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Déjà vu

26 de septiembre, 2021

Por: Rodolfo Godoy Peña

En 2014 se estrenó la película “Al Filo del Mañana” (“Edge of Tomorrow) protagonizada por Tom Cruise, donde interpreta a un oficial sin entrenamiento en combate que es lanzado al campo de batalla en una guerra contra extraterrestres. Le encargan una misión casi suicida y resulta muerto. El protagonista sucumbe cada día y atrapado en un bucle temporal, vuelve a empezar desde el inicio, lo cual le permite en cada bucle ir llegando un poco más lejos y mejorando sus habilidades guerreras. El actor de cada fracaso aprende, cambia de estrategia, toma otros caminos y así, poco a poco, va sobreviviendo más tiempo cada día.

Cada jornada que pasa vuelve a morir, y como si de un reinicio se tratase, torna a empezar el siguiente día en el punto de partida. El sujeto deberá ir cambiando. Aprende de cada parte del trayecto lo que lo aniquila y de ese modo, al día siguiente, evita ese peligro. Está en un aprendizaje constante y sus acciones dentro del bucle se van adecuando a los acontecimientos, aprendiendo de sus errores, de aquello que el día anterior lo hizo fracasar. Corrige para evitar el exterminio de la humanidad.

No siempre tenemos oportunidad del “eterno retorno” de los estoicos, sino que, más bien, en la mayoría de nuestros eventos vitales no aprendemos de nuestros errores y por eso aquella sabia conseja popular que dice que el “hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Para poder aprender de nuestros errores debemos emplear un grado significativo de humildad. El declinar la culpa en los otros o en cualesquiera circunstancias fuera de nuestro control no permite que hagamos un análisis ponderado de las situaciones y eso, inexorablemente, nos lleva a repetir el error.

En el año 2015, con ocasión de la celebración de las elecciones legislativas en Venezuela, los candidatos opositores decidieron realizar una campaña electoral donde la estrategia que utilizaron los detractores del PSUV fue plantearles a sus votantes que aquellos comicios eran un plebiscito contra el jefe del poder Ejecutivo; es decir, que engañaron a sus votantes. No era, en ningún escenario, un referéndum, sino que era una elección legislativa.

Como si aquel desbarre no fuese suficiente, se lanzaron a propagar como oferta electoral que la solución a todos los problemas del país se haría desde la Asamblea Nacional; es decir que se la convertiría – según esos adelantados – en una especie de Poder Ejecutivo, aun a sabiendas de la incapacidad y las limitantes del Poder Legislativo para ser un real ejecutor de políticas públicas. La Asamblea es el sitio idóneo para el debate, para la formación de consensos, por lo cual era ridículo oír a los candidatos opositores ofrecer, por ejemplo, la “solución” al problema eléctrico del país o de las colas causadas por el desabastecimiento, etc., si eran elegidos diputados. Engañaron a los votantes.

En esa misma campaña, una vez confundida la estrategia y puestos a ofrecer absurdos, los candidatos a diputados enfilaron sus baterías planteando una diatriba contra el gobierno central como si de una elección presidencial se tratase. Muchos de esos candidatos no hicieron ofertas electorales reales para aliviar legislativamente a los habitantes de sus circunscripciones, sino que les bastaba con ofrecer antagonizar con el presidente de la República. Ofrecer modificaciones legislativas o reformas legales se hacía innecesario, ya que la meta era llegar a la Asamblea Nacional con el fin de derrocar al presidente Nicolás Maduro. No lo lograron, ni en seis meses, ni en 5 años. Engañaron a sus votantes.

Y como si de la continuación de la película referida se tratase, el ciclo vuelve a empezar, pero – lastimosamente- el bucle temporal en el que está atrapada la oposición del país no es como la versión de Cruise, sino que en esta adaptación venezolana los actores siguen sin rectificar. No tiene la oposición venezolana la más mínima intención de vivir otro día para avanzar un poco más, para dar futuro, por el contrario, parecieran dispuestos a morir, otra vez, sin solución de continuidad, sumidos en el engaño y la inmediatez.

Lo que estamos viviendo rumbo a estas elecciones regionales del 21N parece un episodio de paramnesia reduplicativa. Un Déjà vu vuelven los candidatos de la oposición a intentar disputar las gobernaciones y alcaldías confrontando con el gobierno nacional, aunque no se esté midiendo al presidente sino a los poderes regionales y locales. Es oír a Tomas Guanipa – quien pretende ser elegido como Alcalde de Municipio Libertador – afirmar que “el mayor problema de Caracas está en Miraflores y el compromiso es derrotarlo para liberar a Venezuela” pero que no le plantea al pueblo de Caracas, por ejemplo, modificar el plan vial o la reducción de los impuestos con la finalidad de atraer más capitales a su municipio y generar más y mejores empleos; esas sí serían sus posibles competencias y esos podrían ser los problemas que debería abordar en caso de ganar, ya que Guanipa no está participando para medirse con el jefe del poder Ejecutivo. Seguramente después – en el hipotético caso de conseguir la Alcaldía – le echará la “culpa” a Miraflores de su propia incompetencia.

O es también escuchar a Carlos Ocariz – candidato a la gobernación de Miranda – afirmar que ya tiene conformado su comando de campaña para este evento y “…para que el año que viene podamos tener una elección presidencial…”, que es como un ritornelo del “En seis meses te vas, Nicolás” de Ramos Allup. Ocariz no le plantea ninguna solución a los mirandinos.

Estoy convencido del carácter moral de nuestro pueblo y persuadido de su inteligencia, y es por ello que la estrategia de engaño que llevó a la oposición a ganar en 2015 en esta oportunidad no deberá tener el mismo resultado que luego se convertirá en otra ocasión perdida para los venezolanos; y es por eso que pienso, sin ninguna duda, que lo más promisorio de este evento electoral que se avecina será la posibilidad de “expurgar” a los dirigentes políticos opositores del país. Ya falta menos para saberlo.

 

@rodolfogodoyp

 

  

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