Arcabuces y sombreros de copa

20 de diciembre, 2020

Vistos los resultados del 6 de diciembre y de la consulta de las tres preguntas, el cambio parece estar más lejos que más nunca. Paradójicamente, cada actor, sin verse a si mismo, se regocija descargando la derrota en la parcela de enfrente.

Cada parte da números, sujetos a dudas, en vez de explicaciones al país y todos eludimos una reflexión imprescindible cuando se descubre que los vaquianos no saben dónde están.
Sin argumentos, las descalificaciones se alinean como proyectiles contra los otros y lo que cada oposición dice de las otras, hace el dibujo de una misma canalla.

El examen de distribución del poder y de la relación de fuerzas, muestra que el 6 y el 12, constituyen una masacre de las fuerzas democráticas, al detal. Los hechos aportan, al menos, dos apreciaciones:

1. Maduro se fortaleció y el régimen se apoderó de un poder elector de otros poderes; instancia de control del ejecutivo y espacio para el debate público. La oposición pasa de contar con los 2/3 de los integrantes de la Asamblea Nacional a una discreta presencia de vitrina.

2) Los resultados ensanchan las ruinas de la democracia y propician la transición del autoritarismo al totalitarismo híbrido, tipo China.
Se deshilachó la representatividad de la democracia; se cedió el derecho al voto al poder dominante y se escenificó una hora loca de pugnas internas en la oposición.

Todas las oposiciones se debilitaron y ahora penden de la suicida ratificación de la ruta de la pólvora o esperan como salvación el tren de una incierta negociación con Maduro, propiciada por Biden y Borrel. Ahora nuestras oposiciones compiten, desde dos conductas opuestas, por ocupar el mejor puesto en una mesa con menos opciones que cuando se satanizaba toda negociación o se declaraba traición asistir a una elección con Maduro en el palacio de Misia Jacinta.

Una de las conductas propuesta conduce al mismo pantano de aislamiento y marginalización. La otra es un retorno a la política a conciencia de que hay que tragarse una cohabitación.

Con todas las barajas del juego de tumbas en su mano, el régimen prosigue su celada autoritaria contra las fuerzas de cambio, las provoca y las atemoriza para estimular el exilio del simbólico poder dual o proyectar la imagen de opositores que no hacen oposición.

La demolición de los pilares democráticos de la sociedad perjudica a todas las oposiciones. Es un avance en la construcción de hegemonía cultural autoritaria basada en dinamitar el diálogo y el entendimiento, criminalizar la disidencia, prohibir el pensamiento crítico, sustituir el debate por los hechos cumplidos y la transparencia por las decisiones en la sombra.
Esta cultura autoritaria está colonizando el pensamiento opositor y está infiltrando a sectores de la sociedad que disuelven su compromiso con la democracia. Para más del 60 % de la población la democracia no es ya ni una ilusión y los políticos una comiquita.

No aplica el refrán de que lo pasado pisado, porque lo que se está despellejando es el futuro de todos y es inconcebible que lo acometamos, con furia tan destructiva y ciega. Sufrimos, además esta derrota con una sociedad cada vez más encerrada por la pandemia y más empujada por la crisis tras la línea roja que obliga a la población a ocuparse de su sobrevivencia.
En el ánimo colectivo se despliega un sentimiento de lenta y persistente erosión de la esperanza y de las convicciones sobre la posibilidad de recobrar la democracia.
Algunos dicen que la nuestra ya es una batalla estrategicsmente perdida, encunetada entre la apuesta por la pólvora y el salto mágico de un conejo desde un sombrero ajeno.
Si fuera cierto, la mejor opción para conservar el optimismo consistiría en afilar la inteligencia, manejar emociones constructivas y convertirse, por estos días navideños, en una persona bien desinformada.

 

@garciasim

 

El Reporte Global, no se hace responsable de las opiniones emitidas en el presente artículo, las mismas son responsabilidad directa y exclusiva de su autor.

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