche inolvidable fuimos a escuchar a Chavela Vargas en un restaurante-bar repleto. Lo recuerdo como si fuera hoy. Asistimos al progresivo enamoramiento de Chavela y una mujer sentada en la primera fila. Vimos cuando se miraron por primera vez y cómo fue creciendo la atención de la cantante hasta la dedicatoria de todas sus interpretaciones y el arrobamiento total. Innecesario recordar que Chavela estaba más inspirada que nunca. Era evidente. Hace poco vi un documental en Netflix intitulado Chavela y recordé aquella noche en Guadalajara. Años antes, José Balza me había advertido de su potencia. Aquella voz recia de la que brotaban flores y llanto, y necesitaba días para que su alma se repusiera de lo puesto sobre las tablas en cada presentación. Con Chavela todo era verdad.

En aquel viaje firmamos con el expresidente de México, Miguel de la Madrid, quien al terminar su mandato fue designado presidente de la legendaria editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, un acuerdo de cooperación entre Monte Ávila Editores y el Fondo. En aquellos años animaba un viento de cola la integración continental. Había entusiasmo. En el hotel donde firmamos, ya ido a sus quehaceres don Miguel, descubrí en el restaurante una de las grandes alegrías de la comida mexicana: la crema de huitlacoche. El ustilago maydis es un hongo que sale entre los granos de maíz en la mazorca. Es negro como el petróleo y su sabor es indescriptible. También se comen tacos de huitlacoche, pero a mí la crema me parece una pieza superior. Reincido cuantas veces puedo.

México es el país de impronta más extrema en Hispanoamérica, el que ensambla el pasado indígena y el español con una personalidad arrebatada, y tiene una conciencia de sí mismo como no la tiene ningún otro país de la América hispana, pero a la vez duda de ella con un tormento singular. México es y no es, parecen decir los grandes ensayistas mexicanos que han pensado sobre su sustancia.

Son muchísimas las heridas que lleva en su cuerpo: desde las primeras abiertas por los pleitos entre las etnias originarias, pasando por las de la conquista española y luego la pérdida de un territorio de la misma dimensión al actual, por obra de una guerra contra Estados Unidos (1846), y ser parte del imperio de Francia, con Emperador (Maximiliano) y Emperatriz (Carlota) incluidos (1864), hasta la dictadura de Porfirio Díaz a finales del siglo XIX y principios del XX. La historia de México es un solo sobresalto desde que el cura Morelos dio el grito de Dolores el 16 de septiembre de 1810 y, sin embargo, allí está. El país de la afirmación contundente y de la duda metódica del personaje de Mario Moreno, Cantinflas, quintaesencia del alma hamletiana mexicana.

Fotografía de Ashwin Mudigonda | Flickr

Pero no solo Cantinflas le da vueltas a los temas y dice: “así como es sí, también es no”, eso también hace Carlos Fuentes en sus ensayos y algo similar urde Octavio Paz cuando tasajea un tema y lo observa en su estructura poliédrica, ambos con una gracia como si tuvieran en las manos unas luces de bengala. Mi conclusión después de muchos años dialogando con mexicanos es que no es fácil leerlos, salvo que encarnen una suma híbrida todavía mayor, como es el caso del historiador y ensayista Enrique Krauze Kleinbort, cuya obra es indispensable para adentrarse con luces en la selva mexicana. Con Krauze las regiones sí son más transparentes.

El espacio que ocupan los autores mexicanos en mi biblioteca es solo igualado por los colombianos, de tal modo que podría escribir páginas y páginas sobre ellos, pero no es el caso en esta oportunidad. Lo que sí no puedo ahorrarme es el asombro que me produce esta nación extrema desde que piso su suelo inestable y escucho la hierba de sus fulgores crecer. Un país productor de iconos populares que se extienden por Latinoamérica con la naturalidad del agua corriente: María Félix, Pedro Infante, Cantinflas, Pedro Vargas, El Chavo del 8 y el más reciente e insólito: Juan Gabriel, nombre artístico de Alberto Aguilera Valadez, “El divo de Juárez”. Le debemos mucho a esta tierra picante y productora de mitos continentales.

 

Prodavinci

 

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