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Con palos y piedras

16 de enero, 2022

Por: Rodolfo Godoy Peña

En octubre de 1962 el mundo observó con la respiración contenida cómo se desataba un peligrosísimo conflicto entre Estados Unidos y la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), por la instalación de misiles nucleares de mediano alcance en la isla de Cuba, sobre todo porque los soviéticos habían logrado instalar 5 silos de lanzamientos antes de que los aviones espías estadounidenses los detectaran.

El conflicto que se avizoraba catastrófico, sin embargo, no tenía su génesis allí, sino que se había iniciado en 1953 cuando el presidente Eisenhower, amparado en el Tratado del Atlántico Norte (OTAN), había mandado instalar misiles nucleares de alcance medio en Italia y en Turquía, lo que hacía posible que esas armas tuvieran la capacidad suficiente para agredir a la Unión Soviética. Fue frente a esta amenaza norteamericana que los soviéticos almacenaron armas en la frontera con Ucrania, en la región de Transnistria, que hoy pertenece a la República de Moldavia, país que en la guerra fría formaba parte de la URSS. Todavía hoy, como recuerdo nefasto de aquella de época de zozobra y miedo, se encuentra allí un depósito con unas 20.000 toneladas de armas y municiones.

Por otra parte la tensión en el Caribe se había intensificado con el triunfo de la revolución cubana y el intento de invasión de Bahía de Cochinos, aupada y financiada por el gobierno de Estados Unidos, que se saldó con un rotundo fracaso luego de que el régimen castrista pudiera conjurar la amenaza en menos de 72 horas. Frente a esa humillante derrota el gobierno norteamericano empezó a trabajar en una invasión a la isla, ya no amparada por cubanos en el exilio como lo fue la fallida expedición anterior, sino directamente como una fuerza de intervención. Estos planes de invasión fueron interceptados por los servicios secretos rusos quienes los pusieron en conocimiento de los cubanos y fue así como, de manera conjunta, cubanos y soviéticos, decidieron instalar los lanzacohetes nucleares en la isla con ánimo de disuadir a Washington de ejecutar el ataque contra Cuba.

La historia se repite con los mismos actores principales, pero en un escenario distinto: desde el acercamiento de Rusia a la OTAN a principios de los años 90 se había acordado la no expansión militar de las fuerzas del Tratado hacia Europa Oriental o hacia los Balcanes; sin embargo, la OTAN, incumpliendo con lo acordado y aprovechando la debilidad de la Federación Rusa, luego de la disolución de la URSS, acometió cinco avanzadas a través de Europa Oriental. En 1996 Gorbachov escribió en sus Memorias que «durante las negociaciones sobre la unificación de Alemania se dieron garantías de que la OTAN no extendería su zona de la operación hacia el este» pero en violación de esos acuerdos ya a principios de los 90 la OTAN llegaba a Polonia; y hoy se acerca peligrosamente a la zona de seguridad rusa, con el intento de los británicos de establecer una base naval en el Mar de Azov y con la incorporación de Ucrania al dispositivo militar del Tratado. Inevitable recordar que toda esta situación en la región del Mar Negro es de gran importancia geoestratégica para Estados Unidos y de su mayor interés en sus esfuerzos por socavar tanto a Rusia como a China.

Rusia, en cambio, hoy sí está en posición de hacer cumplir el acuerdo que tenía con la OTAN, porque si bien es cierto que no podrá lograr que las bases militares de las fuerzas del Tratado abandonen los países bálticos, o Europa Oriental, también es cierto que esta vez sí está en capacidad de impedir lo que sucedió en 2004 cuando de una tacada la OTAN incorporó a Letonia, Estonia y Lituania, todos estados fronterizos con la Federación Rusa.

La proliferación de armas nucleares en la actualidad es un desafío para la geopolítica, porque la capacidad del hombre de destruir al prójimo se ha incrementado y refinado después de la Segunda Guerra Mundial. Actualmente hay nueve países que han detonado armas nucleares y cinco de ellos están considerados “Estados Nuclearmente Armados” conforme al Tratado de No Proliferación Nuclear, a saber, Estados Unidos, China, Reino Unido, Francia y Rusia; además de la India, Pakistán, Corea del Norte y, eventualmente, el Estado de Israel.

La crisis de 1962 se saldó con una importante victoria para la Unión Soviética, porque los Estados Unidos no solamente se obligaron a no intervenir militarmente en Cuba, sino que además tuvieron que desmantelar los misiles que tenían posicionados en Turquía. El acuerdo de esa retirada se mantuvo en secreto pues contradecía la narrativa del triunfo de los norteamericanos en la crisis de Cuba, pero debemos resaltar que la verdadera “ganadora” de ese conflicto fue la humanidad entera, pues en aquellas horas estuvimos al borde de una guerra nuclear, como bien queda claro de aquel radiomensaje del entonces Romano Pontífice, san Juan XXIII, lanzado al mundo el día 25 de octubre de 1962 en una descripción perfecta del pánico que recorría el planeta: “He aquí que nubes amenazadoras comienzan a ensombrecer el horizonte internacional y a sembrar el pánico entre millones de familias (…) Suplicamos a todos los gobernantes que no permanezcan sordos a este grito de la Humanidad. Que hagan cuanto esté de su parte para salvar la paz; así evitarán al mundo los horrores de la guerra, cuyas terribles consecuencias nadie puede prever”.

El derecho que esgrimió el presidente John F. Kennedy en 1962 de proteger a su país de un ataque (no es lo mismo lanzar un ataque misilístico desde Pinar del Rio hasta Miami, que hacerlo desde Stalingrado), es el mismo derecho que defiende hoy el presidente Putin frente al intento de los aliados en la OTAN de seguir acercándose con ánimo bélico a las fronteras de su país. La crisis ucraniana está en pleno desarrollo y estoy convencido que es de una significación crucial para el destino de la humanidad como no se había visto desde la crisis de los misiles. En el episodio cubano hace 60 años privó la cordura del presidente Kennedy, esperemos que las partes entren en razón de nueva cuenta.

La crisis de los misiles fue el prolegómeno de un eventual holocausto nuclear, ¡Ojalá que lo que estamos presenciado en Ucrania no lo sea nuevamente! El mundo ya estuvo muy cerca de estar en una guerra global, pero esta vez sería de carácter nuclear, lo que nos recuerda la respuesta de Albert Einstein cuando se le preguntó acerca de esa posibilidad: No sé con qué armas se combatirá la tercera guerra mundial, pero la cuarta se peleará con palos y piedras.

 

@rodolfogodoyp

 

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