El dirigente fanático

29 de febrero, 2020

Frente a una realidad tan compleja y desbordante, parece imposible conducirse con racionalidad política. Son innumerables las variables que van cambiando y resultan impredecibles las cosas que pueden ocurrir: desde una tercera guerra mundial hasta una implosión del chavismo como vaticinan algunos que se mojan el dedo con saliva para ver hacia dónde corren los vientos. Lo cierto es que hoy luce imposible hacer el más mínimo esfuerzo de entender las relaciones causa y efecto, darle algún sentido a las acciones políticas, entender los detonantes y sus implicaciones. Los peligros se banalizan, las trampas se encubren o minimizan como si fuésemos inmunes a las consecuencias; las mentiras se justifican porque, aunque bajo el sol no hay nada oculto, lo importante es el inmediato hoy: mañana ya veremos. Todo esto debe conducir, obligatoriamente, a una neurosis colectiva.


Emerge hoy el deseo desesperado de encontrar explicaciones totalizantes, omniabarcantes, revolucionarias y decisivas. Diseñar un acontecimiento que genere un antes y un después. Cualquier esfuerzo por asimilar experiencias, observar qué ha resultado y qué ha fracasado, vislumbrar un camino o iniciar un proceso hoy luce desfasado, frío, poco empático, nada comprometido con la lucha que sostiene el pueblo venezolano.

Este terreno es fértil para que florezca, nuevamente, la cizaña de la demagogia y el populismo. Para que cundan las simplificaciones y las alucinaciones mesiánicas. Basta que un discurso se adapte a los deseos y fantasías de un grupo soliviantado por la rabia, para que aquello cunda por todas partes, ayudado de la informática, fake news y demás laboratorios de ficciones disfrazadas de información veraz y oportuna.

Lo que queda: la rabia

Podríamos volver a ser la presa fácil de simplificaciones devoradoras de cerebro y de hombres. Argumentos pueriles que se acomodan bien a nuestros prejuicios y con frecuencia desatan una dinámica interminable de recriminaciones a individuos, grupos, partidos, gobiernos de otros países, etc., de todo aquello que sucede sólo por responsabilidad propia. La seducción de la rabia está revestida de sencillez; sus impulsos son tan básicos y primitivos que invitan a la caída libre, renunciando a la búsqueda de interpretaciones que se abran a la complejidad, rechazando toda evidencia que pueda reconducirnos al razonamiento y por ende, mitigar la rabia.

La rabia es una epidemia moral: una plaga que va consumiendo la capacidad humana de disipar conflictos, controlar situaciones complicadas, salvar vidas. Es la conducta propia del fanático, del enceguecido por la pasión de la ira que ilustran tantos clásicos de la literatura universal. A propósito del dirigente fanático, Victor Frankl decía que era capaz de ignorar la dignidad y la libertad de decisión de las personas que no piensan como él. Y ponía el ejemplo de Hitler que alguna vez dijo que la política era el juego en el que estaban permitidas todas las trampas: “En mi opinión –decía Frankl– no hay nada tan característico del fanático como el hecho de que para él todo se convierte en una simple trampa, en un simple medio para conseguir un fin. La política fanática no se detiene ni ante los hombres, sino que los incluye en sus objetivos políticos. A través de la política fanática se politiza al hombre, en lugar de humanizar la política”.

Lo que caracteriza a epidemias psíquicas, como la rabia, en contraposición con las somáticas, tales como un shock postraumático, es que aquellas pueden desencadenar catástrofes y guerras. Por eso, el psiquiatra vienés aconsejaba remediar estas neurosis colectivas como la tarea más urgente de la higiene psíquica de una sociedad.

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