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Camino de Itaca

6 de junio, 2022

Por: Linda D´Ambrosio 

En sus 24 cantos, la Odisea narra el regreso a casa de un héroe griego que, tras la guerra de Troya, navegaría diez años hasta alcanzar las costas de Ítaca, isla de la que era rey.

Durante su viaje, Odiseo, el héroe en cuestión, atraviesa por numerosas y fantásticas experiencias que, si bien entorpecen su trayecto, lo enriquecen, haciendo aún más significativa la llegada a un puerto seguro y el retorno al hogar.
Además de legarle a la historia uno de los más hermosos modelos de fidelidad conyugal, el de Penélope, que aguardaría firme en la confianza de que Odiseo seguía vivo, la obra constituye también una hermosa metáfora de la vida: desde el punto de vista religioso, acaso sea el regreso a casa, el retorno al origen, la vuelta al Padre. Desde el punto de vista humano, nos remite a la motivación, al logro.
En casi todas las oportunidades, a veces hasta a nivel inconsciente, nuestras acciones se orientan a alcanzar algo que anhelamos. Trazamos nuestra ruta, nuestra estrategia, nuestra bitácora hacia esa zanahoria que pende reluciente al final del camino y que se constituye en incentivo para avanzar.
Sin embargo, la felicidad es fugaz como un relámpago. Ese vértigo, esa satisfacción que tiene lugar cuando alcanzamos el objeto de nuestros anhelos, es intenso, sí, pero también absolutamente efímero.
Cada día estimo más el poema de Konstantin Kavafis: Viaje a Itaca, que describe con éxito la situación a la que quiero referirme: “Pide que el camino sea largo. Que muchas sean las mañanas de verano/ en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos antes./ Detente en los emporios de Fenicia/y hazte con hermosas mercancías,/ nácar y coral, ámbar y ébano/ y toda suerte de perfumes sensuales/
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas”
.
Y es que aunque parezca un lugar común, muchas veces, con la mirada puesta en la meta, perdemos de vista el placer, el aprendizaje, la ilusión que nos depara la propia expectativa de lo que está por venir.
Aun cuando la partida pueda ser a veces dolorosa, siempre estará la esperanza de que el viaje nos reporte eso que buscamos.
Cuánta belleza hay en los preparativos. Es casi tan placentero el deseo como el logro: “Ten siempre a Itaca en tu mente /Llegar allí es tu destino/ Mas no apresures nunca el viaje./Mejor que dure muchos años/y atracar, viejo ya, en la isla/enriquecido de cuanto ganaste en el camino “
Hay que controlar la impaciencia, bridar la exaltación, disfrutar de cada pequeño detalle del camino. Porque, cuando arribemos a la meta, todo habrá terminado. Y vuelta a empezar.
Quizá el propio Kavafis ilustraba esta filosofía. Considerado uno de los más importantes poetas griegos, nunca quiso, sin embargo, publicar sus poemas. Prefirió imprimir apenas dos folletos: el primero con doce poemas, el segundo, con 27 y, en lugar de distribuirlos masivamente, entregarlos a sus amistades, a aquellos que él consideraba que podían sintonizar con el contenido de los mismos, Es el encanto de las cosas pequeñas.
Ahora que preparo mi viaje, uno de los más importantes de mi vida; ahora que busco respuestas, pensando en mágicos parajes, y me dejo llevar por la fortuna, intentaré disfrutar cada detalle, agradecer cada recodo del camino, guardar cada imagen en mi corazón antes de llegar a destino. Reflexionar, aprender y agradecer cada ilusión, cada vacilación temerosa, cada preparativo. Soñar, hacer el mapa del tesoro y bendecir cada kilómetro antes de llegar no sé si a Ítaca.
linda.dambrosiom@gmail.com
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