Excepción y oportunidad

2 de mayo, 2020

Llevamos años escuchando a los economistas decir que “en economía, siempre se puede estar peor”. En efecto -y justo cuando se avistaban pálidas señales de liberalización que vendrían a corregir algunas de las muchas distorsiones que ha encajado el socialismo del siglo XXI- el curso del declive venezolano confirma de la manera más brutal posible que todavía quedan sótanos por inaugurar. La tremebunda crisis de base –inseguridad alimentaria, hiperinflación, destrucción del aparato productivo, colapso de servicios públicos, entre otras muescas- agudizada por los efectos globales de la pandemia, nos recuerda que al imprevisto nunca se le puede desatender, por más arduo que sea el cálculo de su irrupción y alcance. Y que cuando interfiere con ciertos planes -como esa “niebla de la guerra” que, según Von Clausewitz, enturbia la mira de estrategas y tulle a ejércitos frente al enemigo que no logran precisar- lo justo es detenerse a trazar nuevas movidas, en especial si la vida de las personas depende enteramente de ello.

Las reacciones hacia lo interno, empero, distan de esa flexibilización, de ese reacomodo a nuevos paradigmas que, básicamente, anuncian la marcha a ciegas a través de un campo atestado de inéditas, aleatorias tarascas. En la medida en que la situación se enreda para un gobierno que, aún con poder de facto, ya no podía sino reaccionar anémicamente a las demandas más básicas de la población; en tanto la caída de precios del petróleo (cuya comercialización, la de los exiguos 660 mil b/d que hoy se extraen, está restringida por las sanciones) hace apenas viable el negocio, y la falta de gasolina retrata de cuerpo entero el calado del destrozo en Pdvsa (¿la salvará una reestructuración que la lanza en brazos de Moscú?), en otros cotos parece avivarse la fatua candela del “mientras peor, mejor”.

Erizos y zorros
Así no faltan quienes en medio de un incendio que demanda gestión oportuna y ad hoc, y a espaldas del costo que implica no saber leer el momento, insisten en no alterar la linealidad de la estrategia vigente antes de la llegada del Covid-19. Menguas del juicio político, diría Isaiah Berlin. Y con ello, incapacidad para asimilar la complejidad y sus matices, “erizos” aferrados a una visión limitada de la solución en lugar de pragmáticos “zorros” dispuestos a dudar de sí mismos e incorporar el agobio del azar, el peso de la fricción en sus cuentas.

En virtud de esa mirada que parece no inmutarse ante el infierno recrudecido, que desde un bonito flyer se limita a pedir “más acorralamiento” para los jerarcas mientras el resto del mundo forcejea con sus propias distopías, la política interna es apenas un eco lejano. En la arena donde ayer se alzaban dos claros antagonistas, hoy no vemos mucho más que a un maltrecho gobierno peleando con su sombra, haciéndolo todo mal, cada vez peor, pero prácticamente sin muros de contención ni rivales que logren atajarlo. La gestión de la pandemia ya otorga grueso protagonismo a quien estruja como puede –y porque puede– la oportunidad. Entretanto, la “sagaz” contraofensiva que plantean sectores radicalizados es esperar a que este caiga por su propio peso, fiarse de que “los impulsos, cuando menos imprevisibles, de Trump” -Felipe González dixit– apuren la rendición; o que finalmente sea un estallido social “liberador” (y en pleno auge del ciclo de contagio) lo que acabe con dos décadas de entronización, abuso, expoliación, privación del ethos democrático, vocación para la represión y hegemonización del espacio político doméstico.

¿Cólera purificadora?
La protesta no se ha hecho esperar, es cierto. Según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social se registraron más de 500 protestas en el país durante las tres primeras semanas de abril, amén de saqueos a transportes de alimentos y comercios. La contracción de la actividad económica informal por causa de la cuarentena pone a sectores vulnerables al borde de un barranco muy nítido. No obstante, cuesta creer que esa misma población famélica, desangrada, amenazada por el virus y sin coordenadas políticas, armará una suerte de mesnada capaz de poner contra las cuerdas a un régimen presto a usar la fuerza para desbaratarla. Como ya observaba Huntington en 1968, no son precisamente sociedades hambreadas las que favorecen movilizaciones tendientes al cambio, sino las tocadas por aquellas bondades de la modernización (sociedades con antagonismos de clase pero en “evidente auge económico” afina Crane Brinton) que amplían la conciencia política, multiplican las demandas de los diferentes sectores sociales y ensanchan su participación.

El mito revolucionario de la violencia como “partera de la historia” podría toparse en este tiempo con espléndidas refutaciones. No hay fuelle para esa “cólera purificadora” y sí necesidad de un liderazgo que trascienda la inane crítica al establishment, que busque formas de responder idónea y constructivamente a la genuina emergencia, una que lleva a las personas a pedir ser atendidas, no instrumentalizadas, en el marco de cierta ponderación.

Actúo; luego, existo
La excepción, claro, beneficia a autoritarismos persuadidos de su facultad para embestir la norma. Sin embargo, el gobierno de Maduro no luce tan cómodo: así, apela a nuevos enroques, resucita inoperantes controles de precio, tantea privatizaciones in-extremis, se ensaña contra la disidencia al tiempo que pide “cese al fuego” y acuerdos humanitarios; se victimiza, redobla sus ataques al “imperio”, dispone erráticamente, acusa el golpe de tanta torpeza acumulada. Pero sus extravíos parecen hacerle menos mella en virtud del baile en solitario, de respuestas que demonizan la cooperación de actores locales y dejan el devenir a merced de trances ajenos a nuestra diligencia. Lo más grave: sabemos que la ruta de una “destrucción mutuamente asegurada” y soportada por la inacción, sólo garantizará daños a una población a la que la pandemia impone su ultimátum.

Cabe preguntar, entonces: si habilitar una negociación -como ahora plantea EEUU- depende del debilitamiento del otrora irreductible adversario, ¿por qué no explorar la zona de oportunidad, ensayar nuevos clivajes, rendir al máximo la reducción de la asimetría y abogar por condiciones que, dada la sombría proyección de la post-pandemia, sigan abonando al interés general; y hacer política, aún en condiciones excepcionales? Una respuesta a la altura de las circunstancias sin duda acreditará a esos actores, restituirá su activa visibilidad en medio de escenarios donde, más que nunca, los medios prometen condicionar los fines.

@Mibelis

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