El amor en tiempos de COVID

2 de febrero, 2021

En 1918 se esparce por el mundo la llamada “Gripe Española”, una peste de mucha gravedad causada por un brote del virus influenza tipo A, del subtipo N1H1. Según relatan las crónicas fue una pandemia devastadora, que se esparció a gran velocidad y que cobró la vida de más de 40 millones de personas en todo el mundo, muchos más muertos que los caídos durante la Gran Guerra que terminaría el 11 de noviembre de ese año.

Un mes antes, el 10 de octubre, se detectaron los primeros casos en Venezuela, concretamente en el puerto de La Guaira, con enfermos que desembarcaron durante esa semana; y ya para el día 18, una semana después, se diagnosticaron los primeros casos en Caracas. La enfermedad se propagó por todo el país con una inusitada velocidad, pues no solo era de suyo la propagación del virus, sino que además el país carecía de servicios sanitarios y estaba sumido en la pobreza y en la ruralidad gobernado por “el gañan de la Mulera” como Rubén González Cárdenas llamaba a Juan Vicente Gómez. El general Gómez fue un prolífico padrote, según nos cuenta Manuel Caballero, a quién se le adjudicó la procreación de 78 hijos de acuerdo a una lista, hecha de su puño y letra. Los hijos del Benemérito, habidos con sus parejas conocidas o no, siempre fueron protegidos por su padre, y muchos de ellos ejercieron cargos públicos, siendo los nacidos de Dionisia Bello y de Dolores Amelia Núñez Cáceres quienes se encumbraron en las más altas esferas del poder.

En medio de esa marea de hijos sobresale uno como el dilecto del general, el coronel Ali Augusto Gómez Bello habido con Dionisia Bello y nacido en La Mulera. Aun cuando Gómez era un padre preocupado por el futuro de todos, en ningún otro hijo se nos muestra la predilección que siente por este. En 1902, encontrándose de reposo en Caracas después de haber sido herido en una pierna batallando en Carupano bajo las órdenes del presidente Cipriano Castro, envía una carta a su hermana Indalecia y le pide que lleve a Ali de 9 años desde el Táchira hasta la capital para que lo acompañe en su convalecencia pues “lo extraño mucho”, le escribe. A su muerte se encontraron trozos de papel – pocos -que hacían referencia a sucesos que habían marcado su vida y en uno de ellos recuerda que Ali fue el único de sus hijos que durmió en su cama: para un hombre que no permitía que ninguna persona pasara la noche en su lecho, ni aun cuando se tratase de sus mujeres, el hecho de que Ali pernoctara con su padre era una distinción de afecto y predilección sobresalientes frente al resto de la prole.

Ali cae enfermo contagiado por la gripe “española” y muere en Maracay en noviembre de 1918, donde ejercía la vicepresidencia del estado Aragua y lo que le permitía al hijo mantenerse muy cerca de su padre. Cuenta Juana Cristina Gómez Núñez, hija también del general, que su padre lloró desconsoladamente la muerte del predilecto y que estuvo encerrado en su casa durante varios meses, preso de la tristeza. Ali en su lecho de muerte reclamó repetidamente la presencia de su padre pero el general Gómez se negó a ir a verlo; y el hijo favorito murió sin el acompañamiento ni el consuelo de su papá, y sin poder despedirse de su héroe. Es llamativo por contradictorio que en esa misma crónica sobre la muerte de su medio hermano, Juana Cristina relate cómo en una oportunidad su padre la hizo montar a caballo y saltar una empalizada aun cuando ella se negaba a hacerlo acogotada por el miedo. Después que la hija obedeció, Gómez le dijo: “los miedos se vencen, yo no quiero hijos miedosos”.

Pues bien, la llegada del COVID desde el año pasado ha significado que muchos de nuestros semejantes tengan que sufrir los embates de la pandemia solos, muy solos, en los centros donde son recluidos ya que no se les permite a los familiares ni a los seres queridos acompañarlos durante el proceso. En muchos casos los contagiados agonizan y mueren sin el consuelo de los suyos quienes se enteran del deceso por medio de impersonales llamadas de teléfono. Sumado a la desarticulación social que significan las medidas de aislamiento que se han impuesto en el mundo como disposiciones preventivas contra la propagación del virus, está también la reclusión forzosa a la cual vemos sometidos dentro de las propias familias a algunos de sus miembros quienes por presentar síntomas de “algo” son aislados y se les da la comida como si de animales de zoológico se tratase. En todo caso hay que entender que más miedo tiene el enfermo que aquel que se acerca a él bajo la suposición de que puede contagiarse.

A los que fuimos criados en la convicción de que el miedo es un malsano “vicio” del carácter y no una certera respuesta de nuestro organismo ante una amenaza accionada por el instinto de conservación, nos resultaba familiar que frente al más leve síntoma de cobardía el tratamiento se basara en forzar la “virtud” del coraje; pero la experiencia nos ha enseñado que obligar a alguien desde la superioridad que comporta un rol de autoridad sin considerar las condiciones en cada caso puede producir la respuesta contraria. En la actualidad se apela más a la razón del miedoso y al acompañamiento de los padres para vencer los miedos, que a la correa correctora de la supuesta debilidad de carácter de los hijos.

La enfermedad, el dolor o la muerte son temas que siempre nos resultan muy difíciles de manejar, que nos producen miedo, pero que son parte de nuestro destino fatal y toparnos con ellos es ineluctable. La soledad en el hombre es “radical”, como lo refiere Jutta Burggraf, pero esa soledad se compensa con el “otro” y es cuando el hombre pasa a ser remedio para el hombre. En la mayoría de los casos somos incapaces de aliviar la enfermedad ni el dolor, unas veces porque la medicina curativa toma su tiempo en actuar y, en otras, porque la medicina paliativa mejora el sufrimiento, pero no esquiva el desenlace; siendo en esos momentos cuando tenemos que ejercer nuestra capacidad de amar para saber acompañar, consolar, confortar y hacer para el “otro” el trago amargo lo más dulce posible. Y si es dentro de la familia con más razón, aunque la mayor parte de las veces nos rodearán personas a las que podremos aliviar con una palabra, con un gesto, con un abrazo, con una visita durante el trance difícil porque este modo de vivir hace mucho bien, no solo al sufriente sino también al que acompaña, pues el que de este modo ama, da algo de sí mismo, de su propia vida, de lo que está vivo en él. El que comparte se da a sí mismo y por eso no podemos perder la oportunidad, habiendo a nuestro alrededor tanta gente sufriendo, para amar en tiempos de COVID.

@rodolfogodoyp

 

El Reporte Global, no se hace responsable de las opiniones emitidas en el presente artículo, las mismas son responsabilidad directa, única y exclusiva de su autor.

A %d blogueros les gusta esto: