Gallegos

20 de junio, 2021

Por: Rodolfo Godoy Peña

Corría el año 1948 y don Rómulo Gallegos, ejercía la presidencia de la República, luego de su aplastante triunfo con más del 75 por ciento de los votos en ese primer intento de votación universal del siglo XX venezolano y tercero de nuestra vida republicana.

El presidente Gallegos, un hombre de letras con una alta sensibilidad social que plasmó en sus novelas y cuentos, también iluminó desde su cátedra en el Liceo Caracas el camino de ilustres compatriotas que con él -y después de él- participaron decididamente en los avatares del siglo XX venezolano. El maestro Gallegos ayudó a forjar el carácter moral de numerosos venezolanos de excepción, entre ellos, muchos de los integrantes de la Generación del 28.

La preocupación del novelista por el hombre y por su acción ante el entorno es una constante en su obra y en su quehacer político. La inquietud del futuro presidente en la formación de los hombres que deberán impactar para bien en la sociedad, ya no desde la violencia sino desde la razón, es reiterativa, porque para él en ningún caso “el fin justifica los medios”, se hace patente tan temprano cuando ya en 1909 publica un ensayo que se tituló “Hombres y Principios” en la revista La Alborada. Resalta claramente como en gran parte de su obra literaria, extensa y exitosa, en la misma medida que recorre nuestra geografía, insiste en esa preocupación: en el Zulia denuncia de la mano de Remota Montiel, la desintegración del pueblo guajiro y la violencia desmedida de la voracidad petrolera; en el recorrido fluvial del Delta hasta el Amazonas acompañando a Marcos Vargas, donde se apoya en la vida perdida y licenciosa de los mineros para su denuncia contra la violencia caudillista y la explotación desordenada de nuestra riquezas; se adentra en la realidad de las haciendas cafetaleras de nuestros Valles del Tuy donde Victoria, la hija de Hilario, hace justicia frente a la acción depredadora del padre con la restitución en el matrimonio de lo expoliado al legítimo heredero; y en una aventura fantasiosa y cantarina por los llanos centrales,  el hombre expansivo y amigo leal, Florentino, salva de la ignominia incestuosa al Dr. Payara, quien se hallaba empujado por la brutalidad de la venganza y de la justicia por propia mano. Es la lucha inveterada entre el bien y el mal, que tan acertadamente se refleja en las coplas finales del corrido de Alberto Arvelo Torrealba, pero es el epitome de su obra literaria; y que el genio de Gallegos exalta desde el cajón del Arauca, donde un ilustrado Santos Luzardo, defiende lo suyo amparado en los mecanismos legales que tiene a mano frente al acto de fuerza y de despojo abusivo que ejerce la guaricha en aquellos recónditos parajes.

Es en esas obras donde encontramos el eje transversal de la obra y de la vida del maestro Gallegos, y en las cuales deja plasmado, una y otra vez, que la fuerza no puede doblegar al derecho, y que la violencia, la “gloria roja del homicida”, la trampa, la mentira, el engaño, la palabra incumplida, no pueden ser las herramientas que un hombre tiene para hacerse respetar o temer por su iguales; también para Gallegos el mundo es de los justos: es el hombre de bien y no el valiente el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro de su conciencia tal cual manifiesta el presidente Vargas  – en pluma de Andrés Eloy – cuando tiene el enfrentamiento verbal con el cínico Carujo, y este arguye la fuerza como acto político, para despojarlo de la primera presidencial civil del país.

Gallegos enfrentará el 24 de noviembre de 1948 una insurrección militar, a escasos nueve meses de haber asumido la presidencia de la República. La tragedia empezó poco antes cuando el alto mando militar le impuso como condición al presidente, para sostenerlo en el poder, el cumplir con unas exigencias que lo hubiesen convertido en un presidente títere de las Fuerzas Armadas. Gallegos no fue un gafo cuando rechazó sin vacilar la coacción de los golpistas, todo lo contrario, fue un hombre íntegro que ante la adversidad – momento culmen donde se pone a prueba el carácter moral – actuó como pensaba y asumió las consecuencias. No le era dable ceder ante “la dañera” con quepis sin traicionarse a sí mismo. La fuerza no se impondría frente a la razón, al menos no con su venia.

Doloroso y sorpresivo para él, de todo aquel triste evento, fue cuando advirtió que uno de los conjurados era nada más y nada menos que el coronel Carlos Delgado Chalbaud, su ministro de la defensa. Acción Democrática, su partido, le habían advertido varias veces al presidente sobre la conducta ambivalente del ministro, y a pesar de eso, Gallegos había ratificado como ministro a Delgado, a quién quería como un hijo, tanto así que él y su esposa habían vivido en el hogar de exiliados de la familia Gallegos Arocha en Madrid, donde fueron acogidos en pasadas horas menguadas. El recto proceder de Gallegos no podía esperarse que aquel amigo, y por quien sentía afecto paternal, pudiera traicionarlo. No, Gallegos no era gafo, era un hombre leal.

En el caso de Carlos Delgado Chalbaud, en cambio, se podría afirmar que lo traidor le llegaba por herencia. Su padre, el general Román Delgado, había traicionado a su compadre Juan Vicente Gómez, el gobernante que lo protegió, le dio responsabilidades y prebendas, con las cuales amasó una inmensa fortuna, pero que picado por la ambición conspiró contra su amigo y, por esa razón, el Benemérito mandó a su desleal compadre 14 años a La Rotunda: “¿Qué culpa tiene la estaca si el sapo brinca y se ensarta?. Pero Gallegos no es Gómez, sino que hay una insalvable diferencia: el escritor era un hombre de principios y en cambio el dictador un hombre de finales. Mientras el sátrapa tenía como único fin prevalecer en el poder, aún a precio de sangre, Gallegos, el hombre de las luces y de las letras, quería prevalecer bajo el imperio de la ley.

Hay hombres que son como las enredaderas: reptan, se arrastran y se aprovechan de las estructuras que les dan sostén. Son hombres parasitarios que necesitan de armazones ajenos para poder sostenerse, pues ellos, por sí mismos, no son capaces de hacerlo. Son invertebrados incapaces de subsistir sin apoyo, y si bien estas plantas a primera vista embellecen los espacios, ni dan sombra, ni mejoran el entorno y, además, son refugio de cucarachas. Hay otros hombres, en cambio, como don Rómulo Gallegos, que son enteros, coherentes y como los robles: dan sombra, mejoran el ambiente, permiten que en sus ramas otras especies encuentren cobijo, dan madera y se sostienen por su propio pie. A esos hombres que son enredaderas, y que creen que la vida del hombre se mide por finales y no por principios, son a los que satirizaba Groucho Marx, cuando decía: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”.

 

@rodolfogodoyp

 

 

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