Coloquios

8 de agosto, 2021

Por: Rodolfo Godoy Peña

No tengo especial afición por la poesía, quizás porque no la entiendo. Ese género literario me es esquivo: si es endecasílabo, o si se trata de una silva, o un romance, o si por el contrario es un soneto, todo ello es inescrutable para mí y son los misterios eleusinos; pero lo que sí puedo entender y percibir perfectamente es la capacidad de los poetas de transmitir sus emociones en un contexto de belleza retórica que nos está vedado al resto de los mortales.

Me sucede que cada vez que leo a Andrés Eloy Blanco, vienen a mi cabeza, inevitablemente, las palabras del Evangelio de Lucas: Porque de la abundancia del corazón habla la boca”; y es quesolamente un hombre con la formación moral y el corazón lleno de bien como el bardo cumanés puede ser capaz de escribir con la belleza y la certeza de la virtud como lo hizo ese emblema de las letras patrias.

Mi primer contacto con Andrés Eloy –y que se hizo vitalmente definitivo- lo tuve desde mi niñez por boca de mi madre, quien a su vez lo había recibido de los labios de mi abuelo; y es que mamá nos dejaba caer a sus hijos oportunas y adecuadas estrofas del poeta para ilustrarnos situaciones de carácter formativo. Todavía conservo como un tesoro –a pesar de incontables mudanzas donde en cada una de ellas he tenido que separarme dolorosamente de pedazos de mi biblioteca- un poemario de Andrés Eloy que me regalaron mis papás y que se ha mudado conmigo cada una de esas veces, y el cual espero -y deseo- que me acompañe hasta el final de mis días. Me lo obsequiaron con ocasión de mí cumpleaños hace ya 30 largos años, y en la dedicatoria reprodujeron una estrofa del Coloquio bajo el Laurel:

“Tú eres el hombre, hijo, de la hora esperada,

pero si has de creerme, la bondad es lo cierto,

y para poseerla, precisa ser valientes;

la bondad es lo dulce del valor y el respeto” AEB

Cada vez que me topo con el poemario, y en función de los años que van pasando, descubro un sentido más rico y pleno del verso en particular y de los coloquios en general. La parábola vital va amoldando la interpretación de las estrofas del poeta y me permiten una intelección más profunda tamizada con la experiencia, y especialmente con la llegada de los hijos pues cuando se tiene un hijo…” se tienen todos los hijos del mundo.

Todos queremos modelar hijos felices, seres plenos que sean hombres y mujeres que contribuyan al bien de la sociedad. La paternidad es una actividad de la vida que se aprende en el camino; es esa “poiesis” en la que debemos empeñarnos los padres para que la prole sea colmada en lo que su naturaleza le reserva, y aun cuando ha sido una preocupación constante de los educadores, psicólogos y consejeros que han producido ingente literatura sobre el tema, siempre chocamos con el maravilloso misterio de la libertad personal. Cada hijo es único e irrepetible y, como es natural, cada uno de ellos produce un resultado que no se repite porque, inclusive, la edad de los padres afecta en cada momento de la crianza ya que no es lo mismo educar hijos a  los 30 que hacerlo a los 40.

Andrés Eloy, en su estilo literario emula a Aristóteles con Nicómaco, y prefigura a Savater con Amador, todos preocupados y ocupados en llevar a cabo la responsabilidad paterna de guía y soporte, no solo material, sino espiritual de los hijos. Son consejos de vida para el linaje con el fin de que alcancen su plenitud, su dimensión humana más completa; admoniciones de las cuales nos hemos aprovechado muchos padres para encontrar la mejor manera de acompañar a los nuestros en esa maravillosa aventura del vivir que cada uno de ellos debe afrontar.

El poeta desarrolla sus Coloquios sobre ética de las virtudes; y en cierto lugar le pide a sus hijos que recuerden a su padre no solo como ejemplo, sino que ese recuerdo deberá ser la “acción” siguiendo el ejemplo: “… /…no para recordar lo que yo hice / sino para ir haciendo. / Que las cosas que hagas lleven todas / tu estampa, tu manera y tu momento”

Les aconseja, también, la integridad personal para que sean personas coherentes entre el pensamiento y la acción: Como si fueras de cristal / realízate por dentro / como si un mundo de miradas te estuviera mirando / como si el pueblo tuyo te tuviera de espejo / para que se peinaran sus hijos / la conciencia mirándote el corazón entero”.

En otro momento y con profunda emoción los invita a ser laboriosos y a dignificar el trabajo, porque no es un castigo, sino que es la manera de contribuir al bien social: “…trabajo es lo que hay que dar / y su valor al trabajo…”pero sobre todo los convoca a hacer el bien¡Lo que hay que ser es mejor / y no decir que se es bueno / ni que se es malo.”

Modela Andrés Eloy, sin desperdicio, sobre la virtud de la generosidad y les dice como en confidencia: Lo que hay que hacer es dar más pues …un pan es del tamaño del hambre del hambriento y si alguien te pide agua / dásela y no preguntes si va a regar su huerto / si va a calmar su sed, si va a lavar sus manos / si va a ponerla en tierra para hacer un espejo.

Se están conmemorando 125 años del nacimiento de Andrés Eloy Blanco quien es con toda certeza uno de los prohombres más ilustres que ha alumbrado Venezuela y con total seguridad el poeta más completo entre todos sus hijos; por eso estoy convencido que sería de mucha utilidad para el país, y para las nuevas generaciones, que se cultive este bagaje cultural y moral en la formación de los nuevos ciudadanos, siendo una manera maravillosa de conservar la memoria del poeta, no solamente a través de la palabra sino, por encima de todo, a través de la acción trasformadora, tal y como él lo hubiese querido, para sus propios hijos y para todos los hijos de Venezuela.

@rodolfogodoyp

 

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