Antípodas de revolución

13 de mayo, 2022

Por: Mercedes Malavé

La convivencia social como actividad vital comienza en la adolescencia, y no de manera serena o estable sino, más bien, como el despertar en medio de una tormenta de hormonas y cambios emocionales que alimentan el deseo de conocer la propia identidad. En la juventud, las personas se percatan de que el mundo no funciona mediante mecanismos simples y automáticos, estables y regulares, sino que, por una serie de factores interdependientes, las libertades humanas determinan el curso de los cambios sociales; y el razonamiento consiguiente de que esa libertad transformadora del entorno “puede ser la mía”, desencadena también la etapa de los ideales, del liderazgo, de la solidaridad y de la alteridad, así como de todos los vicios contrarios.

¿Cómo será ese despertar de la conciencia o relacionalidad social, en medio de unas sociedades exasperadas, como apunta Daniel Innerarity? La juventud de hoy despierta, naturalmente convulsionada como hemos dicho, en una sociedad, a su vez, agitada, convulsa, descontenta y descreída. Los jóvenes experimentan la efervescencia de la interacción social en un clima que, lejos de dar respuesta serena e institucional a sus interrogantes, desequilibrios afectivos y rebeldías, más bien le muestra signos contradictorios que van desde la percepción de que todos las personas se portan como borregos frente a estímulos mediáticos programados, lo cual representa un signo evidente de ausencia de libertad -precisamente cuando están comenzando a experimentarla-, hasta la necesidad de enfrentarse al status quo con el poco éxito que augura una intelectualidad inmadura seducida muchas veces por la violencia.

Con característica agudeza, el filósofo español Julián Marías escribió: “La sociedad es siempre lo decisivo, no la política ni el Estado; porque cuando parece que es la política quien decide, lo que pasa es que la sociedad está enferma, y es una vez más el sustrato social —en este caso su enfermedad— quien hace posible, en lugar del «poder», la ilimitada «prepotencia» política, que termina en la inseguridad”

Frente a este panorama de cosas los retos como sociedad saltan a la vista: ¿Pueden las nuevas generaciones dar estabilidad y norte a sociedades exasperadas e irritadas? ¿Cómo enfrentar, desde la inmadurez propia de la juventud, la indignación irreflexiva que abunda en su entorno, para pasar al razonamiento ponderado de las soluciones? ¿Cómo lograr que, en medio de un clima cosmo-político ajeno a las racionalidades humanas, los jóvenes eviten la reacción inflamatoria del propio yo o de la propia individualidad, y salgan al encuentro del otro otorgándole el reconocimiento de persona humana del que carecemos recurrentemente?

En estos tiempos en los que mucho se habla de necesidad de relevar el liderazgo, valdría la pena hacer el esfuerzo en delinear las características esenciales que debe tener ese nuevo liderazgo, en función de la reconducción política, que sirva como una suerte de molde o modelo para delinear los rasgos de una nueva mentalidad post-rentista y, ojalá, post-caudillista.

Dirigiendo la mirada hacia las causas más profundas de la crisis, sabemos que las sociedades exasperadas no dialogan; sus acciones sociales se reducen a movilizaciones, agitación y denuncia. Quienes ejercen el poder simulan de manera demagógica un diálogo publicitado para luego volver a sus prácticas habituales: “Tenemos una sociedad irritada y un sistema político agitado, cuya interacción apenas produce nada nuevo, como tendríamos derecho a esperar dada la naturaleza de los problemas con los que tenemos que enfrentarnos” (Inneratity).

En su carta encíclica Fratelli Tutti, el Papa Francisco señala la importancia de adquirir el hábito del diálogo: “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo “dialogar”. Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar. No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta pensar qué sería el mundo sin ese diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y a comunidades. El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta” (N.198). Invitar a los jóvenes a la escucha paciente del otro, a la prudencia, al silencio abierto a los demás, constituye uno de esos nuevos desafíos de nuestro tiempo que los jóvenes pueden aprovechar para cambiar el curso de las sociedades irritadas. Evitar alzar la voz, elevar banderas o reaccionar precipitadamente, antes de escuchar todas las voces, a todas las partes. Volver a la fórmula ver-juzgar-actuar recomendada a quienes tienen el deseo y el propósito de trabajar por el bien común.

Bien podríamos calificar la actitud dialogante como uno de los pilares de la nueva sensibilidad que Alejandro Llano define como Humanismo Cívico: “Al cambio de mentalidad que este paso supone lo denominé en su momento nueva sensibilidad y, en los aspectos sociales que ahora nos ocupan, lo denomino humanismo cívico”. Ciertamente, el arte de la escucha, sobre todo cuando se ejerce por jóvenes que, aún teniendo toda la energía para reaccionar y acometer, por el contrario reflejan una actitud abierta y paciente, constituye un gesto muy poderoso que podría calmar el curso de las sociedades exasperadas.

@Mercedes Malavé 

 

 

El Reporte Global, no se hace responsable de las opiniones emitidas en el presente artículo, las mismas son responsabilidad directa, única y exclusiva de su autor.

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