En busca del discurso perdido

26 de septiembre, 2019

Pueden gritar todo lo que quieran, mantener el insulto, seguir desgastándose en la diatriba estéril que nos tiene como detenidos en el tiempo mientras la asfixia lucha por las últimas bocanadas de aire disponible, pero es evidente a estas alturas que aunque la furia de este lado se descarga en los que con poco o nada que perder pusieron sus caras, en los dos lados de la trifulca hay gente apostando a la reactivación del juego político. Tanto en el lado de la autoproclamada revolución sin revolucionarios como en el de la oposición guerrera sin armas ni soldados, hay gente cansada de tanto juego fútil, de tanta alharaca sin sentido y de tanta pérdida de tiempo, de ilusiones y de vidas.
Y es por esta gente que se cansó, y que no está dispuesta a ceder al chantaje de los intolerantes que se explica que algunos hayan podido ponerse a conversar para no terminar enfrentados en algún tipo de guerra que no le conviene a nadie y después de la cual también habría que sentarse a hablar sobre escombros y cenizas. Es por eso que vemos hoy a un vicepresidente de la AN que recién liberado retoma el discurso político perdido y hace que muchos oídos escépticos se detengan a escuchar la ya casi olvidada música del entendimiento. Es gracias al esfuerzo de esos que son muchos más que los cuatro sobre los cuales la intolerancia aprendida descarga su ira y que no vemos pero que están ahí, que hoy tenemos a una bancada oficialista ocupando sus curules en un acto que tiene todo de extraordinario y que podría significar un viraje, esta vez con rumbo.
Y claro que se puede fracasar. Que el adversario no es nada confiable, que hay mil cosas que pueden salir mal y muchas que seguramente saldrán mal. Pero se fracasará en el intento de acercarse a una solución para todos usando el nombre de unos pocos y sin pedirle más sacrificios a nadie. Fracasaron, les dirán. Pero no podrán acusarlos de haber puesto en riesgo más de lo que ya están las vidas de todos.
No faltará la insistencia en el discurso estridente, en la trampa jurídica que beneficia al contrario, en el enredo innecesario y en la descalificación como un fin en sí misma, pero solo nos queda esperar que la sensatez termine por imponerse, que los que tienen que entenderse se entiendan no para beneficiar a un hombre o a un partido, sino para beneficio de todos los que habitamos este país llamado Venezuela, vivamos o no aquí.
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