En las trincheras

15 de junio, 2021

Últimamente me veo como un hombre de cincuenta años, mirando por el balcón con un libro de Milan Kundera en la mano y un café en la mesa. Esa imagen de actitud cavilosa y pensativa es parte de una manera con la cual me conduzco cada día, pero también es cómo me visualizo a mí mismo después de un tiempo de camino. He asumido el desarraigo con una actitud altiva y no puedo sino estar atento al presente, mientras evoco el pasado apuntando a un futuro que más que incierto, obliga a aterrizar en las certezas. Tal vez compré boletos de galería y la vida me pasa por delante como un espectador embaucado. Creo que en algunos asuntos ya estoy de regreso y en otros me preparo para apenas comenzar a dar los primeros pasos hacia lo desconocido.

Confianzas y desconfianzas
En una reciente entrevista apareció como rasgo característico de mi personalidad la confianza. Pienso que confiar en los demás es ciertamente algo que me define, sin caer en el extremo de la ingenuidad. Cuando confiamos, depositamos elementos propios en otras personas y se genera un vínculo especial con quienes nos rodean. Una vida repleta de confianza da alegría y sensación de plenitud y bien vale la pena ser vivida. La intuición generalmente me asiste. Cuando esa cosa extraña que es tan básica como animal que pertenece a un grado de percepción tan particular como es la intuición nos guía, poseemos una especie de poder particular y afinado. Por el contrario, el universo de las desconfianzas hace de la vida una mengua, un espacio oscuro de nuestro entorno y exalta lo peor de lo humano. Transitar con confianza puede ser la marca que define actitudes y maneras de ver las cosas. Esa confianza a su vez, con la cual me vinculo y me marca, es la fuente de mis mayores alegrías, pero también es el lugar en donde una y otra vez aterrizo de la mano con los peores desencantos.

Puñalada trapera
¿Quién pierde más, el que traiciona la confianza o el traicionado? La historia de lo humano es una repetición al infinito de ruptura de lealtades una y mil veces reproducida. Peines, trampas, zancadillas, agujeros sin fondo, callejones sin salida, batidas de los más cercanos, señalamientos con el dedo, entrampamientos planificados. Sin embargo, siempre hay espacio para la confianza o de lo contrario seríamos hienas devorando hienas. Tal vez de eso se trata el meollo de la existencia: ser capaces de confiar y asumir las consecuencias a las cuales nos lleva ese temerario acto. En lo personal me he paseado por la escalinata del ascenso humano y siempre me han tratado de jalar para abajo. Es precisamente esa convicción en lo que hacemos lo que nos permite seguir subiendo sin temor al vértigo de las alturas. Somos equilibristas de la cuerda floja en un eterno espectáculo en el cual ponemos la vida en riesgo. Somo los equilibristas que no usamos la maya protectora en caso de caída.

Modus operandi
Por necesidad hago la cola para entrar a un supermercado y un hombre se lanza desde lo más alto del centro comercial y cae a pocos metros de mí. Con la impresión de ser testigo de la consumación del suicidio de un desconocido me retiro del lugar. El puesto que ocupaba en la fila es inmediatamente ocupado por una persona que aprovecha la confusión para posicionarse lo más cerca de la entrada de la venta de comida. Lo que para unos es el horror, para otros es la oportunidad de ganar un poco de tiempo y exhibir lo poco que le puede impresionar la vida y la muerte. Tal vez esa necesidad de pasarle por encima a lo sagrado forme parte del acto de sobrevivir, sin embargo, no lo comparto y mucho menos podría practicarlo. Creo solemnemente que existen espacios sagrados a los cuales hay que respetar. La manera como se comportan algunos me aleja tanto de ciertas dimensiones de lo humano que necesariamente me veo en la necesidad de compartir mis pareceres con aquellos en quienes confío. Eso para mí es extremadamente importante: Debe existir un espacio para la confianza o gana lo más turbio de la existencia. Me resisto a banalizar la muerte y el desventurado camino que pretende hacerle daño a los demás. Acabar con el talento siempre será un logro para ser exhibido por parte de los mediocres. Hacer que uno piense de manera retorcida es la máxima consumación de la ausencia de bien. Guerras sin cuartel, granadas que no estallan, el lodazal que acompaña las batallas, el desconocido a nuestro lado de quien depende nuestra vida. A veces se me antoja que la vida es un campo de lucha entre situaciones extremas y concentraciones tóxicas de vanidades. Menos mal que existe lo afectuoso, el cariño, el amor, la amistad y el placer compartido. De lo contrario estaríamos en un barril sin fondo. Sin amor la vida tiene poco sentido. Lo amatorio da sentido exponencial o trascendente a nuestras vidas. Sale el sol que anuncia un nuevo amanecer, que en realidad es un desafío que se nos pone por delante. Una buena dosis de serenidad es fundamental para asumir la travesía.

@perezlopresti

 

El Universal

 

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