Fascismo digital

12 de septiembre, 2019

Mi amigo y (ex) colega Rainer Fabian, quien practicando sus conocimientos del castellano sigue con atención sociológica mis artículos, me hizo llegar un interesante texto del también sociólogo Bernd Graff cuyo título (traducido) es “En el remolino digital del fascismo“ (Süddetutsche Zeitung).
Al comienzo tuve ciertas reservas: pienso que la extensión del concepto fascismo a realidades que no tienen mucho que ver con el fascismo originario, producen más confusión que orden. Mas, pronto me di cuenta de que el concepto “fascismo digital” es más bien una hipótesis. Se trata sin duda de un artículo altamente interesante.
La intención del autor es mostrar la alta eficacia con que los nacional-populistas (para otros, neo-fascistas) de nuestro tiempo -sea en el voto-Brexit, en la elección de Trump, en la campaña electoral de Salvini, e incluso en la del brasileño Bolsonaro- utilizan los medios sociales y las redes digitales. Inportante al respecto ha sido la publicación de un estudio de la Friedrich-Ebert Stiftung en donde se muestra que en Alemania, AfD, el partido de la ultra derecha, tiene más seguidores en Facebook que los dos partidos históricos juntos, CDU/CSU y SPD. ¿Estamos verdaderamente frente a la emergencia de un fascismo digital?
1.
El concepto de fascismo digital fue acuñado por Roger Griffin, profesor de Historia Contemporánea en Oxford. Su éxito deriva de haber comprobado que las redes son efectivamente movimientos virtuales de masa y, por lo mismo, objetos de permanente manipulación por parte de empresas y consorcios en lo económico, sectas y neo-iglesias en lo religioso y, naturalmente, partidos políticos post-modernos, entre los que sobresalen los de índole xenófobo como son la mayoría de los nacional-populistas europeos (y latinoamericanos, agrego yo) díganse de izquierda o derecha. Según Griffin estos últimos comparten con los fascistas del pasado la instrumentalización de los miedos sociales, muy agudos en periodos como el que vivimos, caracterizado por el pasaje que lleva del modo de producción industrial al digital.
Los miedos, por supuesto, no son mostrados como tales, sino como amenazas representadas por contingentes de emigrantes cuyos propósitos son inundar Europa (el verbo inundar es usado hasta la saciedad), superpoblar a Occidente, crear células terroristas, violar a “nuestras” mujeres para después embutirlas en burcas y así sustituir a la religión cristiana por la musulmana. Particularmente efectivo es el mensaje digital del neo-populismo entre individuos disociados, náufragos sociales que convertidos en masa digital se sienten unidos por supuestos objetivos comunes. Los hilos se transforman en redes, las redes en organizaciones digitales y estas últimas en seres agresivos de carne y hueso, atizando la violencia en las calles.
Puede ser que no estemos frente a un nuevo tipo de fascismo, pero sí estamos frente a un antiguo tipo de barbarie formada por personas cuyos objetivos son renegar de los principios básicos de la sociedad liberal, ridiculizar a los defensores de los derechos humanos como “buenistas” o “progres” y luego erigirse como heraldos que llaman a combatir a todo lo que sea “políticamente correcto”.
En ese punto hay una evidente concordancia entre la masa tuitera y la masa callejera del antiguo fascismo. ¿Que hacer frente a ellos?
No hay otra alternativa -opina el citado Bernd Graff- que enfrentarlos en su propio terreno. Al respecto cita una iniciativa del partido de los conservadores de Baviera, CSU, orientada a formar expertos digitales que busquen revertir el mensaje del nacional-populismo. Pero tal como está presentada la idea, parece conceder más importancia a detalles técnicos que a políticos. Más importante sería que todos los partidos democráticos tomaran la decisión de enfrentar en conjunto el discurso de la nueva barbarie digital. Para realizar esa tarea habría que partir de un principio: los problemas nombrados por los nacional-populistas no son inventados; existen. De ahí el éxito que obtienen.
Las migraciones, las pérdidas temporales de puestos de trabajo, la globalización de la producción y tantos otros fenómenos, son hechos reales. Pero cada uno de esos problemas tiene soluciones diferentes, y ninguna de ellas debe pasar necesariamente por el desmontaje de la democracia, por la negación de los derechos humanos, por la destrucción de organismos supranacionales como la UE. Lo dicho lleva a deducir que la defensa de los valores democráticos debe ser asumida de modo activo y militante, no solo por las fuerzas políticas sino también por quienes están encargados de preservar los valores culturales de nuestro tiempo. Sí: me refiero a los intelectuales (sin comillas) entendiendo bajo esa rúbrica a todos los profesionales que tienen que ver más con la elaboración de ideas que con su aplicación.
2.
¿Qué haces tú Fernando metido en medio de esa chusma tuitera? No hay día en el que no tenga que escuchar una advertencia similar de conocidos, amigos y personas que me rodean. Mi respuesta inmediata es la de que uno no elige los campos del antagonismo. Simplemente están ahí.
Naturalmente, agrego, uno quisiera discutir a través de ensayos y libros, pero el hecho objetivo es que los enemigos reales, no los virtuales, están organizados en redes. Puedo naturalmente ignorarlos y afirmar con arrogancia que la tarea del intelectual no pasa por mezclase con el vulgo. Pero si quiero de verdad enfrentar a quienes considero enemigos, es mi obligación salir a buscarlos en sus propios nidos.
Y no lo voy a negar, a veces me gusta hacerlo.
Pienso que un tuit bien escrito es un buen ejercicio mental. No pocas veces, inspirado en discusiones tuiteras, he escrito artículos extensos. Una frase bien tuiteada, dicha en el momento preciso, puede desarticular a más de alguna idea preconcebida, diluir un prejuicio negativo, desorganizar un tabú opresivo. Así como ayer hubo profesionales de la cultura que decidían abandonar momentáneamente sus bibliotecas para combatir en las barricadas, hay otros que sentimos la necesidad de acudir a las redes y enfrentar allí mismo a los representantes de la barbarie organizada. El escritor español Arturo Perez Reverte lo dijo muy claro: “la atracción que ejerce Twitter es la de un territorio peligroso frecuentado por muchos hijos de puta”.
Nadie va a objetar a un pensador si no quiere introducirse en las redes. Después de tantos fallidos imperativos categóricos he llegado al convencimiento de que cada uno es dueño de hacer lo que quiera en esta vida, siempre que no transgreda las normas derivadas del derecho público. Se trata de una opción estrictamente personal. En lo que respecta a este servidor, ir a las redes significa contribuir a impedir que esos vástagos de meretrices, mencionados por Perez- Reverte, se adueñen del espacio comunicacional. Un espacio cada día más decisivo en la formación de los llamados discursos políticos.
Con Gramsci estoy de acuerdo en que la lucha política es lucha por la hegemonía. Conmigo estoy de acuerdo en que, por lo menos parte de esa lucha, hay que librarla al interior de las redes, arriesgando, naturalmente, que cientos de descendientes de la tal por cual, te calumnien, te difamen y te insulten.
Al fin y al cabo, todas las guerras han sido y serán sucias.
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