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El voto de Dios

30 de septiembre, 2022

Por: Jean Maninat

Como si ya no fuera poco con las peticiones que le llueven al Creador desde todos los confines del planeta: ayuda para conseguir pronto un trabajo, que el ascenso tanto esperado llegue, que el carro robado aparezca, que el amor perdido regrese, que la llave extraviada vuelva a su lugar o que la paz mundial reine de nuevo, ahora, en Brasil, se le solicita un empujoncito más… que favorezca a Bolsonaro en las elecciones del domingo. En un país tradicionalmente católico, sin embargo, el 31% se declara evangélico, cerca de 65 millones de personas. Según la prensa internacional el actual presidente contaría con la mayoría de los votantes evangélicos, afiliados a una u otra de las tantas Iglesias que proliferan como sorgo con nombres exóticos de resonancia bíblica.

La caza del voto evangélico es abierta, la primera dama ha sido bautizada y su esposo se ha hecho rodear de eso que llaman “connotados líderes” religiosos, que además cuentan con una presencia importante en la jaula de grillos que es el parlamento brasileño. Su influencia real en el Gobierno es difícil de medir, pero a medida que la campaña ha apretado y Lula se mantiene como favorito en las encuestas, es probable que el precio a pagar por las promesas realizadas sea costoso. Por lo pronto, se ha pagado tributo con la adopción del lenguaje conservador que quiere borrar, altaneramente, los avances logrados en materia de convivencia social y respeto de las diferencias en las últimas décadas.

Cada quien podrá juzgar el efecto que tienen estas Iglesias en las sociedades donde actúan. Sus adeptos son mayoritariamente pobres y desasistidos y encuentran refugio en templos que pueden ser lujosos como palacios, o tugurios que asemejan más a una cervecería que a un lugar de culto. Algunas son verdaderos emporios, con canales de televisión y redes regionales con presencia en varios países. Las Iglesias evangélicas brasileñas están entre las más poderosas e influyentes de la región. De allí su alta cotización en el mercado político de Brasil y lo preocupante de su influencia. Son maquinarias económicas revestidas con mantos religiosos.

La participación de las religiones en política no es nada nuevo. Los tres grandes monoteísmos han sido activos en la política sin que nadie se asombre ni se alarme, salvo con el surgimiento de los integrismos fanáticos. El pensamiento socialcristiano ha sido una corriente potente y sofisticada que ha contribuido a modelar la acción y la teoría política moderna, por tan solo citar un ejemplo. ¿Por qué alarmarse, entonces, con la insurgencia política evangélica? Porque, hasta ahora, no ha elaborado un pensamiento, una doctrina, que no sea adelantar los intereses de secta (muchas veces eminentemente económicos) que nada tienen que ver con la revolución que inició Lutero con sus 95 Tesis de 1517. Llamar protestantes a estas Iglesias es un irrespeto ignorante y probablemente malintencionado de la competencia.

 

En todo caso el voto de Dios es nulo por definición.

 

@jeanmaninat

 

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